Vie. Sep 18th, 2026

La esperanza es cosa con plumas

que se posa en el alma,

y entona melodías sin palabras,

y no se detiene para nada,

y suena más dulce en el vendaval;

y feroz tendrá que ser la tormenta

que pueda abatir al pajarillo

que a tantos ha dado abrigo.

La he escuchado en la tierra más fría

y en el mar más extraño;

mas nunca en la inclemencia

de mi ha pedido una sola migaja.

Emily Dickinson

Antonio Heredia Bayona

Academia Malagueña de Ciencias

La Real Academia Española define la palabra desconexión como acción y efecto de desconectar a la par que nos ofrece varios sinónimos: aislamiento, separación, disociación, alejamiento, distancia. En este tórrido y dramático verano que invita a una eficaz desconexión de nuestras rutinas personales dichos sinónimos afloran cuando intentamos reflexionar sobre la confusa y compleja realidad presente, especialmente si se sigue apostando con fuerza creativa por un mundo inteligible, cognoscible en contra de la decadente postura posmodernista engendradora de múltiples y caprichosas realidades. Los anteriores sinónimos, además, abren paso e inevitablemente inducen y permiten reflexionar, entre otros temas, sobre el mundo universitario y académico y su interacción con la sociedad, temas muy ligados a nuestra Academia Malagueña de Ciencias.

Personalmente pertenezco a una generación que con frecuencia acusamos la sensación de estar aislados, alejados, disociados de determinadas situaciones, enfoques y escenarios que han ido emergiendo, modificando e incluso desapareciendo a lo largo de los últimos años. Llama la atención el mutismo de nuestra universidad ante la publicación del ranking de universidades de este año, el denominando ranking de Shangai. Es más que controvertido adoptarlo como patrón de medida de calidad universitaria, pero sorprende que cuando proporciona resultados positivos se publicita exageradamente y en sentido contrario, con índices negativos, se critica, se calla o se olvida. La comunidad universitaria, alejada de este tema, pierde así otra oportunidad de reflexión. Siguiendo en el ámbito universitario, cuesta trabajo entender cómo la endémica tensión entre docencia e investigación en el quehacer cotidiano del profesorado universitario crece en nuestras facultades y escuelas. Quizás porque se olvida que la mal denominada adscripción e incorporación de investigadores con talento a la misma no tiene en cuenta el valor del compromiso docente que conlleva en la mayoría de los casos y nuestras instituciones, además, la evalúan casi exclusivamente a partir de un curriculum investigador en el que la cantidad sigue pesando más que la calidad. Se trata de adscripciones que son catalogadas de excelencia, término mal usado casi siempre y en las que también, en mi opinión, se sobrevalora la actividad que se denomina divulgadora del conocimiento. Esta actividad, emergente en los dos últimos decenios, casi testimonial a comienzos de este siglo en nuestro país, requiere un esfuerzo y un trabajo especial y riguroso que contrasta con la miríada de actividades que se llevan a cabo actualmente, seguidas sin claro criterio selectivo por los medios de comunicación y las redes sociales, y que, en determinados casos, no divulgan sino que vulgarizan el conocimiento, vendiendo de una manera endogámica y narcisista humo las más de las veces, asumiendo, consciente o inconscientemente, la dañina deriva hacia la desobjetivación posmodernista de que no hay hechos sino interpretaciones y, peor aún, equivocando y confundiendo a un público sin criterio ni conocimiento previos. Una vez más es necesario constatar y denunciar cómo una actividad que se lleva a cabo en la gran mayoría de los casos sin ser previamente evaluada es en nuestros días alegremente sobrevalorada para la concesión de premios, de proyectos de investigación y para la obtención de plazas de profesores e investigadores en programas nacionales y autonómicos de prestigio. Apostemos seriamente por revisar los contenidos y objetivos de dichas actividades entre otras cosas porque en este campo el paso del tiempo incide de forma notable y algunos tópicos, algunos argumentos y prácticas caducan y son mantenidos de un modo trasnochado. En los tiempos complejos y tensionados que vivimos, cuánto más útil sería aunar esfuerzos desde un punto de vista transdisciplinar y transversal para decididamente abordar, discutir y difundir públicamente temas críticos de los tiempos actuales tales como el impacto de la inteligencia artificial en nuestras vidas, la biomedicina, el cambio climático o, como recientemente publica la revista Nature, dar a conocer y apoyar un panel de la ONU recién creado sobre el peligro del uso de la energía nuclear con fines bélicos. Dichos esfuerzos deberían dirigirse a tender puentes entre la sociedad y los sujetos y corporaciones intelectualmente comprometidos para acortar y eliminar ese vacío, ese aislamiento y distancia que la desconexión en este caso nos impone. Y teniendo, además, siempre presente que el conocimiento y su transmisión en esta imprescindible e importante labor de divulgación no pueden quedar limitados a las ciencias experimentales, sino que también se encuentra en las ciencias históricas, en las ciencias sociales, en las matemáticas, en las humanidades, en el arte y, también, en la religión.

