Vie. Sep 18th, 2026

Víctor Díaz-del-Río Español

Academia Malagueña de Ciencias

A lo largo del año 2025, abarcando los periodos de dos cursos académicos, la Academia Malagueña de Ciencias ha dedicado una especial atención a la figura de este sabio naturalista germano, con una sólida formación minera, que vivió entre los siglos XVIII y XIX. Una vida longeva dedicada a la investigación científica financiada con sus propios fondos procedentes de una enjundiosa herencia que él mismo califica de “mediana fortuna” y que quiso dedicar a “asuntos serios, sobre todo al estudio de la Naturaleza, que me apartarán de una vida sensual”.

Empecinado en su idea de realizar una expedición por el norte de África, tras ver frustrados sus sueños de recorrer Egipto o de circunnavegar el globo, se desplaza desde Paris a España en compañía de su amigo, médico y botánico, Aimé Bonplan, con la intención de cruzar el Estrecho de Gibraltar, pero queda favorablemente impresionado por los efectos de la Ilustración y los avances científicos que se estaban produciendo impulsados por la Corona. Así, abandona su idea primigenia y se desplaza a Madrid donde consigue del secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo, un pasaporte para recorrer las Américas y demás posesiones de ultramar y realizar “todas las observaciones y descubrimientos útiles para el progreso de las Ciencias Naturales”. Definitivamente emprende un viaje a ultramar con el propósito de “estudiar la formación del globo y las capas que lo componen (…)”. De su paso por España deja escrito una auténtica perla sobre el carácter de los españoles, que en círculos europeos tenían la consideración de malditos y hasta miserables: “Nosotros los europeos del norte tenemos prejuicios extraños y extravagantes sobre el pueblo español (…), todas estas gentes poseen a mi juicio, los elementos de un gran carácter, sin ocultar algunos defectos, apasionados, joviales, candorosos, de maneras muy sencillas, aunque tienen propensión a ser suspicaces y curiosos hasta resultar molestos”.

Se traslada a La Coruña para embarcarse, por indicación del Inspector General de Postas Brigadier Rafael Clavijo, en el paquebote Pizarro, buque de postas ya pertrechado que bajo el mando del experimentado capitán Cajigal partiría tan pronto pudiera escapar del bloqueo de la ría que perpetraban tres buques de guerra británicos. Durante los 10 días que permanece en la ciudad de la Costa Ártabra, aprovecha para realizar observaciones y mediciones, recolección de algas y plantas, así como para visitar la ciudad departamental de Ferrol que por entonces era el principal centro de desarrollo tecnológico e industrial del noroeste de España.

El 5 de junio de 1799 el Pizarro se hace a la mar, y por necesidades logísticas, realiza una parada en la isla canaria de Santa Cruz de Tenerife, posterior a la arribada en la isla Graciosa (N de Lanzarote). Fascinado con todo lo que allí ve, emprende el ascenso al volcán del Teide que le causa una profunda e imborrable impresión, determinando “un secreto hechizo irresistible” por los volcanes. Sin duda se arriesgó demasiado en su ascenso, no solo por su interés en medir la altura del edificio volcánico sino por saber la naturaleza de las rocas que componían semejante relieve que, a la sazón, se consideraba la montaña más alta del mundo: “(…) en el cráter, el gas sulfuroso nos agujereaba las ropas mientras se nos entumecían las manos del frío”. Sus anotaciones sobre la naturaleza del volcán y su composición rocosa, de la que tomó numerosas muestras con destino al Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, son especialmente importantes. En su observación (errónea) sobre los basaltos del Teide (formados tras el colapso lateral del volcán de las Cañadas hace 200.000 años) comparándolos en su naturaleza y posición espacial con los de Portugal (que corresponden a la Orogenia Alpina, formados entre 85 y 24 millones de años), evidencia su pertenencia a la escuela Neptunista de Werner y su inclinación a la extrapolación y globalización de las formaciones, debido a un fenómeno cosmológico “… una causa apoyada en las primeras atracciones que han agitado la materia”.

