CONTRIBUCIÓN AL HOMENAJE A GABRIELLA MORREALE DE ESCOBAR
Víctor Manuel Heredia Flores
Universidad de Málaga
Gabriella Morreale llegó con su familia a Málaga a principios de la década de 1940. La ciudad estaba marcada entonces por el dolor de una guerra todavía reciente que había dejado un enorme rastro de muerte y destrucción. Aun así, Málaga ofrecía un refugio seguro a la familia Morreale en una Europa azotada entonces por la II Guerra Mundial. Con apenas once años Gabriella conocía ya cuatro países de dos continentes. Había nacido en Milán en 1930 y luego los destinos diplomáticos de su padre la habían conducido, con el resto de la familia, a Viena, en Austria, cuando apenas tenía un año, y a Baltimore, en Estados Unidos, en 1937. En esta ciudad existía una colonia de población de origen italiano que justificaba la existencia del consulado que ocupó Eugenio Morreale durante cuatro años, hasta que fue expulsado del país a causa de la creciente tensión entre Estados Unidos y las potencias del Eje.
El siguiente destino de Morreale fue Málaga, sustituyendo al anterior cónsul, Tranquillo Bianchi, quien se había convertido en un destacado personaje de la sociedad local durante la Guerra Civil. No hay que olvidar la existencia de un numeroso grupo de familias malagueñas de origen italiano y que en la ciudad había varias empresas de esa nacionalidad, como las exportadoras de aceite Moro, Maestroni y Minerva, o la compañía de comunicaciones Italcable, ubicada en El Perchel. La etapa malagueña de Gabriella se prolongó entre 1941 y 1947, cuando se trasladó a Granada para iniciar sus estudios universitarios, y tuvo continuidad con estancias en periodos vacacionales y, especialmente, con su boda con Francisco Escobar celebrada el 1 de agosto de 1953 en la iglesia parroquial del Sagrario.

La ciudad a la que llegó Gabriella estaba llena de viudas, huérfanos y familias rotas por la guerra. En febrero de 1937 la caída de Málaga en manos de las tropas nacionales había cambiado el signo político bajo el que vivían los malagueños y había marcado el comienzo del duro camino de la expatriación para muchos. La “Desbandá” fue una de las mayores tragedias de la Guerra Civil y, aunque algunas personas regresaron, fue el comienzo del exilio para miles de ellas. Otros miles estuvieron recluidos en campos de concentración y en prisiones por motivos políticos y morales, o simplemente como represalia por ser familiares de huidos o perseguidos. Los tribunales imponían duras sanciones que iban desde la pérdida del trabajo a castigos económicos en forma de multas e incautaciones de bienes. Peor era la suerte de los condenados a muerte. El ritmo de las ejecuciones fue disminuyendo progresivamente, pero nunca se interrumpieron, estando documentadas casi 4.300 entre 1937 y 1955. Pero nadie había podido escapar al dolor y el sufrimiento. El 3 de diciembre de 1941 se realizó el traslado a la cripta de una de las capillas de la Catedral de los restos de 1.100 personas asesinadas en los primeros meses de la guerra.
Llegaron años duros después de los difíciles momentos de la guerra. El aislamiento internacional (agravado por el conflicto mundial) y la política autárquica impidieron el acceso a bienes de importación necesarios para el desarrollo de la producción agraria e industrial. El racionamiento de alimentos, las altas cifras de desempleo y los bajos salarios convivían con el mercado negro, el estraperlo, en el que se podía comprar de todo si se tenía el dinero suficiente para pagarlo. Fueron los “años del hambre”. La reducción de la productividad agraria obligó al régimen a recurrir a las importaciones de trigo argentino, especialmente en los años de gran sequía de mediados de la década. Por el puerto entraban de media 50.000 toneladas anuales, cantidad que en algún año llegó casi a duplicarse. La actividad industrial se redujo también, condicionada por el sistema intervencionista de cupos de materias primas, la obsolescencia tecnológica y los problemas de suministro eléctrico. La empresa industrial más destacada de la ciudad seguía siendo la textil Industria Malagueña, que daba trabajo a unas 1.200 personas. Le seguían en importancia la cementera de la Sociedad Financiera y Minera, las fábricas de abonos de la Unión Española de Explosivos y de Cros, la fundición de plomo Los Guindos y la metalúrgica Vers.
