Federico J. C-Soriguer Escofet
Academia Malagueña de Ciencias.
Sun Tzu escribió, “El arte de la guerra”, cinco siglos antes de Cristo, un conjunto de obviedades del tipo “be wáter”, cuya única utilidad, hoy, es la de recordarnos que la estupidez humana tiene una larga tradición. Hace algunos años y en otro contexto conté la historia de los pilotos ciegos, que seguramente alguno conoce. En realidad, es un chiste. Los pasajeros de un avión observan la entrada del piloto y el copiloto con gafas oscuras y un bastón de ciegos. Parecen ciegos, pero creen que es una broma. El avión comienza a deslizarse a creciente velocidad sin que llegue a producirse el despegue, acercándose el fin de la pista peligrosamente. Hay un momento que los pasajeros creen que se van a estrellar y gritan horrorizados. Entonces la nave despega y el comandante comenta: “el día que esos no griten nos vamos a dar un buen testarazo”. A finales de 1945, las bombas nucleares lanzadas el 6 y el 9 de agosto sobre Hiroshima y Nagasaki habían matado a un cuarto de millón de personas. Comenzaba así, oficialmente, la guerra fría basada en la doctrina de la destrucción mutua asegurada (DMA). Serhii Plokhy es un historiador ucraniano, que en un reciente libro “Locura nuclear”, recuerda lo cerca que se estuvo de la “destrucción mutua” en la crisis de los misiles de 1962, donde solo un milagro, en realidad la energía moral de dos soldados desconocidos, uno ruso y un americano, impidieron el malentendido que podía haberla desencadenado. Muñoz Molina lo ha recordado recientemente en uno de sus artículos semanales “Vísperas de un fin del mundo”: “A un lado y a otro, Kennedy y Jruschov, rodeados de asesores y ayudantes ignorantes de los motivos y las intenciones del otro, se mueven por impulsos parecidos de recelo y jactancia, de temeridad y cautela, de terror y de vértigo ante las consecuencias inconcebibles que pueden provocar las decisiones que tomen”. Como pilotos ciegos.
En los años ochenta estudié biología matemática. Un analista de sistemas, nos puso un ejemplo práctico sobre la rentabilidad del bombardeo nuclear: Desde el punto de vista del “coste-beneficio”, bombardear la URRS costaba unos pocos millones dólares (era rentable). En términos de “coste-efectividad” (número de rusos muertos) era devastador, pero asumible, siempre que los muertos, claro está, fueran del otro (durante la crisis de los misiles, cuenta Serhii Plokhy, Kennedy le pide a un asesor que calcule el número aproximado de víctimas que puede tener un ataque nuclear sobre Estados Unidos y se queda paralizado por la respuesta: “Entre 80 y 90 millones”. El problema surgía cuando alguien se preguntó por la utilidad de todo aquello. Desde la perspectiva del “coste-utilidad” aquella situación era un disparate que había que evitar a toda costa. En la realidad de 1962, no fue la lógica racional en la toma de decisiones, sino el temor y la suerte, las que evitaron la catástrofe.
En 1983, el Colegio de Médicos Británico, público un informe extraordinario: “The Medical Effects of Nuclear War” y en 1986 el Instituto de Medicina en Washington, DC, presentó un demoledor informe (“The Medical Implications of Nuclear War”). En ambos la conclusión era la misma: los gobiernos del mundo deberían abandonar toda esperanza de que la medicina fuese capaz de hacer frente a la gigantesca destrucción que implicaría una guerra nuclear. Es en este contexto donde, en 1980, se crea por los doctores Bernard Lown (Estados Unidos) y Evgueni Chazov (Unión Soviética) la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear, AIMPGN (en inglés, IPPNW) con el objetivo de crear un mundo más seguro y pacífico libre de la amenaza de la aniquilación nuclear. Fuimos muchos los médicos del mundo, también en España y en Málaga, que nos asociaciones. En 1985 la AIMPGN recibió el Premio Nobel de la Paz. Lo recuerdo muy bien. El mismo día que se hizo público había sido invitado a la Casa del Pueblo de la barriada de El Palo a participar en una mesa redonda. El anfitrión, que había leído el periódico del día, me presentó como Premio Nobel. Con semejante autoridad no me fue difícil convencer al auditorio de que lo que El Palo necesitaba era un buen centro de Salud y no un hospital. Dios escribe derecho con reglones torcidos, como se suele decir y si mi intervención tuvo alguna utilidad, la crisis de los misiles sería, si me permiten el humor, una de las razones por las que hay hoy en El Palo un gran Centro de Salud.
