Vie. Oct 9th, 2026

Antonio Heredia Bayona

Academia Malagueña de Ciencias

Los viejos deberían ser exploradores

no importa si aquí, ahí o dónde

debemos estar quietos y quietos movernos

hacia otra intensidad

para una unión más honda, una comunicación más profunda

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…………………………………………… En mi fin está mi comienzo.

T.S. Eliot, Cuatro cuartetos (East Coker)

En la presente reflexión se emplea el término académico siguiendo dos de sus acepciones: perteneciente o relativo a las academias y perteneciente a centros de enseñanzas superiores. En los diferentes escenarios de las dos acepciones quien esto escribe se siente plenamente identificado e incorporado y, más aún, consciente y sensible de las diversas señales que, suficientemente superada la edad de las nueve veces siete según la antigua tradición hipocrática, el cuerpo y la mente (los dos grandes atributos que son en realidad la misma cosa, como dice mi admirado Spinoza) no dejan de hacer notar.

Senectud es un término clásico. Es, según la RAE, el período de la vida humana que sigue a la madurez. A veces me he preguntado qué senectud habrían vivido determinados personajes y autores que cuento entre mis imprescindibles y que no llegaron a una edad tardía: Schubert, Spinoza, Emily Dickinson, Kafka … y, de un modo más emotivo y personal, mi padre, quien no alcanzó a vivir su senectud. Porque queda claro que cada persona vive su propia e intransferible senectud, al igual que creo que la gran mayoría descubrimos un día que la edad parece habernos tomado por sorpresa, de golpe. Y a partir de ahí aparecen señales que indican que ya no somos los mismos, que algo diferente tiene lugar en nuestro cuerpo a la vez que anida en nuestra mente. Son momentos especiales en los que parece que nuestro destino adopta para siempre unas determinadas, imborrables e insobornables imágenes e ideas que llevaban años incubándose en nosotros. Hegel lo indicó claramente: el destino es uno mismo bajo la forma de otro. Momentos especiales y agridulces, y añadiría inequívocamente enlazados sobre todo a nuestra particular infancia y primera juventud. Wordsworth dijo que the child is the father of the men. El poeta Rilke lo expresó bien claro: el destino no es sino la plenitud de la infancia. Francisco de Asís nos lo encomendó de un modo metafórico y vitalista, trasladándonos que, llegado el momento, rompiéramos los límites de sentirnos envejecidos sintiendo y haciendo todas nuestras infancias. Desecho tomar como algo caducado y pueril estas actitudes. Siempre he creído en el gran poder e importancia de los primeros decenios de vida. Confieso que es la actitud que personalmente conservo recordando, recorriendo y visitando, aunque sea muy de tarde en tarde, las calles y la escuela de mi infancia en un pueblo de la campiña cordobesa. Unos pasos marcados de nostalgia simbólica que me oxigenan de un modo insustituible.

Para un profesor e investigador aferrado a su quehacer de generar y transmitir conocimiento a la vez que enseñarlo a generaciones más jóvenes, la llegada de la llamada y su largo eco que anuncian que ese quehacer personal, tu oficio, amasado durante muchos años y convertido en norma de vida, se está acabando, te revelan reflexiones e instantes que no has sentido a lo largo de tu trayectoria profesional. Por supuesto, cada profesión y cada oficio tendrán sus peculiares momentos y sensaciones llegados a dicho punto. Pero cada uno sólo es capaz de sentir su propia experiencia personal y no dejas de pensar que hay que adaptarse a las circunstancias a la vez que te rebelas y sientes una especial sensibilidad frente a determinados temas. Echas de menos, además, a pesar de las lecturas de los libros clásicos de Cicerón, Baltasar Gracián, Norberto Bobbio y, por ejemplo, la más reciente novela de Julian Barnes entre otros, que no exista una especie de ars senectutis en la que podamos encontrarnos y guiarnos.