El poder estaba concentrado en la figura del gobernador civil, auténtico enlace entre el gobierno central y las diferentes instituciones de la provincia. El partido único, el Movimiento, controlaba la prensa, la propaganda, los sindicatos y los organismos de encuadramiento de la población, como el Auxilio Social, la Sección Femenina y el Frente de Juventudes. La Iglesia ostentaba un notable poder de influencia y ejercía un rígido control sobre la moral y la educación. Los modelos femeninos ensalzaban el papel de las mujeres como madres y amas de casa. La publicidad de las Escuelas de Hogar de la Sección Femenina afirmaba con contundencia: “No triunfa la mujer que consigue un título o un premio académico, sino la que sabe dirigir con perfecto orden y armonía el propio hogar”.
El censo de 1940 ofrece el dato de que la población del municipio ascendía a más de 235.000 habitantes. El crecimiento demográfico fue relativamente moderado en la siguiente década, motivado sobre todo por el flujo migratorio procedente de las zonas rurales. Málaga contaba, según el censo de 1950, con casi 275.000 habitantes. El mismo año de la llegada de los Morreale, después de la Semana Santa, se declaró la epidemia de tifus exantemático, popularmente conocida como el “piojo verde”. Este grave problema sanitario fue tratado como una cuestión de orden público. La responsabilidad del brote se hizo recaer en las personas con escasa higiene, es decir, sobre las conductas individuales de individuos sin recursos e ideológicamente sospechosos. La epidemia se prolongó hasta 1943, causando unos 500 fallecimientos en Málaga y dejando una profunda huella en la memoria colectiva de la ciudad.
El problema de la vivienda era uno de los más graves de aquellos años. El déficit constructivo arrastrado desde los años veinte se recrudeció por el aumento de la población y por la escasez de materiales de construcción. La precariedad dio lugar al hacinamiento en las casas de vecinos y corralones de los barrios populares y a la extensión del fenómeno del chabolismo. Proliferaron zonas de autoconstrucción que aprovechaban tierras de nadie, como las playas, el Arroyo del Cuarto, las cuevas de El Palo y El Ejido o la céntrica Plaza de Santa María. Un informe municipal de 1944 reconocía la existencia de hasta quince núcleos de infraviviendas, con un total de 2.134 chabolas y cuevas en las que vivían más de 11.000 personas.
En la década de los cuarenta las iniciativas oficiales en materia de vivienda fueron escasas, limitándose a las casas ultrabaratas de El Palo, el grupo Santo Tomás para empleados de la Diputación en el Arroyo de los Ángeles, el grupo Torres de la Serna para trabajadores del Centro de Fermentación de Tabacos, los conjuntos de Haza Cuevas y Campillo y el grupo Generalísimo Franco a la entrada de Ciudad Jardín. Estas promociones autárquicas establecieron el modelo de urbanismo ruralizante que alcanzaría su máximo expresión en la década siguiente en barriadas como Girón o Carranque. Lentamente se iban borrando las huellas de las destrucciones de la guerra. Los edificios de la calle Larios, escaparate de la ciudad, se estaban reconstruyendo. Mientras unos edificios resurgían, otros desaparecían, como ocurrió con la demolición de las casas que separaban el Parque y la Alameda para dar paso a la nueva Plaza de la Marina. En 1941 el entonces gobernador civil, el arquitecto José Luis Arrese, escribió una conferencia sobre el desarrollo urbanístico de la ciudad, en la que demandaba la necesidad de recuperar la belleza de Málaga, apagada por la industrialización, y abogaba por el ensanche y la recuperación del litoral ocupado por las fábricas y las chabolas. Arrese ya apuntaba a la transformación de Málaga en una urbe orientada al turismo.
Los escasos turistas que llegaban a la ciudad podían alojarse en el lujoso Hotel Miramar, reabierto en 1940, pero la capacidad hotelera quedó disminuida con la venta del Hotel Caleta a la Obra Sindical 18 de Julio para convertirlo en sanatorio. La modesta oferta de alojamiento de la capital se amplió con la Hostería de Gibralfaro, inaugurada en octubre de 1948. En ese mismo año entró en funcionamiento la terminal civil del aún pequeño aeropuerto. Es posible que Gabriella fuera testigo de la coronación canónica de la Virgen de la Victoria, que se hizo coincidir el 7 de febrero de 1943 con el aniversario de la caída de Málaga en manos de las tropas de Franco. Tres meses después el mismo Franco visitó la ciudad entre las aclamaciones de una multitud atraída por la posibilidad de ver al todopoderoso jefe del Estado. Por entonces, los tranvías todavía reinaban en el transporte urbano, aunque los autobuses estaban cada vez más presentes en las calles.