A pesar de los tibios esfuerzos actuales, la praxis académica e investigadora está aún aislada, disociada de la necesaria mirada ética dirigida a sus respectivas actividades y comportamientos. Esta mirada no solo ha de pasar por la denuncia de acciones individuales en forma de conflictos interpersonales, sino también por la verificación de los contenidos de los correspondientes currículos de egresados y personal docente e investigador; y, también, por el necesario análisis de la compleja y a veces oscura dinámica y gestión de las publicaciones en las diferentes ramas del conocimiento. Este último aspecto necesita una urgente reflexión y revisión a raíz de las denuncias y hechos constatados en los últimos años. El objetivo: defender y vigilar más y mejor la honestidad e integridad académicas. En este punto es preciso un obligado comentario a algo que estas semanas está en las noticias: la ridícula y soez falsificación de los currículos y titulaciones de determinados personajes públicos. Y, en este sentido, basta indicar que dichas acciones, en los casos en que sean comprobados, son una auténtica falta de respeto y un insulto a los miles y miles de personas que obtuvieron, consiguen y obtendrán sus respectivos títulos con el esfuerzo y sacrificio de miles de horas nunca contadas a la vez que incubaban un latente y prometedor compromiso personal y social. Son hechos que suponen, en estos tiempos, un triunfo más de la mentira. Lamentablemente estas penosas noticias son, en la mayoría de los casos, un claro ejemplo más de la desconexión de la sociedad actual con sus representantes políticos. El dramático e incendiario agosto pasado y sus consecuencias ofrece, una vez más, un claro ejemplo de ese aislamiento y divorcio. Se trata de algo, los politólogos lo anuncian, muy peligroso en los tiempos que vivimos.

Incidiendo en la desconexión y paralelamente en el alejamiento que conlleva sería más que interesante que la sociología y psicología analizaran un hecho que ha pasado muy desapercibido y que he constando en los últimos años, consecuencia de mi compromiso personal en parte de su gestión, a raíz de las celebraciones del cincuentenario de nuestra universidad y de algunas de sus facultades. Llamó poderosamente la atención la escasísima asistencia y participación de la comunidad académica en los actos públicos celebrados a tal efecto y en los que nuestra Academia Malagueña de Ciencias ha tenido iniciativas dignas de ser elogiadas. En algún caso, la presencia del correspondiente claustro apenas llegó, incluyendo el equipo de gobierno oportuno, a un raquítico 3% de asistencia. No creo, además, que esto sea algo exclusivo de nuestro entorno universitario malagueño. Personalmente soy de los que aún creen en la fuerza simbólica y transcendente de dichos actos en los que se mezcla el justo reconocimiento del pasado, el compromiso personal, la cercanía emocional y la transmisión de valores y objetivos que han de mantener cohesionados a una comunidad. Desgraciadamente hoy día nuestro mundo sufre una fuerte carestía de las acciones transcendentes y un exceso de acciones y propuestas fatuas. Todos conocemos el pasaje de El Principito en el que éste le pregunta al zorro ¿qué es un rito? La respuesta: es también algo demasiado olvidado, es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas. No se trata de estar atrapados por el recuerdo de una forma gratuita, se trata justo de lo contrario. Se trata de enfatizar y recordar en dichos actos públicos que, como nos indicó Walter Benjamin, el pasado lleva consigo un índice secreto y escondido: la fuerza de lo que vendrá y el tiempo venidero como advenimiento para cultivar el pensamiento de la esperanza, especialmente en estos turbios tiempos que padecemos.

Abundando, ya para finalizar, en la última idea no se me ocurre mejor actitud progresista que ahondar día a día, en nuestras respectivas actividades sociales y en nuestro trabajo, en la transcendencia de la palabra esperanza; una esperanza activa que suponga, como indicó Václac Havel, no un pronóstico para que algo ocurra satisfactoriamente sino que aparezca como un estado mental que dirija su mirada más allá del horizonte y que nos habilite la capacidad de nuestros personales esfuerzos, de nuestro trabajo por algo que sea sencillamente bueno. Dicha esperanza, tomada también como fuerza e ímpetu, ayudaría a romper e ir tachando poco a poco la palabra desconexión y los sinónimos apuntados al comienzo de este artículo. Como Spinoza nos dejó escrito, el miedo y la esperanza son las dos principales emociones básicas de los seres humanos. En nuestros respectivos y diversos caminos intentemos y aspiremos a conjugar ambas emociones acertadamente y, al igual que Orfeo en los infiernos, dejémonos guiar por el acorde, por el canto de la diosa Spes.

* Antonio Heredia Bayona es catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la UMA, investigador del IHSM-UMA-CSIC y académico de número de la Academia Malagueña de Ciencias.

Un comentario en «TIEMPOS DE DESCONEXIÓN»

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