Federico J. C-Soriguer Escofet*
Academia Malagueña de Ciencias
En las entregas anteriores hemos hablado de cómo la aceleración de la vida humana, -sobre todo a partir de la Ilustración y de la revolución científica e industrial-, que tanto ha contribuido al confort de una parte de los humanos (no de todos), es la que está generando los grandes problemas actuales, algunos de los cuales, como los derivados del uso impropio de la energía atómica, de la biología molecular y biosintética, de la IA, o el cambio climático, están poniendo en riesgo la propia supervivencia de la especie.
Comentábamos también que la ciencia y los científicos son bien conscientes de ello, pero las soluciones que se proponen están dirigidas a la búsqueda de nuevos conocimientos y más y mejor tecnología. Y es aquí donde se nos plantean algunas dudas. Porque, si son la aceleración del conocimiento y de la técnica los causantes de estos riesgos, difícilmente será el aumento de esta aceleración, aunque sea “bien intencionada”, la solución. Parece más razonable pensar que las soluciones vendrán por la desaceleración del conocimiento mismo y, desde luego, de la tecnología. Por la desaceleración, en fin, del futuro.
Frente a la atolondrada velocidad a la que navegamos, solo la lentitud como proyecto vital puede ser la alternativa. Aunque algunos los confundan, progreso no es igual a rapidez. Marañón decía que la velocidad puede ser una cosa buena pero que tiene en la prisa su principal enemigo. Es la prisa la que nos mata. Los que así piensan, lo que proponen no es el “regreso” sino la desaceleración en nombre del valor estético (y probablemente ético) de la lentitud. La lentitud como virtud no como un defecto, tal como demasiados la ven hoy.
La lentitud no es inmovilismo es dar tiempo al tiempo, como decían los antiguos. Es pensar lo que se va a hacer. Pensar las cosas dos veces, antes de actuar, como también nos decían nuestros abuelos. No es nada nuevo. Richard Sennet el gran pragmatista norteamericano en “El Artesano” deja una consigna que da que pensar: “Hacer es pensar”. Es algo parecido a lo que había dejado escrito en la pizarra en 1988, el físico Richard Feynman, poco antes de morir de cáncer. “Lo que no puedo crear, no lo entiendo”. No hay conocimiento sin acción. No hay ciencia que no sea aplicada, decimos ahora, sin cambiar de tema. El pensamiento no delinque, pero no todo lo que el hombre puede imaginar lo tienen por qué llevar a cabo. No es nada nuevo. Lo dijeron los romanos y antes los griegos (festina lente: apresúrate despacio). Lo recuerda el refranero español: “vístete despacio que llevo prisa”. Lo contó Milan Kundera en “la Lentitud” una crítica descarnada del descontrol ético de un mundo que corre a toda velocidad sin saber hacia dónde. Lo practicó Cajal cuando dio en su vida y en su obra más importancia a la constancia que a la inteligencia o a la prisa. Lo precisó Italo Calvino cuando en sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, incluyó la velocidad como una de ellas, pero acompañada de la levedad, la exactitud, la visibilidad, la multiplicidad y la consistencia.
Lo reclama ese movimiento que como una mancha de aceite se va extendiendo por el mundo y que de forma muy expresiva se llama “slow life” (literalmente “vida lenta”) una corriente o movimiento cultural internacional que promueve un estilo de vida desacelerado donde se priorizan aspectos fundamentales cotidianos, como el descanso, la comunicación, la alimentación, el aquí y el ahora y las relaciones personales. Un movimiento que se originó a finales de los 80 en Italia, cuando el sociólogo Carlo Petrini se rebeló ante la apertura de un MacDonald’s en Roma y fundó el movimiento “slow food” (comida lenta), que propone una vuelta a los valores tradicionales de la gastronomía, pero que luego se ha extendido a otros muchos ordenes de la vida, como el trabajo, el turismo, la educación, el sexo y la moda, aunque desgraciadamente no parece haber llegado al mundo de la ciencia ni de la tecnología.