Momentos agridulces indiqué antes. Ocurren cuando, en los últimos tiempos, colegas y conocidos descubren y recuerdan que queda muy poco tiempo para tu retirada. Te indican, supongo que con buena voluntad, que bajes tu ritmo vital académico, que no te compliques estos últimos años y que te dediques a tus “clasecillas” (sic) y que vayas abandonando y dejes a los colegas jóvenes seguir con la investigación. Mi respuesta, hoy por hoy, no puede ser otra que, en lo que resta, me dedicaré a mis clases, no a mis clasecillas, con la energía, lucidez y sobre todo responsabilidad suficientes para sentir más que nunca su trascendencia a la vez que valoraré en su justo y emotivo sentido la sensación de que ya, antes de que ocurra, empiezo a echar de menos esas horas de clase, la docencia que no volveré a impartir en un futuro no muy lejano. La docencia que sientes e impartes, no la concibo de otro modo, traslada además de conocimientos el reflejo de nuestra lectura personal del mundo que nos rodea. Una docencia en la que he intentado e intentaré en estos últimos años reforzar y consolidar el gran valor de la atención, de una mirada atenta a las encrucijadas claves de una disciplina con la clara convicción de que aprehender, por ejemplo, un concepto o un modelo biofísico concreto, siguiendo una hermosa reflexión de Simone Weil, pudiese para el estudiante contribuir en el futuro a captar más directamente la belleza del verso de un poeta o la sutileza de un color en cuadro. Aprehender como feliz suma emergente de la acción de los verbos transitivos percibir, captar y entender. Docencia, también, como lectura vital cambiante, autopoietica, que se ha corregido, se ha adaptado, ha crecido y aprendido de sus aciertos y errores. En este sentido, el final de dicha larga etapa equivale a una especie de, nunca deseada, forzada censura. Compartir y haber compartido esta larga experiencia de aprendizaje con cientos y cientos de jóvenes estudiantes lo considero un auténtico privilegio, un regalo recíproco porque escribiendo esto cobra sentido la misteriosa sentencia de que sólo poseemos aquello que regalamos. Y, en cuanto a la tarea investigadora, confío en que la salud y mis fuerzas me sigan dando la oportunidad de escudriñar y avanzar en aquellos objetivos, que no son sino abordar nuevas preguntas, que me haya trazado para un ya breve margen de tiempo. En este caso, solicito y asumo otro tipo de lucidez y fuerza, la necesaria para seguir teniendo presente que las respuestas a dichas preguntas serán totalmente provisionales e inducirán nuevas preguntas y que, en el futuro, se sabrá más y mejor sobre aquello que he adoptado y trabajado durante muchos años como tema central de investigación. Es ésta una sensación placentera. En estos últimos años, me asalta con frecuencia la impresión de estar casi siempre abordando en la investigación las mismas preguntas, pero asumiéndolas con una mirada diferente, una mirada más ponderada y más armónica. Ahora el gran regalo es haber aprendido a lo largo de los años que intentar comprender la verdad de las cosas e intentar entenderlas con profundidad no se consigue sino con trabajo, emoción y también sufrimiento a la vez que con sentido de la complejidad y de la inmanencia del mundo que nos rodea. También, digámoslo, amando, cuidando y mimando de modo constante tu tema de estudio e investigación. Parafraseando el conocido verso de Borges, el verdadero oro se encuentra en el polvo del camino recorrido. Un camino lleno de señales de la inmanencia de la realidad circundante. En el fondo, se trata, una vez más y hasta el final, de seguir sintiéndonos asombrados ante el mundo que nos rodea y su realidad. Tengo muy claro que dejar de extrañarse en la vida, dejar de tener encuentros inefables con el asombro, como escribió María Zambrano, es una abdicación que puede llegar a ser una abdicación moral.

