Vie. Sep 18th, 2026

CONTRIBUCIÓN AL HOMENAJE A GABRIELLA MORREALE DE ESCOBAR

Rafael Garesse Alarcón

Academia Malagueña de Ciencias

Es para mí un auténtico privilegio haber participado en el acto de homenaje que la Academia Malagueña de Ciencias ha celebrado, el pasado viernes 17 de marzo, en honor de la Profesora Gabriella Morreale de Escobar, una de las científicas más relevantes de nuestro país, muy ligada a nuestra ciudad, Málaga. Mi relación con Gabriella es doble, emocional y profesional.

Emocional porque desde que era muy joven había oído hablar de Gabriella. Parte de mi infancia y juventud transcurrió en Pedregalejo (Málaga), y me pasaba muchos ratos con su sobrino Antonio en la casa de sus padres, Las Brisas, una magnífica mansión muy cerca de la playa. Antonio me había hablado muchas veces de su tía científica, Gabriella, que había estudiado el bachillerato en Málaga, la licenciatura de Ciencias Químicas en la Universidad de Granada, había realizado una estancia posdoctoral en Leiden Holanda y trabajaba en el Centro de Investigaciones Biológicas, el CIB, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Madrid. Aunque no lo recuerdo, es posible que hubiera coincidido con ella varias veces en casa de su hermana María, madre de Antonio, que vivía en la misma calle que yo. Lo que sí recuerdo es que cuando terminé la carrera de Farmacia en Granada en el año 1975, me fui un par de meses con mi mujer Mari Carmen, entonces novia y compañera de clase, a Newcastle, al norte de Inglaterra, y fue allí donde decidimos casarnos. Y fuimos precisamente a Newcastle en parte debido a la Dra. Morreale. En aquella época trabajaba allí uno de los colaboradores de Gabriella, el Dr. Gómez Pan, que había acogido a Antonio unos meses antes. Fue precisamente Antonio el que nos puso en contacto con Gómez Pan, y nos fuimos a Newcastle, donde realizaba también su etapa posdoctoral otro querido compañero de la UAM que nos dejó siendo aún muy joven, el profesor Manuel Ortiz de Landázuri. Gabriella, sin saberlo, había sido una parte importante de nuestras vidas.

Profesional porque he sido compañero de Gabriella durante 30 años en el Instituto de Investigaciones Biomédicas, en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid donde la Dra. Morreale y su marido el Dr. Escobar del Rey, Paco, se habían trasladado desde el CIB en 1974.

Cuando, a finales de 1976, me incorporé al Instituto de Enzimología dirigido por Alberto Sols -un joven y brillante científico también del CIB que se había hecho cargo de la docencia de la Bioquímica en la Facultad de Medicina de la UAM-, fui rápidamente a saludar a Gabriella, la tía de Antonio, que junto a su marido Paco ocupaban un amplio laboratorio en el Departamento de Anatomía. Alberto Sols y Gabriella impulsaron unos años después la creación del Instituto de Investigaciones Biomédicas, un centro mixto de la UAM y el CSIC que está ubicado en el campus de Medicina de la UAM.

A partir de ese momento mi relación con Gabriella ha sido de profunda admiración y de amistad, mucho más teniendo en cuenta que Mari Carmen realizó la tesis doctoral bajo su dirección, en la época en que se estaba poniendo a punto la técnica de detección del hipotiroidismo congénito en recién nacidos, todavía con un gran componente artesanal, y en la que Paco, que era médico, desempeñó un importante papel. Durante casi 30 años Gabriella ha sido una científica del CSIC y también de la UAM, porque toda su trayectoria se ha desarrollado en la Facultad de Medicina de la que era profesora honoraria. Me gustaría destacar tres aspectos relevantes de ella.

El primero es que ha realizado contribuciones científicas de una gran trascendencia e impacto social. Aunque en la actualidad el término investigación traslacional se ha incorporado a nuestro vocabulario, antes no se hablaba de ello, y sin duda Gabriella fue una precursora de la investigación traslacional en endocrinología. Ya en su tesis doctoral demostró, mediante determinaciones precisas de yodo en agua y orina, que la incidencia de bocio en las Alpujarras estaba estrechamente ligada a la deficiencia de aquel elemento. Más tarde llevó su investigación a la deprimida comarca de Las Hurdes, y recuerdo perfectamente los viajes que realizaba Paco en su propio coche con jóvenes doctorandos para realizar una investigación de campo, tomar las muestras necesarias y obtener los datos que luego serían analizados cuidadosamente por Gabriella y su grupo. La introducción de la sal Yodada en nuestra alimentación es una consecuencia de estas investigaciones. No me extiendo en otros hitos de enorme relevancia, ya que se hablarán de ellos a lo largo de la tarde por personas más cualificadas que yo, como la puesta a punto de la determinación de hormonas tiroideas en sangre de recién nacidos, la conocida prueba del talón, o la demostración de que la placenta transfiere hormonas tiroideas de la madre al feto desde etapas precoces del embarazo. Todos estos hitos han tenido un enorme impacto en Salud Pública.

