Federico J. C-Soriguer Escofet
Academia Malagueña de Ciencias
La ciencia y la tecnología forman parte hoy de la vida cotidiana. Más que nunca, la ciencia es un asunto de todos. Esta idea de una “ciencia ciudadana” y de una “ciudadanía científica”, está ya recogida en la actual “Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación”. En estas últimas décadas el número de investigadores en los países desarrollados y en muchos países en vías de desarrollo ha aumentado de manera muy importante. Según un informe de la UNESCO, el número de personas dedicadas a la investigación científica en el mundo estaría alrededor de los 8 millones, habiendo crecido entre 2014 y 2018, a un ritmo tres veces más rápido (+13,7%) que el crecimiento de la población mundial (+4,6%).
Dejando aparte la definición de qué es un científico que puede variar según los países, el número de investigadores de un país varía según las fuentes. Según Eurostat en 2022 en la UE había más de dos millones de investigadores trabajando a tiempo completo. En España también han aumentado un 21,6 %, aunque en el mismo periodo de tiempo el aumento en la UE ha sido del 45,4%.Según el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, en 2023 había en España 282.415 personas empleadas en I+D de las cuales 175.043 eran investigadores. La de científico es pues una fuerza laboral creciente, aunque en España en 2021 todavía su número (2352/106 habitantes) estaba por debajo de la media de la UE (4455/ 106 habitantes) y con una situación laboral en demasiadas ocasiones precaria, con dificultades para consolidar una carrera que se caracteriza por la inestabilidad.También el gasto de investigación en el año 2021 estaba en España (1,43 % PIB) por debajo de la media de la UE (2,27 % PIB). Aun así, el número de publicaciones de los científicos españoles ha aumentado de manera muy importante habiendo superado en el año 2020 la barrera de las 100.000 (un incremento del 45 % en una década), ocupando el undécimo lugar en el ranquin de número de publicaciones del mundo. Un incremento no solo cuantitativo pues las publicaciones científicas españolas tienen un 28 % más de impacto normalizado que la media mundial, (calculado a partir del promedio de citas que reciben los documentos). Un incremento que no se ha visto reflejado en la transferencia de conocimiento, que sigue siendo la gran asignatura pendiente de la I+D de nuestro país.
Simultáneamente a este gran crecimiento del número de científicos, en todo el mundo el número de estudios sobre gestión, productividad y evaluación de la ciencia, así como su sofisticación, aumenta cada año, estando en estos momentos en fase de revisión crítica muchos de los sistemas de evaluación y de acreditación. Es el caso del proyecto CoARA, en el que más de 694 organizaciones se han unido, como parte de un proyecto de la UE para el avance de la evaluación de la investigación, entre las que hay numerosas instituciones españolas, con el objetivo de introducir reformas en los sistemas de evaluación y de acreditación de la actividad científica. También el número de estudios diseñados con el objetivo de conocer la opinión que tiene la ciudadanía sobre la ciencia y los científicos, aumentan año tras año. Sin embargo, se le ha prestado menos atención a la “sociología” de los investigadores y científicos que son los que hacen la ciencia.
En los últimos años uno de los objetivos de la gestión política de la ciencia, es acercar la ciencia a la sociedad. Para conseguir un diálogo efectivo entre ciencia y sociedad es imprescindible conocer las opiniones y percepciones que ambas partes tienen, e identificar cuáles son los problemas a uno y otro lado de esta “imaginaria mesa de diálogo”. Y en esta conversación a veces se olvida que los investigadores no son un bloque uniforme y que son también parte de esa misma sociedad. Conocer los problemas de los investigadores como científicos y, también, como ciudadanos parece una condición indispensable para que la conversación entre la ciencia y la sociedad sea fructífera y tenga lugar entre quienes Adela Cortina llamó en, otro contexto, “interlocutores válidos”.
Los estudios sobre la ciencia como una actividad social comienzan sobre todo a partir de la segunda guerra mundial, considerando a Robert King Merton en los años cuarenta, como uno de los fundadores de la sociología de la ciencia. En las últimas décadas numerosos estudios se han interesado por evaluar la opinión de la sociedad sobre la ciencia y los científicos. En la mayoría de los estudios, también los recientes, hay una cierta unanimidad en mostrar el alto aprecio que la comunidad científica despierta entre la sociedad. Honestidad, comportamiento ético, y mentalidad abierta, son adjetivos frecuentemente adjudicados a los científicos en las encuestas sociológicas. También en España la ciudadanía valora muy bien las profesiones relacionadas con la ciencia y la tecnología, como confirman los estudios que desde el menos el año 2002 la Fundación Española para la Ciencia y Tecnología (FECYT) viene realizando sobre la percepción social de la ciencia.
