LA ACADEMIA MALAGUEÑA DE CIENCIAS RECIBE AL DR. RICARDO A. SALAS DE LA VEGA COMO ACADÉMICO DE NÚMERO.
El martes 28 de octubre, a las 19:00h, la Academia Malagueña de Ciencias celebró una solemne sesión académica pública que ha tenido lugar en el salón de actos de la Sociedad Económica de Amigos del País, sita en la Plaza de la Constitución nº 7, 29008 Málaga, en la que recibió al Dr. Salas de la Vega como Académico de Número, quién dictó su discurso de ingreso sobre: “Zonas potencialmente inundadoras y zonas inundables”
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LA ACADEMIA MALAGUEÑA DE CIENCIAS RECIBE AL DR. RICARDO A. SALAS DE LA VEGA COMO ACADÉMICO DE NÚMERO.

El martes 28 de octubre, a las 19:00h, la Academia Malagueña de Ciencias celebró una solemne sesión académica pública que ha tenido lugar en el salón de actos de la Sociedad Económica de Amigos del País, sita en la Plaza de la Constitución nº 7, 29008 Málaga, en la que recibió al Dr. Salas de la Vega como Académico de Número, quién dictó su discurso de ingreso sobre: “Zonas potencialmente inundadoras y zonas inundables”. Introdujo el acto el presidente Dr. Fernando Orellana y leyó el acta de nombramiento la secretaria Dra. Encarnación Fontao, acompañados en la mesa del secretario de sesiones Dr. Juan Antonio Camiñas. En nombre de la AMC lo recibió el académico de número Dr. Ernesto Fernández Sanmartín.

 

El Dr. Salas de la Vega estableció en su discurso la distinción conceptual entre las zonas potencialmente inundadoras y las zonas inundables, cuestión que se puede asimilar a la diferencia existente entre la hidrología y la hidráulica: “Por medio de la hidrología cuantificamos el agua, y con la hidráulica explicamos cómo se desplaza y cuál es su comportamiento”. Profundizó en la idea de que en toda la superficie de una cuenca hidrográfica se puede hablar tanto de zonas potencialmente inundadoras -ya que toda ella puede ser receptora de intensas precipitaciones que den lugar a unos elevados caudales-, como de zonas potencialmente inundables -al poder ser objeto de desbordamientos debido a la gran cantidad y energía que los cauces transportan de caudales líquidos y sólidos-, sin embargo, situó las primeras en las cuencas de cabecera ya que por su orografía, con elevadas pendientes y altitudes, son generalmente más propensas a generar con unos menores tiempos de concentración máximos caudales de referencia; y las segundas en las partes bajas de los cauces, con menores pendientes y sobre todo por ser zonas especialmente antropizadas, y con unas altas tasas de ocupación, ya sea legalmente ordenadas como fuera de ordenación y regulación.

 

Finalizó haciendo un análisis sobre la normativa vigente que, en su opinión, está enfocada mayoritariamente a regular el uso y actuaciones en las zonas inundables, pero entendemos que también se debería focalizar actuando en las cuencas receptoras de precipitaciones. Concluyó asegurando que “una adecuada ordenación territorial y el manejo de árboles como estrato superior vegetativo, deberían ser unas potentes herramientas a utilizar para solucionar, o al menos aminorar, el problema de las inundaciones”.

 

Pronunció el discurso de bienvenida el catedrático de Ciencias Naturales Dr. Ernesto Fernández Sanmartín, quién se expresó en los siguientes términos:

 

Sean todos ustedes bienvenidos. Celebramos con gozo la recepción de un Académico y según el ritual preestablecido debo contestar su disertación de presentación que ha cursado, ya saben, sobre “Zonas inundables y zonas inundadoras”, con el rigor y precisión que ya conocemos en él. Antes, y aunque de forma sucinta, es preciso recordar su bagaje científico y laboral. Ricardo Alfonso Salas de la Vega es Ingeniero de Montes por la Universidad Politécnica de Madrid, Doctor por la de Córdoba y Master en Ingeniería Ambiental por la de Sevilla.

 

Profesor Colaborador en las Universidades de Córdoba y Málaga. Ha pertenecido a varios Grupos de Investigación, publicando como coautor una veintena de libros, así como otros tantos artículos en revistas de impacto y otros en revistas de divulgación medioambiental. Miembro de Comités científicos. Ponente y Asistente en Congresos y Seminarios, Conferencias y Cursos, nacionales e internacionales. Era Académico de Mérito de esta Academia. Ha sido presidente de la Asociación de Amigos del Jardín Botánico de La Concepción.