En aquella Málaga conmovida por la larga sombra de la guerra el ambiente cultural era pobre, pero no inexistente. A finales de 1945 se fundó la Orquesta Filarmónica, que ofreció su primer concierto el 11 de febrero siguiente dirigida por Pedro Gutiérrez Lapuente. A principios de 1948 tuvo lugar la primera edición del curso para extranjeros organizado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Ayuntamiento. La antigua Sociedad Económica renacía como Centro de Estudios Andaluces y la Sociedad Malagueña de Ciencias mantenía su actividad con la organización de charlas divulgativas en las que era habitual la intervención de Román Casares y a las que es muy posible que asistiera Gabriella. Coincidiendo con la llegada de los Morreale, en 1941, el doctor Román Casares y su esposa, Rosa López, recibieron el premio de natalidad provincial por tener 18 hijos, una circunstancia que no pasaría desapercibida cuando la pequeña de los Morreale realizó sus primeras prácticas en el laboratorio del doctor Casares.
La recuperación de la Alcazaba, iniciada durante la República, se reactivó tras la contienda, así como la reconstrucción y restauración del Palacio Episcopal y de las iglesias incendiadas y asaltadas en 1931 y 1936. El Museo de Bellas Artes continuaba en la misma sede de San Telmo, junto a la Academia, y el Museo Arqueológico fue abierto en la Alcazaba. Ambas instituciones reunían la oferta museística malagueña. En aquellos años de estrecheces la ciudad vio reforzado su orgullo colectivo con el ascenso del C.D. Málaga a Primera División, hito que se hizo realidad el Domingo de Resurrección de 1949. El cine era el principal medio de entretenimiento de la sociedad. Junto a los elegantes Cervantes, Echegaray, Goya y Málaga Cinema existían otros de menor categoría como el Principal, el Victoria, el Alkázar o los cines de barrio (Moderno, España, Plus Ultra, Rialto, Excelsior, Avenida, Duque, Capitol) y de verano. La principal novedad en la oferta cinematográfica de estos años fue la apertura del Cine Albéniz, inaugurado en 1945. Los Baños del Carmen eran otra referencia fundamental en el ocio veraniego, siempre de forma pudorosa, y a principios de año se celebraban las Fiestas de Invierno, con diferentes actividades deportivas: regatas, golf, tiro de pichón…

Los centros educativos oficiales más importantes eran los Institutos, masculino y femenino, que compartían el edificio de la calle Gaona, la Escuela de Comercio, la de Peritos y las Normales de Magisterio. La enseñanza media estaba dominada por los colegios privados religiosos: San Agustín, Maristas, San Estanislao para los varones, La Asunción, Esclavas, Sagrada Familia o La Presentación para las niñas. La formación profesional estaba representada por la Institución Sindical Francisco Franco y las Escuelas del Ave María, cuyas respectivas sedes fueron inauguradas en 1947.
La familia Morreale de Castro llegó a Málaga entre final del verano y el otoño de 1941. Las hijas menores, Mariolina y Gabriella se matricularon en el Colegio Alemán, ubicado en una villa del Limonar Alto. Era un centro con mucho prestigio en aquellos momentos y, además, las niñas contaban con la ventaja de que hablaban alemán tras su estancia en Viena. A finales del curso 1943-1944 Gabriella se examinó en el Instituto Femenino de las asignaturas de los cuatro primeros cursos del bachillerato español. Desaparecido el Colegio Alemán por el desarrollo adverso de la Guerra Mundial, la joven fue superando los tres últimos años de la enseñanza media en un colegio privado, constando con seguridad que los dos finales los hizo en el Sagrada Familia del Camino Nuevo.
No quiero terminar sin aprovechar esta oportunidad para solicitar, como ya han hecho otras personas presentes en esta sala, que la ciudad de Málaga tenga un recuerdo permanente hacia esta gran mujer de la ciencia española, ya sea en forma de nombre de calle, placa o monumento. Gabriella, sin duda, lo merece.
*Víctor Manuel Heredia Flores es Profesor Asociado de la Universidad de Málaga, Licenciado en Historia Contemporánea y Doctor en Economía.
Agradecimientos: A la Academia Malagueña de Ciencias, en la persona de su presidente, Fernando Orellana, la invitación para participar en este acto de homenaje a la doctora Morreale. También quiero hacer una especial mención a la doctora Francisca Puertas que fue quien me puso en la pista de la fabulosa historia de Gabriella Morreale.

Muy interesante descripción de la Málaga de mis mayores que ayuda a comprender el entorno que nos ha tocado vivir