Este asunto me permite aproximarme a una cuestión importante que nos ayudará a comprender el alcance del ingente trabajo científico de Humboldt, y más particularmente el giro que se produce en su forma de pensar cuando escribe su obra definitiva “Cosmos” en la que abandona definitivamente la tesis neptunista y se incorpora a las tesis de Hutton asumiendo la idea del “ciclo geológico”.  ¿Cuál era el “estado de la cuestión geológica”, en la época en la que Humboldt realizó su viaje por Iberoamérica (1799-1804)? Sin duda, Humboldt tenía una sólida formación científica que había adquirido en las universidades de Gotinga y de Frankfurt, en donde se graduó de física y geología respectivamente, y posteriormente en minería, al amparo de las enseñanzas de Werner, en la Escuela de Minas de Freiberg -ubicada en los viejos e inactivos terrenos de Sajonia cuyo principal recurso eran las minas; precisamente Freiberg era conocida como la “Ciudad de la Plata” por ser el yacimiento más importante de Europa explotado en las Montañas Metalíferas, aunque también se extraía Estaño, Cobalto y Arsénico desde la Edad Media (recientemente Uranio)-, si bien la orientación del currículo académico estaba dirigido a la búsqueda de materias primas minerales (de ahí la importancia que se daba a la Mineralogía de las rocas) e identificar los criterios para su descubrimiento y explotación.

Las capacidades intelectuales de Humboldt en materia de ciencias de la Tierra se pusieron de manifiesto cuando publicó, a la temprana edad de 23 años, su primer trabajo “Observaciones mineralógicas acerca de algunos basaltos del Rin” (1792), y al año siguiente “Flora Fribergensis” en la que establece: “la geografía de las plantas, la geografía de las rocas y la geografía de los animales deberían de formar un área de estudio denominada Geognosia”.

La Geología como cuerpo de doctrina científica, basada en métodos analíticos y de representación gráfica, se desarrollaría en los inicios de la Era Industrial al amparo de las ideas de Werner (Escuela de Minas de Freiberg) y Hutton (Real Sociedad de Edimburgo), los dos pilares básicos para el posterior desarrollo de la Geología Científica. El referente más destacado es Nicolás Steno (el danés Niels Steensen acostumbraba a firmar con su nombre en latín, en italiano o en francés), doctor en medicina y posteriormente obispo -beatificado por el Papa Juan Pablo II-, que en 1669 en su obra “Discurso preliminar sobre la disertación de cómo un cuerpo sólido natural contiene en su interior un sólido”, enuncia los principios básicos de la disposición de los estratos: 1) Principio de superposición; 2) Principio de la horizontalidad inicial; 3) Principio de la continuidad lateral y la necesidad de una acción mecánica para que los estratos se inclinen.

Johann G. Lehman establece las diferentes clases de montañas o terrenos definiendo en su obra “Ensayo de historia natural de las capas de la Tierra” (1756) un ESTRATO PRIMITIVO contemporáneo de la creación, y un ESPISODIO SEDIMENTARIO más tardío contemporáneo del Diluvio. Esta clasificación refleja el intento, muy común en la época, de acomodar el creacionismo bíblico como una realidad histórica con el correspondiente reflejo en el registro geológico. Govanni Arduino en 1759, es el primero en desarrollar una clasificación del tiempo geológico y el creador del concepto de rocas primitivas, secundarias y terciarias, rodeadas de rocas antiguas que, a su vez, se encuentran rodeadas de materiales de acarreo procedentes de la destrucción de las anteriores.

Abraham G. Werner fue profesor de Geognosia en la Escuela de Minas de Freiberg desde 1775. En su única obra importante “Breve clasificación de los diferentes tipos de montañas” (1777) utiliza el término Geognosia para referirse al conocimiento y descripción de los terrenos y Orictognosia para referirse al conocimiento y descripción de los fósiles y minerales.  Establece que inicialmente la Tierra estaba cubierta por un océano primordial y al descender las aguas se depositaron las formaciones rocosas (Teoría Neptunista) que lo hacían con una cierta inclinación (buzamiento) por adaptarse al relieve original.

El término GEOLOGÍA lo utiliza por primera vez el naturalista y meteorólogo suizo André Deluc (1778), político y comerciante que fue profesor de Filosofía y Geología en la universidad de Gotinga y miembro de Royal Society y de varias academias, también fue lector de la reina consorte Charlotte esposa del rey Jorge III,  en su obra “CARTAS FÍSICAS Y MORALES SOBRE LAS MONTAÑAS Y SOBRE LA HISTORIA DE LA TIERRA Y EL HOMBRE”, por adaptarse mejor que el término Cosmología para designar el conocimiento de la Tierra.  Neptunista convencido, refutó las ideas de Hutton acusándolo de hereje por no contemplar el creacionismo bíblico (el piso geológico correspondiente al Diluvio) y pensar que los procesos de erosión requerían más tiempo y calor interno del invocado por los plutonistas. Curiosamente, Humboldt incorporó a su lista de material científico un barómetro y un higrómetro fabricado por Deluc, verificándolos posteriormente mediante su comparación con los instrumentos del Observatorio de Paris.