 

Su trayectoria profesional o laboral nos informa con claridad de sus saberes: ha sido director Conservador de los Parques Naturales de Los Montes de Málaga, Sierra de Las Nieves, Alcornocales, Grazalema y Tejeda, Almijara y Alhama. También director Conservador de los Parajes Naturales de El Torcal, Acantilados de Maro, Desfiladero de los Gaitanes, Reales de Sierra Bermeja y Sierra Crestellina. En la actualidad es jefe del Servicio de Protección y Conservación de Cauces de la Dirección General de Recursos Hídricos de la Junta de Andalucía.

 

Una de las conclusiones de su discurso de recepción es la actuación en las cuencas receptoras de precipitaciones, en las que los árboles serán la principal solución. Ahí quiero incidir principalmente. Los árboles, el bosque, como etapa final hacia la que tiende por evolución natural la vegetación de un ecosistema, el bosque climax o climácico. Así que personas como nuestro académico son “plantadores de árboles”, eso sí con una base científica, sin menospreciar al pastor que en la famosa novela de Jean Giono “El hombre que plantaba árboles” dedicaba gran parte de su tiempo a esa labor. Pero los árboles, esos gigantes, son bastante desconocidos en muchos aspectos. Hay un gran contraste entre los poco que necesitan y la enormidad de lo que logran. Necesitan dióxido de carbono (CO2), luz, agua y algunos elementos minerales que se hallan en esta.

 

La materia de un árbol puede ser enorme, en algunos casos cientos de metros cúbicos de madera. ¿De dónde procede? La respuesta de la inmensa mayoría es que procede del suelo. Hace unos 2.300 años un científico llamado Aristóteles venía a decir que las plantas “comían tierra”. Esta falsedad persiste desde entonces, pero cuando se calcula la biomasa de un árbol (biomasa es un concepto ecológico que calcula la masa de un ser vivo restándole el agua), resulta que el carbono y el oxígeno que proceden del CO2 del aire, suponen el 95 % del total, el resto es hidrógeno que procede del agua absorbida por las raíces y un 2 % de nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, hierro, azufre, magnesio y otros, por lo que se puede decir que los árboles viven del aire.

 

El 90 % de todo lo vivo está compuesto de árboles. Además, elevan el agua hasta las hojas, donde se fabricará la materia orgánica, sin gastar energía en un corazón que la impulse, simplemente por mecanismos físicos como la ósmosis, la capilaridad y otros. Sin embargo, persiste un menoscabo de los árboles y la plantas. En griego antiguo boton era el animal de un rebaño y botané era el pasto que comían. De ahí procede la palabra botánica. En cambio, animal procede de animé que significa capaz de moverse por sí mismo. Pero el origen de animé es que tiene alma, lo que implica que las plantas no la tienen.

 

También decía Aristóteles que las plantas “fijas y silenciosas, tan sólo eran una forma de vida inferior, inerte y poco interesante, salvo que pudieran alimentarnos, curarnos o proporcionarnos materiales útiles”. Remachó sus ideas haciendo una especie de escala de los seres vivos en la que colocaba en lo más alto al hombre, debajo el resto de los animales y en la parte inferior las plantas. Aristóteles, de quien sigo admirando sus obras científicas, tuvo una gran influencia en la cultura occidental y todavía muchos de nuestros contemporáneos comparten su visión no sólo antropocentrista sino también zoocentrista. Pero sabemos que las plantas no tienen esqueleto, pero aseguran su verticalidad y su rigidez mediante la celulosa y la lignina; no tienen pulmones, pero respiran a nivel celular gracias a sus mitocondrias; no tienen ni tubo digestivo, ni boca, ni ano, pero se alimentan de energía solar, de CO2 y de agua mineral suministrada por las raíces. Aunque no tienen una bomba cardíaca, las savias circulan y a veces a distancias muy superiores a las de los vertebrados.

 

Pero los juicios de algunas personas relevantes son auténticas barbaridades. Jean Paul Sartre (en la Náusea) dice: “Hace un rato estaba yo en el Jardín público. La raíz del castaño se hundía en la tierra, justo por debajo de mi banco. El absurdo no era una idea en mi cabeza, ni un hálito de voz, sino esta larga serpiente de madera. Serpiente o garra o raíz o garras de buitre, poco importa. No había nada con respecto a lo cual esta raíz no fuera absurda. Pero, ¿por qué, pensaba yo, por qué tantas existencias si todas se parecen? ¿A cuento de qué tantos árboles, todos parecidos, tantas existencias malogradas y obstinadamente recomenzadas y de nuevo malogradas, como los torpes esfuerzos de un insecto caído de espaldas?”.