Es también tiempo, lo he comentado y constatado con varios colegas, en el que sientes, o mejor te indican fría y directamente, que queda poco y que en ese tiempo de transición no puedes ya participar ni formar parte de órganos y comisiones de gestión de tu institución académica. Es doloroso, y reflexionar sobre ello conduce a un tema de siempre: el prescindir y poner fecha de caducidad (por supuesto también extrapolable a otros ámbitos y profesiones bien distintos) a aquellos y aquellas que voluntariamente deciden seguir participando en la dinámica de la vida académica. Tener conciencia y voluntad para ello, muchos no lo entienden, es mucho más que compartir con otros los conocimientos y experiencia. Pienso que falta en nuestra sociedad y en nuestras instituciones públicas situar justamente a esa mal llamada tercera edad a la vez que saber descubrir, aprovechar y cultivar su potencial social. En la mayoría de los oficios se debería considerar la máxima latina Apex est senectutis auctoritas, la culminación de la senectud es la autoridad. No todos han conseguido ni conseguiremos llegar a esa etapa de la vida siendo merecedores de esa autoridad. Pero debemos aspirar a ella viviendo con conciencia, con voluntad constante de mejorar y con la necesaria empatía para sentir que no hay premio mejor, como indica Pedro Olalla en su revelador opúsculo De senectute politica, que la serena grandeza que representa el término auctoritas significa haber tenido la capacidad de haber sido autor de tu propia vida, enriqueciéndola y haciéndola crecer. De este modo, envejecer se convierte en un empeño ético que no es fácilmente reconocido y mucho menos aprovechado en nuestra sociedad actual. Llegamos a unos años, a una presumible senectud sazonada, como diría Gracián, en que lo importante debería ser hacer lo que nos hace sencillamente buenos y no la edad en que lo hacemos. En suma, pienso que bastaría con aceptar que esta edad tardía sigue abierta como el primer día de la lejana juventud y hasta el último día a seguir aprendiendo, creciendo y compartiendo. Spinoza lo dijo claramente: Nemo hucusque determinavit quid corpus possit, nadie sabe lo que puede un cuerpo, indicando de ese modo que la capacidad física y mental de acción no tiene límites y está siempre abierta a nuevas experiencias y descubrimientos. El conatus, la potencia de existir y de perseverar en nuestro propio ser, carece de reloj interno y no disminuye con la senectud, solo se transforma.

En relación con lo anteriormente expuesto, hay un hecho constatable que no debe quedar desapercibido. Las nobles academias artísticas, científicas y de otras índoles, la gran mayoría con muchos años y siglos de existencia como es el caso de nuestra Academia Malagueña de Ciencias, están constituidas en un muy alto porcentaje por académicos y académicas de la llamada tercera edad. Aunque sus objetivos son, en general, altamente reconocidos y respetados una gran parte de la sociedad ignora su existencia al igual que algunas instituciones públicas y privadas las usan a menudo para sus oportunistas proyectos y pienso, como indiqué antes, que ni aquella y éstas desean ni saben aprovechar su gran potencial y valor cultural, social y político. A veces injustamente señaladas como obsolescentes y ninguneadas, como recientemente ha ocurrido en nuestra ciudad. Un auténtico despilfarro teniendo presente la tremenda complejidad de los tiempos que estamos viviendo, un tiempo desafecto lleno de sobreactuaciones, desorientaciones y brumas a la vez que carentes de referencias y modelos serios de análisis. Un tiempo que supone un cambio de época lleno de transformaciones y desafíos radicales en los que los más experimentados deben tomar la palabra. Un tema que necesita de una reflexión al margen del presente artículo.