Casi ocho décadas después de Hiroshima y Nagasaki, no solo no se ha avanzado en la desnuclearización, sino que el riesgo de una guerra nuclear está de nuevo presente y, como ayer, los médicos debemos elevar nuestra voz, junto a todos aquellos que exigen, la desnuclearización mundial. Sesenta años después de la crisis de los misiles de Cuba, vuelve el rearme nuclear, armas muchas de ellas en manos de lunáticos, de iluminados, de fríos genocidas. (En el mundo de hoy numerosos países, de nuevo, hacen cola para conseguir el arma nuclear). Como dice Muñoz Molina: “Cuanto más detallado es el conocimiento, más perturbadora se vuelve la evidencia de que los asuntos públicos están gobernados por el azar, la ignorancia, la irracionalidad, el capricho, y de que quienes ocupan el poder actúan muchas veces a ciegas, como moviéndose en habitaciones oscuras en las que no llegan a verse los unos a los otros”.
En los años ochenta del pasado siglo los médicos dieron un paso adelante y se comprometieron pública y sería el momento en el que la ciencia y los científicos alzaran su voz. Pero los científicos parecen estar en otras cosas. No es nada nuevo. En 1945, junto a Polany, Bertrand Russel es entrevistado por la BBC y un oyente le pregunta por el peligro del uso bélico de la energía nuclear. La ambigua respuesta de ambos es reconocida en 1962 por Polany: “Después de intentar justificar la ambigüedad en nombre de la ciencia”, Polany, dice: “La misma mano invisible que guía el mercado guía la ciencia”, y admite que «Russell y yo deberíamos haberlo hecho mejor al prever estas aplicaciones de la relatividad en enero de 1945”. Pocos meses después -agosto de 1945- estallaría la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki.
La guerra del fin del mundo, esa que pende sobre nuestras cabezas desde hace más de 70 años no es entre el bien y el mal sino entre el buen juicio y la estupidez. Una guerra en manos de pilotos ciegos que mantienen viva en el siglo XXI la tesis que Hobbes desarrollara en el siglo XVIII (“homo homini lupus”). Unas guerras contra la que solo cabe el rearme democrático, el único sistema en el que, como los pasajeros del avión, se puede avisar a los pilotos del peligro, pues si hay alguna evidencia a la que aferrarnos es la de que entre sociedades verdaderamente democráticas no ha habido nunca guerras. Lo que alumbra el camino sobre el que los humanos deberíamos orientar nuestro futuro. Y la ciencia tan obsesionada hoy por el futuro, no debería permanecer callada.
*Federico J. C-Soriguer Escofet es médico y académico de número, vocal de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades.
Agradecemos la cesión gratuita de la foto de cabecera a Johannes Plenio en Unsplash

Buen dia!
Entretenido artículo. Como es habitual en tus textos con amplias referencias bibliográficas. Pero que al utilizar habilmente esas dos anécdotas, has conseguido centrar la reflexión, en lo que hay actualmente encima de la mesa del ordenamiento mundial.
Pilotos ciegos que rigen nuestro vuelo cotidiano y pequeñas decisiones en el barrio, donde vivo, nos indican la importancia del sentido común y de la solidaridad, con nuestros vecinos terrenales.
Lo que expresas al final del último párrafo, desde mi modesta opinión,puede resumir lo escrito: «entre sociedades verdaderamente democráticas no ha habido nunca guerras.»
Enhorabuena, Federico!
Excelente artículo. También me deja un poso de melancolía. Enhorabuena Federico