Vie. Sep 18th, 2026

Federico J. C-Soriguer Escofet*

Academia Malagueña de Ciencias

A lo largo de mi vida activa (laboral) como “médico de día y científico de noche” he pasado por numerosos “sarampiones” y uno de ellos fue el epistemológico. Aún era joven o quizás podríamos decir que aún era demasiado joven, cuando al final de la conferencia de un reputado científico ya entrado en años, levanté la mano y pregunté si en sus trabajos había seguido el método inductivo, el deductivo, el abductivo o el hipotético-deductivo. Me miró con displicencia, me agradeció cortésmente la pregunta y me dijo que la próxima vez que nos viéramos me contestaría pues él no se había parado a pensar en tales cosas. Lo vi poco después, me echó el brazo por el hombro y me dijo: Querido Federico, “esto del método científico es una cosa de los jubilados y yo aún no lo estoy”.

¿Llevaba razón mi viejo amigo? Desde luego era aquella la época en donde, al menos en el sistema sanitario público, estaba emergiendo la investigación científica y no había hospital o centro de salud, en el que no hubiera contratado un “metodólogo” que intentaba enseñarnos cómo se investiga y qué cosa es el método científico. No tardaron mucho aquellos metodólogos en convertirse en “castradores” profesionales de ideas no convencionales y en maestrillos de cómo se consiguen recursos públicos o privados, aplicando el llamado protocolo de Feisntein, un metodólogo americano muy competente, convertido en el estándar para la redacción de proyectos que difícilmente eran financiados si no se presentaban con el modelo oficial de la ciencia estándar. Unos años después, quizás yo ya tenía entonces la edad de aquel científico al que tan fatuamente interpelé y en una reunión de “gestores del conocimiento” pregunté si ahora se hacía más y mejor investigación que antes de aquel desembarco de metodólogos. No, no lo habían evaluado, entre otras cosas porque la respuesta era, no.

Pero, ¿es que acaso se podía esperar otra cosa? Ya lo dejó dicho Cajal en el siglo XIX, cuando publicó sus “Reglas y Consejos…”: “No se enseña bien sino lo que se hace y quien no investiga no enseña a investigar” y que “(…) los tratadistas de métodos lógicos me causan la misma impresión que me produciría un orador que pretendiera acrecentar su elocuencia mediante el estudio de los centros del lenguaje”. Los hortelanos de la Cuenca del Mediterráneo suelen decir que “para regar no hace falta agua lo que hace falta es animus regandis”. Así también para la investigación científica, pues no deberíamos olvidar que la ciencia, cualquiera cosa que sea eso, se hace, como se suele decir, con una cosa que hay debajo del sombrero a lo que habría que añadir la constancia, esa inteligencia de los pobres que la llamaba Cajal. Porque lo mejor que se puede decir es que el método, ese “Petrus” sobre el que se ha sostenido todo el gigantesco edificio de la ciencia moderna, no es más que una “leyenda”, que como todas las leyendas han sido muy útiles, hasta que dejan de serlo.

El abajo firmante no es competente para disquisiciones de mayor altura ni esta serie de artículos tienen más pretensión que la de ser una conversación con los amigos, así que remito al lector a los textos del Profesor Antonio Diéguez Lucena, por ejemplo, el publicado en El Confidencial: “¿Existe ‘El Método Científico’? Filosofía y ciencia en el siglo XXI” -que se puede bajar de internet-, y en el que ya en el primer párrafo enuncia: “Entre los filósofos de la ciencia es ya cosa bien establecida que el Método Científico, así con mayúsculas y en singular, no existe”, citando en su apoyo a filósofos de la ciencia como Paul Feyerabend y, sobre todo a Philip Kitcher.

El método que ha obsesionado a los grandes epistemólogos del siglo XIX y buena parte del XX ha dejado de interesar a los filósofos, pero no parece que el edificio de la ciencia se haya derrumbado por ello. Hoy no hay un método sino tantos como disciplinas y casi me atrevería a decir que tantos como buenos científicos, esos que son capaces de cambiar el paradigma, método estándar, aquel, que, si acaso, ha quedado reservado solo para los investigadores que se conforman (o solo son capaces) de hacer ciencia normal (utilizando la terminología de Thomas Kuhn).   De hecho, la imagen popular de la ciencia, principalmente de las ciencias naturales y biomédicas todavía se basa en gran medida en esa leyenda. Un método unívoco practicado por unos científicos «nobles y vocacionales» que descubren la naturaleza y la verdad mediante la aplicación rigurosa de este «método científico” que ha conducido a los abrumadores éxitos técnicos, teóricos y prácticos de las ciencias naturales. Un método que contribuye a mantener la fantasía de una neutralidad de la ciencia y de una investigación libre de valores e independiente de la interferencia de cualquier poder dentro y fuera de la academia. Un método que, por su rigorismo, excluía a las ciencias sociales y humanidades que, no por casualidad, hasta 1958 no se consideraron científicas y ni siquiera disciplinas por la Fundación Nacional de Ciencias (“National Science Foundation”) en los EE.UU.  

Definitivamente el mundo ha cambiado, la ciencia ha cambiado y el método científico tal como se había contado hasta muy recientemente ha desaparecido o está desapareciendo, aplastado por el enorme peso de ese gigantesco edificio en el que se han convertido las ciencias modernas.  Y es este plural (las ciencias), precisamente, su mejor epitafio. 

*Médico. Sección de Ciencias Sociales y Humanidades. Academia Malagueña de Ciencias

Imagen de cabecera debido a “pexels.com chokniti-khongchum”  

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