En unos tiempos en que, afortunadamente, nuestras instituciones académicas públicas apuestan por el talento, por incorporar talento joven y con porvenir en el que radicará nuestro futuro como país, no habría que desaprovecharlo y plantear opciones nuevas y diferentes para establecer de un modo transversal interacciones entre los académicos jóvenes y senior para que estos últimos actúen como una suerte de referentes, como portadores y transmisores de la memoria de la historia reciente, de la idiosincrasia, personalidad y la, a veces, tortuosa consolidación de sus respectivos centros de trabajo. Referentes que ayuden y acompañen a recorrer el siempre indefinible y borroso camino de la incertidumbre, ese espacio oscuro por el que también hay que aprender a respirar y a caminar. Referentes que recuerden en los momentos oportunos algo que desgraciadamente se está perdiendo: que lo mejor de lo que somos, hemos sido o seremos se lo debemos siempre a otros. Apoyar y construir esa relación sería una magnífica oportunidad de participar y de crecer juntos en el complejo mundo de la gestión, generación y transmisión del conocimiento. Todo ello debería presuponer una espontánea, clara y generosa convicción por parte de académicos de distintas generaciones. Sabemos que hoy por hoy no es posible: la carrera académica se parece cada vez más a una competición marcada por el individualismo, sin tiempos ni reglas claras y, con lamentable frecuencia, con sombrías pinceladas de endogamia y nepotismo. Llegas a concluir que no queda otra elección que asumir de un modo, ahora sí, triste que en el fondo sientes que tu tiempo ha pasado y que la realidad es que siguen existiendo normas escritas y no escritas que te conducen irremediablemente a la puerta de salida. Una vez más sientes que la dinámica social y política ha tenido, tiene y tendrá mucho, como estamos viviendo en los últimos tiempos y de forma dramática este verano, de falta de objetividad y de farsa y tragicomedia permanentes. No lo dudemos ni nos engañemos: es la realidad social y política actual la que está claramente envejecida, no ha aprendido casi nada del pasado, llega tarde a casi todo y necesita urgentemente ser revisitada para rejuvenecerla, modificarla e inyectarle responsabilidad y vitalidad, paradójicamente con una población cada vez más envejecida. Como alguien dijo acertadamente, son las paradojas las que revelan las verdades. Y que nadie piense que se trata de defender y preferir, con trasnochada nostalgia, los tiempos pasados vividos los cuales tampoco fueron fáciles ni felices, llenos también de problemas y desorientaciones acompañados de importantes cambios sociopolíticos.

Para terminar, espero y deseo que a todos y todas mis colegas de mi generación al menos nos quede y nos acompañe la serena convicción, de nuevo Eliot, de que el asombro antes aludido esté lleno de calma y que esa calma sea motivo de asombro. E irnos, llegado el momento en silencio, sin hacer ruido. No es poco. En mi caso siempre me quedará, entre otras, la lectura cíclica de Spinoza, encuadrada entre esas escasas obras que, de un modo misterioso, no elegimos, sino que nos eligen. Su lectura, además de recordarme que el paso del tiempo obra siempre en contra en estos últimos años, te envuelve en una soledad serena, una cautela y apertura generosa a los demás y en una insondable lucidez y sensibilidad que conjugan sutileza, amor, alegría y anhelo de conocimiento. Todo un ideal de sabiduría al que aproximarse. Siempre quedarán, además, la música y la poesía. Terminemos esta ya larga reflexión, pues, con ellas. Artes que siempre se miran de reojo y en la que cada una, en creativa y silenciosa competición, aspira a adquirir la condición de la otra. Benditas artes que siempre proporcionan fugaces instantes de verdadera belleza. La música elegida es el movimiento final, titulado Das mir die Liebe erzählt (Lo que me dice el Amor), de la tercera sinfonía en re menor de Gustav Mahler: Langsam, Ruhevoll, Empfunden (lento, lleno de paz, con sentimiento). Y la poesía, una vez más, Eliot:

Nunca dejaremos de explorar

y el final de las exploraciones

será llegar a donde comenzamos

para conocer por primera vez el lugar.

*Antonio Heredia Bayona es catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la UMA, investigador del IHSM-UMA-CSIC y miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias.

Un comentario en «DE SENECTUTE. REFLEXIONES DE UN ACADÉMICO»
  1. Hoy eres un poco mas poseedor, después de este regalo de reflexión que nos has hecho.
    La finitud de la que hablas en la senectud, es algo que teniendo una base biológica no es determinante, pues el estado de ánimo, la ilusión en que llegue cada nuevo día, las ganas en crecer como referentes, la aventura de seguir trasmitiendo conocimiento, deben ser realmente el cronómetro de la misma.
    Procurar mejorando seguir siendo nosotros mismos, al margen de las múltiples imágenes, caras y/o facetas que a lo largo de los tiempos, vamos enseñando.
    Enhorabuena, Antonio!

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