 

Gilles Deleuze (en Rizoma) dice: “Estamos cansados del árbol. No debemos creer ni en los árboles, ni en las raíces ni en las raicillas. Hemos sufrido demasiado por ello. La arborescencia es justamente el poder del Estado; las escuelas, las sectas, las capillas, las iglesias, las vanguardias y las retaguardias son aún árboles que, tanto en su elevación como en sus ridículas caídas, aplastan todo lo que sucede de importancia”.

 

En “Esperando a Godot”, un personaje, Estragón, dice: “Un árbol no sirve para nada, no sirve más que para ahorcarse”. Opinión de Estragón, no de Samuel Beckett, aclaro. Ronald Reagan, entonces presidente de EE.UU. en una visita vio por primera vez las secuoyas, dijo: “¿Las secuoyas? Vista una, vistas todas”. Albert Vandel (miembro de la Academia de Ciencias) en “El hombre y la evolución” dice: “Las plantas, formidable linaje regresivo cuyo significado en la evolución parece nulo”.

 

Las cosas pueden agravarse si hablamos de árboles urbanos que, para algunos, obstruyen los canalones con hojas secas, dan sombra a los pisos inferiores de los edificios, interfieren con los tendidos eléctricos, llenan el aire de polen alergénico, albergan fauna nociva, levantan aceras, perforan muros con sus raíces, dañan tejados con sus ramas muertas, ensucian los suelos con sus flores y además caen sobre peatones y coches con el viento. Sin embargo, los plantamos demasiado cerca de las fachadas, en alcorques exiguos con suelos de escombros atestados de tuberías cimientos y cables subterráneos, se los priva de agua rodeándolos de una capa impermeable de asfalto, se los somete a podas brutales y están continuamente rodeados de gases de escapes tóxicos.

 

Al menos para nuestro paisano Cervantes, en El Quijote, los árboles salen bien parados: altos, sombríos, sombrosos, frondosos, verdes, amenos. Los presenta como estructuras fundamentales del medio natural. También dice que se pueden emplear para colgar armas, botas de vino, aves que esperan ser cocinadas u otros objetos. Añade que al árbol se atan las caballerías, las personas a las que se va a flagelar, las embarcaciones, los troncos sirven de respaldo a los que se detienen a descansar y para apoyar las lanzas. En los árboles se posan pajarillos y son el soporte de luminarias o donde se cuelgan las redes o incluso a los bandoleros.

 

Ciertamente los árboles tienen funciones ornamentales y paisajísticas; climáticas, no sólo porque nos dan sombra sino porque la evapotranspiración baja la temperatura en bosques y calles arboladas; porque son sumideros de dióxido de carbono; porque son sumideros de óxidos de azufre y de nitrógenos, de monóxido de carbono, de hidrocarburos y oxidantes fotoquímicos como el ozono. Porque captan partículas sólidas, gérmenes y además, como dice El Quijote, son asiento de animales.

 

Por último y en la línea del discurso de nuestro Académico, los árboles reducen la energía de caída del agua de lluvia, disminuyendo la erosión de los suelos y aumentando la infiltración lo que es fundamental en las zonas inundadoras. Todo esto sin mencionar las producciones de frutos, madera, corcho, etcétera.

 

He pretendido, no sé si lo habré conseguido, hacer un elogio del árbol que signifique a su vez un elogio de los que realizan las repoblaciones como nuestro nuevo Académico.

 

Añadiré que Ricardo Salas es un heredero de forestales como Ceballos, Codorniú, Martínez Falero, Miguel Álvarez Calvente y José Ángel Carrera Morales. Singularmente estos dos últimos son académicos muy queridos y recordados en esta Academia. Incluso me atrevo a decir que Ricardo Salas viene a ocupar en la Academia Malagueña de Ciencias el nicho ecológico de los citados académicos. Para los que no conozcan ese concepto ecológico aclaro que no se trata de un lugar físico (en la Academia Española de la Lengua quizá sí porque es un asiento) sino de un lugar funcional. En un ecosistema el lobo ocupa el nicho ecológico de carnívoro, el ciervo de herbívoro, etcétera.

 

Sea bienvenido el Ilustrísimo Sr. Don Ricardo Salas de la Vega a la Academia Malagueña de Ciencias que quiere ser templo de la razón, la libertad y el conocimiento y su difusión. Vale.

 

La Academia Malagueña de Ciencias es una Corporación de Derecho Público, sin ánimo de lucro, fundada en el año 1872. Está dedicada al estudio, fomento y propagación del conocimiento científico. Forma parte del Instituto de Academias de Andalucía y es miembro del Instituto de España.

 

Vínculo a la grabación de la sesión: https://youtu.be/cD7PC2pgJAE?si=0gLRLTObaux6fgqg

 

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actualidad