En los últimos años, sin embargo, existe una preocupación creciente por el aumento de la desconfianza de una parte de la sociedad en los científicos, tal como pone de manifiesto, ente otros, un estudio recientemente realizado por el FECYT titulado elocuentemente “Confianza en la ciencia y populismo científico en España”. Las razones de este creciente populismo científico son múltiples, pero no son ajenos a él los propios científicos, pues en la propia encuesta del FECYT una mayoría de personas está de acuerdo con que los investigadores tienen un papel muy relevante que desempeñar en nuestra sociedad, pero al mismo tiempo, en cierto modo, se sienten excluidas y piensan que la ciencia y los científicos no abordan temas que son importantes para la sociedad y consideran que los científicos no tienen en cuenta otras opiniones. Una cuestión, esta de la creciente desconfianza en los científicos, a la que se le ha prestado menos atención. A pesar de, en general, la buena opinión sobre la ciencia y los científicos, la sociedad no tiene una imagen real de la actividad que realizan, siendo la de científico una profesión bastante desconocida.
Los resultados de un gran estudio realizado en 68 países con 71.922 encuestados, publicado en “Nature human behaviour” (2024) y en el que ha participado el FECYT ratifican la confianza en la ciencia de los ciudadanos de la mayoría de los países del mundo, aunque una parte considerable de los encuestados creen que los científicos prestan escasa atención a las opiniones de los ciudadanos, lo que tiene como consecuencia que las prioridades de la ciencia no siempre coincidan con sus propias prioridades. Parece, pues, necesario, tal como sugieren algunos estudios, conocer qué piensan los investigadores sobre el público y sobre sí mismos, así como sobre su propio papel en la comunicación de la ciencia, como condición útil para diseñar estrategias que promuevan la participación ciudadana en el proceso de investigación. Sin embargo, la mayoría de los estudios sobre “los valores de los científicos” han sido más ensayos sobre la ética de la ciencia que estudios sociológicos o de campo que intenten cuantificar las opiniones de los propios científicos y cuando se han hecho han estado más atentos a cuestiones éticas relacionadas con, por ejemplo, las creencias religiosas de los científicos. En las últimas décadas del siglo XX el perfil de las personas que se dedican a la ciencia ha cambiado sustancialmente. La ciencia se ha institucionalizado definitivamente y la carrera científica se ha profesionalizado a medida que el número de investigadores ha ido aumentado. Por lo general los científicos tienen de sí una alta estima que es correspondida por la alta estima que, ya lo hemos comentado, tiene la sociedad de los científicos. La consecuencia es que en demasiadas ocasiones se presume que el mero hecho de ser “un científico” lleva implícita la incorporación de una serie de esos valores que, con variaciones posteriores, ya Merton identificó al hablar del ethos de la ciencia.
Hoy, sin embargo, seguramente, la mayoría de los científicos se sienten más reconocidos en el concepto más neutral de “investigador” que bajo el más mitificado de “científico”. De hecho, la mayoría de los científicos son hoy “trabajadores por cuenta ajena” a los que cuadraría mejor el concepto acuñado por Roman Gubern de “cognitariado”. En el momento actual hay una gran preocupación por el incremento de retractaciones de publicaciones en las revistas científicas debido a una mala práctica científica. Parece conveniente conocer mejor la “sociología” de los científicos e incorporar al debate datos objetivos sobre los científicos y no solo opiniones basadas en la experiencia personal, que permitan juicios más objetivos sobre la confianza en la ciencia y, sobre todo elaborar nuevas formas de reducir el error, los sesgos y la potencial deshonestidad en la ciencia. Que nos ayude, en fin, a dejar de “engañarnos a nosotros mismos”. La formación de los científicos es muy heterogénea, oscilando entre los autodidactas y los super-especializados, estando lejos de ser adquirida disciplinalmente. La consecuencia es que la formación y los valores (el “perfil sociológico”) de los investigadores puede variar sensiblemente entre centros, entre CCAA (en España) y entre países, tanto “técnica”, como “éticamente”.
Las relaciones entre la sociedad y la ciencia han cambiado y no es ajeno a ello el hecho de que la sociedad comienza a ser consciente de que los científicos ya no tienen el control de las consecuencias de sus descubrimientos y que el saber científico y el desarrollo tecnológico implican riesgos que han desbordado las fronteras del “laboratorio”. Es esta la razón por la que a medida que ha aumentado el interés del público en los procesos de investigación e innovación, también ha aumentado la preocupación porque estos procesos se implementen de manera responsable. De hecho, si en el siglo pasado la autonomía del científico y de la ciencia era considerada como “uno de los derechos humanos”,en el presente siglo se habla más bien de una “cultura de la responsabilidad”. Este movimiento de responsabilidad, denominado “investigación e innovación responsables” (RRI) no sería sino una manera de entender el “compromiso público con la ciencia» a través de una amplia gama de interacciones que brindan oportunidades de aprendizaje mutuo entre científicos y la sociedad. La ciencia en el siglo XXI no puede vivir ajena a los valores que identifican e iluminan a las sociedades avanzadas. Estos valores, al menos en el contexto europeo, incluyen la defensa de la libertad y la autonomía, la igualdad, diversidad, e inclusión, la ética y la integridad, la apertura y la transparencia, la colaboración y el cuidado de la comunidad. Cómo conciliar e implantar estos valores en el mundo real de la ciencia y la práctica científica es también uno de los principales retos de los firmantes del acuerdo CoARA, pues es poco realista considerar que en los científicos estos valores, como en la metáfora bíblica “vendrán dados por añadidura”.
*Federico J. C-Soriguer Escofet es médico y académico de número, vocal de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades.
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