Lo proponía Walter Benjamin al recuperar la figura del “flaneur”. Lo predicaba el desaparecido y añorado, Nuccio Ordine, cuando magistralmente nos hablaba de la “Utilidad de lo Inútil” y, también, el filósofo de moda Byung-Chul Han, quien en un libro reciente de elocuente título “Vida contemplativa”, denuncia cómo el capitalismo transforma incluso la fiesta en mercancía, en donde la obligación de actuar y, aún más, la aceleración de la vida, se está revelando como un eficaz medio de dominación. Y aquí estamos, dice Byung-Chul Han, en este momento que algunos llaman ya el Antropoceno, ese momento histórico en el que la naturaleza comienza a ser absorbida y explotada por la acción humana. Porque la lentitud es la que ha garantizado la supervivencia de la vida en la tierra. Una vida que ha necesitado millones de años para llegar hasta ese momento en el que con la aparición del hombre la vida toma conciencia del tiempo. Unos hombres que todavía, siendo ya Sapiens, a lo largo de centenares de miles de años no modificaron ni utilizaron la tierra más que lo que hoy lo pueden hacer los primates superiores, nuestros ancestros de los que nos separamos hace 7 u 8 millones de años.
Pero pocos creen en esta alternativa. Más y mejor ciencia, más y mejor tecnología, más y mejor gestión de la ciencia y de la tecnología, esperando que lo que no ha ocurrido hasta ahora, ahora ocurra, sin más razones que las de la creencia de que esto puede ser posible y la esperanza de que tiene que ser posible. No parecen apoyos suficientes. Puestos a creer y a esperar, quizás las soluciones aparezcan cuando consigamos cambiar el modelo de producción y el modelo de sociedad. Pero no lo hará una sociedad basada en la violencia y en la creencia de que la Tierra nos pertenece. No sé cuál es ni cuál puede ser esa sociedad, pero tal vez, solo tal vez, pueda ser en una futura sociedad en la que los viejos y las mujeres tomen el relevo, pues para los primeros la lentitud no es un defecto sino una propiedad asociada a la experiencia y para las mujeres, la lentitud es consustancial a esa vivencia única como es la de la encarnación de la vida en su propio cuerpo. Ese momento sagrado en que del interior del vientre de una mujer renace la esperanza.
*Federico J. C-Soriguer Escofet es médico. Vocal de la sección de Ciencias Sociales y Humanidades. Académico de número de la Academia Malagueña de Ciencias.
Agradecemos la imagen de cabecera a Chase Baker en Unsplash

Aceptando tu ofrecimiento para reflexionar acerca de la consigna de Richard Sennet “Hacer es pensar”, me permito que lo hagamos tambien sobre otra, «Saber es hacer» y que realmente tu la reproduces con tu afirmación: «No hay conocimiento sin acción». La frase propuesta ha marcado mi actividad profesional a lo largo del tiempo, alcanzando incluso otras actividades sociales y de compromiso. La autoria de la misma no me corresponde, pues desconozco su autor, pero si que la leía cada vez que iba a clase pues enmarcaba la entrada de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de Madrid, y que desde su creacion en el año 1848, constituye el lema de la misma.
Enhorabuena, Federico!!
Gracias Ricardo. Las ingenierías son un buen ejemplo de las relaciones entre el pensamiento y la acción que es un comino d doble vía. El lema de la escuela de ingenieros , de haberlo conocido lo habría incluido entre las citas de autoridad del artículo, pues resume muy bien de lo que estamos hablando. Gracias por tus comentarios
un abrazo
Me ha encantado tu elogio y desarrollo de “la lentitud”, como indicas “No hay conocimiento sin acción” pero no “hay que ir a toda velocidad sin saber dónde”. Como apuntas en tu artículo frente a los riesgos de los usos impropios de los avances de la ciencia y la tecnología con esta aceleración en la que estamos inmersos “Parece más razonable pensar que las soluciones vendrán por la desaceleración del conocimiento mismo y, desde luego, de la tecnología. Por la desaceleración, en fin, del futuro”
Gracias Federico por tu artículo en el que nos llevas a plantearnos las ventajas de la lentitud.