Vie. Sep 18th, 2026

Federico J. C-Soriguer Escofet*

Academia Malagueña de Ciencias

De manera continuada a lo largo de las últimas décadas los científicos, los médicos y los militares han copado los primeros puestos del ranking de profesiones mejor valoradas, pero cuando el mismo CIS pregunta sobre el nombre de alguno de los más importantes científicos españoles se suele escuchar un sospechoso “cri, cri, cri”. Da la impresión que sobre este tema los españoles hablan de oídas. Y ya vamos tarde.

Hoy, cuando hablamos de “los científicos”, ¿de quienes hablamos en realidad? Sí, los científicos siguen teniendo nombre y apellidos, pero es imposible identificarlos adecuadamente si no son enmarcados en el hábitat en el que desarrollan su trabajo. Porque la ciencia moderna ha dejado de ser un asunto personal, de unos robinsones aislados en sus laboratorios gritando eureka, para convertirse en un proyecto colectivo que hace que los (grandes) proyectos científicos salgan adelante. Hoy, en cualquier proyecto científico que se precie intervienen  planificadores, gestores o administradores de conocimiento (que no deberían nunca de olvidar la ley de Haddow: “la labor del administrador es recabar dinero y la del científico gastarlo”), gestores de proyectos, matemáticos, metodólogos, técnicos, tecnólogos, investigadores, científicos, además, de una nube  que flota alrededor de bioeticistas, epistemólogos, divulgadores de ciencia, mecenas, mercaderes, y de vez en cuando algún sabio. Y en este totum revolotum al menos hay que distinguir entre investigadores y científicos, pues de los primeros hay cientos de miles que trabajan en los departamentos de ciencia que aplican el método científico estándar, el mismo por cierto que aplica un mecánico cuando llevas un coche a reparar, pero que podrían trabajar en una fábrica de cocaloca. Pero de los segundos (los científicos) hay menos. 

Un científico o científica es un señor o una señora que dice hacer ciencia y que dice de sí mismo que es un científico, porque por lo general los científicos tienen de sí mismos una alta estima, que es la estima que se ha transmitido a la sociedad. En su librito “Consejos a un joven científico”, Medawar, dice que hay dos tipos (estereotipos) de científicos igualmente increíbles. Uno sería el “científico de vida edificante”, ese hombre de expresión concentrada y resuelta, que desatendiendo todo bienestar personal o recompensas materiales encuentra en la búsqueda de la verdad un completo alimento espiritual e intelectual. El otro “el científico canalla o los científicos perversos”, personajes muy bien representados en las historias “góticas” de la ciencia ficción, personajes de gran éxito literario y, por tanto, muy creíbles.

Pero no hay que ir tan lejos. Las grandes preguntas de la existencia humana no tienen respuesta científica, aunque la ilimitada soberbia de algunos científicos crea que sí, especialmente aquellos que navegan en la frontera entre la ciencia y la tecnología.  El hábitat preferido por esta especie es Silicon Valley y el entorno de la NASA. Allí habitan los “solucionistas” y “los singularistas”. Los que creen que tienen una solución para todas las desagradables pegas de la humanidad, que pueden acabar con la incoherencia humana que es, dicho sea de paso, la que hace al hombre imprevisible y contradictorio, capaz de impedir que el ser humano se convierta en un ideólogo doctrinario, según dejó escrito ya en 1964 Leszek Kolakowski en su indispensable “Elogio de la Incoherencia”.

La historia de la ciencia está llena de personas ejemplares, pero también de cainitas y abelinitas capaces de realizar los mayores desatinos por conseguir la primacía o el reconocimiento. Ocurrió en los albores de la ciencia moderna entre Leibniz y Newton por el descubrimiento del cálculo infinitesimal, entre Pasteur y Koch reclamando el descubrimiento del “bacillus anthracis”, o  la llamada “guerra de los huesos” propia de una película del far west en Colorado, Nebraska y Wyoming entre Drinker Cope y Charles Marsh, padres de la  paleontología moderna,  o ya en siglo XX a un Watson y Crick utilizando en beneficio propio los datos cristalográficos de Rosalind Franklin, silenciando sus aportaciones y excluyéndola del Nobel, o a Robert Gallo y Luc Montagnier con su disputa sobre  el descubrimiento del VIH como causa del SIDA.

A pesar de todos estos hechos el mundo de la ciencia ha tenido y tiene de sí mismo un alto aprecio. Según cuenta Javier Echeverría, y lo cuenta muy bien, la ciencia constituida como institución a lo largo del siglo XVII se fue impregnando ya desde el principio del ethos puritano de la época, siguiendo las sugerencias de Max Weber en el surgimiento del capitalismo. Una idea ya recogida por Merton a la hora de resumir los valores de la ciencia en los famosos CUDEOS: “Comunismo; Universalismo; Desinterés; Escepticismo organizado”, a lo que más tarde añadiría la Humildad.

Me acuerdo en este momento de una historia ejemplar atribuida a Pavlov, el científico ruso: en octubre de 1917, un ayudante llegó tarde al laboratorio. Interrogado por Pavlov por los motivos de la tardanza, el joven ayudante, muy excitado, le explica, que ¡ha estallado la revolución! A lo que Pavlov, impertérrito le contesta: “¡Que importa la revolución si hay trabajo en el laboratorio!” Una ciencia ideal y un científico ideal que, si bien probablemente nunca existió, obligaba a la ciencia y a los científicos a guardar las formas. Dejo al lector la tarea de decidir si es hoy posible encontrar a algún científico mertoniano o mejor si tiene sentido seguir exigiendo a los científicos una ética mertoniana.

¿Son los científicos responsables del conocimiento que producen? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de los científicos? ¿Podemos seguir afirmado que la ciencia es (solo) esa cosa que hacen los científicos? Cuando hablamos de la ética de la investigación ¿deberíamos separar la ética de los científicos de la ética de la ciencia? Porque, en última instancia lo que estamos planteando en esta serie de breves artículos es, precisamente, si es posible seguir concibiendo una ciencia neutral, libre de valores, axiológicamente angelical o, si, por el contrario, no se puede separar la generación de conocimiento por los científicos (o por los establecimientos científicos), de la manera en que este conocimiento pueda ser utilizado por la tecno-ciencia. Cuestiones que abordaremos en los próximos artículos.

*Federico J. C-Soriguer Escofet es médico. Académico de Número de la Academia Malagueña de Ciencias y Coordinador de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades.

0 comentario en “DESMONTANDO A LA CIENCIA. IV. Desmontando a los científicos.”
  1. Magnífico artículo Federico con un planteamiento muy interesante. Me pregunto como sería la ciencia actual sin la tiranía de las editoriales científicas y la métrica de las publicaciones, en mi opinión exagerada, que impregna todo

  2. Excelente artículo enfocado al debate, ya que manejas un sumatorio de conceptos  contrapuestos y que claramente darían para una animada charla moratiniana. Me tomo la libertad de copiarlos.

    ●investigadores y científicos
    ●científico de vida edificante y científico canalla o perverso
    ● cientificos que navegan en la frontera entre la ciencia y la tecnología y los que no
    ● solucionistas y los singularistas
    ● cainitas y abelinitas
    ●científico mertoniano o científico con ética mertoniana.
    ●ética de los científicos o ética de la ciencia
    ●ciencia neutral o tecno-ciencia

    Federico, mi enhorabuena.

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