James Hutton, tras presentar su tesis doctoral abandonó la medicina y se dedicó al estudio de la Tierra. En 1788 publica su principal obra: “Teoría de la Tierra; o una investigación sobre las leyes observables de la composición, disolución y restauración de los terrenos en todo el globo”. Es el impulsor de la Teoría Plutonista defendiendo la idea de una sucesión en el tiempo y en el espacio de los procesos geológicos en un perpetuo “ciclo geológico” de erosión, transporte y sedimentación, y posterior modificación por efecto del calor y la presión interna del Planeta que deriva en la formación de las montañas.

Charles Lyell en 1830 publica “Principios de Geología” con el que se inicia la Geología Científica propiamente dicha: (1) De las causas reales: la interpretación de los terrenos antiguos se puede hacer comparándolas con los que actualmente se están formando; (2) De la bioestratigrafía: comparando los grados de similitud de los contenidos fósiles de los niveles del Terciario, con la fauna actual viviente.

Humboldt en 1845 publica su obra “COSMOS. ENSAYO DE LA DESCRIPCIÓN FÍSICA DEL MUNDO” en la que refleja su alejamiento de las ideas neptunistas de Werner, reconociendo la capacidad de la actividad interna del Planeta en la génesis de las cordilleras y de las rocas, reflejando así una profunda evolución y su aceptación de la tesis de Hutton sobre el “ciclo geológico”. En ella plantea una clasificación moderna de las rocas: (1) Rocas de erupción, salidas del interior de la tierra, ya sean de fusión, ya plutónicas. (2) Rocas sedimentarias, precipitadas o dispuestas en el seno de un medio líquido. (3) Rocas transformadas (metamórficas) cuya textura y manera de estratificación han padecido alteraciones. (4) Rocas conglomeradas compuestas de restos de las tres clases precedentes. Una clasificación perfectamente asumible en la actualidad (ígneas, metamórficas y sedimentarias).

Humboldt siempre estuvo al corriente de cuantos avances se producían en la ciencia. Era un trabajador empedernido: “En los climas más ardientes del globo escribí y dibujé, a menudo, 15 o 16 horas seguidas”, y su compromiso con la investigación era inquebrantable. Su inteligencia le permitió corregir algunas de sus interpretaciones geológicas que los hechos y los datos, con el tiempo, demostraron ser erróneas.  Del mismo modo, se adelantó a otros científicos, como Lyell, al observar en el Golfo de Méjico el grado de similitud de los fósiles del Terciario con la fauna actual viviente, aunque no llegó a realizar ninguna formulación o principio que diera cuerpo doctrinal a esta observación. Su perspectiva de la investigación era verdaderamente interdisciplinar y poliédrica, y así lo reflejó en su actividad cotidiana: “Inquieto, agitado, sin satisfacerme jamás con lo recién hecho, no soy feliz sino emprendiendo de nuevo y haciendo tres cosas a la vez”.

Sin duda nos encontramos frente a un hombre de una enorme dimensión científica que ha dejado su huella indiscutible en cuantas disciplinas ha desarrollado. No parece exagerada la opinión de Darwin cuando aseguraba que leer a Humboldt era una continua fuente de inspiración.

* Víctor Díaz-del-Río Español es Doctor en Geología y Científico Titular (J) del Instituto Español de Oceanografía, y miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias, vocal de Comunicación y Redes Sociales.

5 comentario en “UNA APROXIMACIÓN A LA GEOLOGÍA EN TIEMPOS DE HUMBOLDT.”
  1. ¡Bravo, Víctor! Haces apasionante la geología. Leerte ha sido como sumergirse en una gran aventura del pensamiento. Hasta la pérfida Albión ha aparecido. ¡Enhorabuena!

  2. Me ha gustado mucho el artículo; muy didáctico y ameno; he aprendido mucho en varias direcciones de la Geología y de otros aspectos. Enhorabuena a su autor, Víctor, y también un acierto de la AMC con potenciar estas aportaciones tan interesantes.

  3. Me parece un acierto convertir o trasladar la conferencia impartida por el autor, el pasado martes en la sede administrativa de la Academia, al blog de este sábado ya que de esta manera tendremos la oportunidad de tenerlo ordenado y editado en la publicacion «A ciencia cierta».

    Este resumen del origen del término que se ha venido en llamar, Geología, así como de las dos grandes teorias, Werner y Hutton, asociadas al mismo, y con el posicionamiento de Humboldt, para los profanos en esta descripción de la evolución histórica, nos abre una ventana más para seguir aprendiendo.

    Gracias Victor y enhorabuena!

  4. Querido amigo, magnífico análisis y resumen de una no menos espléndida conferencia que me acercó, aún más a un personaje tan singular. Enhorabuena.

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