Gabriella y Paco con su grupo el día que recibieron el premio Reina Sofía de prevención de la subnormalidad en 1983.

El segundo aspecto es que ha sido una auténtica maestra, en el sentido profundo de la palabra, y formó una importante escuela de endocrinólogos experimentales. Muchos de ellos han desarrollado carreras científicas muy brillantes y creo que se puede afirmar con rotundidad que la endocrinología de nuestro país, y muy concretamente la endocrinología molecular española que tan espectaculares logros ha obtenido, le debe mucho a la Dra. Morreale y en especial a la primera etapa del grupo que se formó en la Facultad de Medicina de la UAM. Juan Bernal, Ana Aranda, María Jesús Obregón, Pilar Santisteban, Ángel Pascual, Ana Pérez Castillo o Alberto Muñoz son solo algunos nombres de esta brillante generación de científicos. Serían los Gabrielitos, si hacemos una comparación con el nombre de Margaritos, con el que se conoce cariñosamente a los discípulos de Margarita Salas.

El tercer aspecto es su excepcional talla humana. Gabriella tenía siempre palabras cariñosas para todos. Cuando te cruzabas con ella en el pasillo siempre te dirigía una sonrisa que te alegraba el día. Su laboratorio era como su casa, y su grupo de investigación como una familia. A mediodía muchos doctorandos y jóvenes investigadores compartían mesa y café hablando de mil cosas, y frecuentemente había algo que celebrar. Sus dos técnicos de toda la vida, Socorro Durán y María Jesús Presas eran para ella y Paco como sus hijas. Siempre que he entrado en su laboratorio había una gran actividad y se respiraba un ambiente de cordialidad y cariño. Y todo envuelto en una extraordinaria humildad. A pesar del reconocimiento nacional e internacional a la relevancia de su trabajo, a pesar de la multitud de premios recibidos, Gabriella seguía siendo muy modesta. No le gustaba dar conferencias, y se ponía muy nerviosa cuando tenía que hablar en público. Yo hablaba frecuentemente con ella y con Paco, especialmente en la etapa en la que se trasladaron al laboratorio B16 del Departamento de Bioquímica que estaba enfrente del mío. Frecuentemente me decía “Rafa, mi trabajo ya no le interesa a nadie, ahora solo interesan los receptores nucleares, la regulación de la transcripción y cosas así”. Y eso cuando seguía publicando trabajos que rápidamente se convertían en referencias obligadas del campo.

Lo que más le sacaba de su estado de calma era la desesperante burocracia y el tener que convencer pacientemente a los políticos de las medidas necesarias que había poner en marcha en Salud Pública como consecuencia de su investigación. Paco me decía “Rafa hoy no vayas a ver a Gabriella, está terminando de redactar la memoria del proyecto y el plazo acaba mañana”. Era curioso, se podía distinguir fácilmente su estado de ánimo, porque los pelos, ya blancos en aquella época, se le ponían de punta sentada frente al ordenador rellenando formularios que le parecían una pérdida de tiempo y energía.

Gabriella siempre firmó sus publicaciones como Gabriella Morreale de Escobar, algo que hoy se vería incluso políticamente incorrecto. Pero sería imposible concebir la carrera científica de Gabriella sin la de su marido Paco, el Dr. Escobar del Rey, excelente conversador y mejor persona, que siempre en segundo plano, desempeñó un papel fundamental, por ejemplo, en las delicadas operaciones que había que realizar a las ratas en los complicados experimentos que diseñaban o en sus visitas a Las Hurdes o en su apoyo constante y silencioso a Gabriella.

Para mí, la Dra. Morreale de Escobar es y será siempre un referente. Una científica y una persona excepcional. ¿La receta de su éxito? Muy sencilla: bondad, inteligencia y persistencia. Ninguna dificultad le hizo nunca desanimarse. Gabriella, Paco y sus dos perritos, que en los últimos años le acompañaban en el laboratorio, constituían una parte imprescindible del paisaje humano del Instituto de Investigaciones Biomédicas y del Departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Aunque toda su vida fue investigadora del CSIC, Gabriella es una figura muy importante de la historia de la UAM, y sin duda un referente de la ciencia española.

*Rafael Garesse Alarcón es Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid. Es Académico Correspondiente de la Academia Malagueña de Ciencias.

La imagen de cabera está tomada del libro: “Gabriella Morreale: Su vida y su tiempo” (J.P. Moreno; Mª.J. Obregón, F. de Pablo y F. Puertas)

Un comentario en «GABRIELLA MORREALE DE ESCOBAR: UN REFERENTE DE LA CIENCIA ESPAÑOLA»
  1. Muchas gracias por darnos a conocer a Gabriella Morreale de Escobar. Un gran artículo que nos muestra un poco de esta gran científica.

Deja un comentario