Antonio Diéguez Lucena
Academia Malagueña de Ciencias
El avance de la ciencia no es algo que vaya necesariamente en detrimento de la filosofía o que disminuya el campo de problemas de los que la filosofía puede ocuparse. Esto quizás no encaje con la opinión común, pero puede decirse que lo que sucede es más bien lo contrario. Es cierto que a lo largo de la historia la ciencia ha ido incorporando bajo su jurisdicción problemas que tradicionalmente trataba la filosofía, y al hacer esto los ha detraído de la atención filosófica o ha dejado a la filosofía sin función relevante en la dilucidación de los mismos. Sobre este hecho han puesto el énfasis los que, como Sephen Hawking, han decretado una y otra vez la muerte de la filosofía a manos de la ciencia. Sin embargo, la ciencia también ha venido ofreciendo de forma constante a la filosofía nuevos problemas, en un número e interés que compensa con creces la merma que pueda haberle causado.
No tendría sentido, desde luego, que la filosofía intentara plantarle cara a la ciencia en aquellos temas que esta ya ha asumido, como en cierto modo intentó todavía la Naturphilosophie del romanticismo alemán, pero no necesita en absoluto hacer eso, puesto que el avance científico abre nuevos problemas que son fundamentales para entender los desafíos a los que nos enfrentamos y para alcanzar una mejor comprensión de la sociedad y del ser humano. Campos enteros de la filosofía, como la bioética, la filosofía de la ciencia, la filosofía de la tecnología o la ética de la IA, no existirían sin el desarrollo científico y tecnológico actual.
En la tradición filosófica, dentro de la metafísica se incluía habitualmente la teología natural, la psicología racional (estudio del alma), la cosmología (origen del universo) y la teoría del conocimiento. Sin embargo, en la actualidad la teología natural está desaparecida y la psicología racional no tiene más interés que el histórico, una vez que se transformó en psicología científica y en filosofía de la mente. Tampoco existe la cosmología filosófica, sustituida por una cosmología científica basada en la Teoría General de la Relatividad. En cuanto a la teoría del conocimiento, una parte ha sido asumida por las ciencias cognitivas y otra parte se ha convertido en la epistemología y la filosofía de la ciencia contemporáneas, influidas fuertemente estas dos últimas disciplinas por orientaciones naturalistas y empiristas. Nadie echa de menos estos campos desaparecidos, ni hay entre los profesionales de la filosofía una creencia generalizada en que esto haya significado un empobrecimiento en nuestra forma de pensar el mundo.
A cambio, han aparecido otros problemas filosóficos de interés. No es solo que la ciencia misma se base en presupuestos filosóficos que merecen ser examinados, sino que hay muchos asuntos filosóficamente relevantes que han surgido del desarrollo científico y tecnológico o han sido reavivados por él. Podrían citarse como ejemplo problemas provenientes de la física (como el de la naturaleza del tiempo, el del determinismo en la naturaleza o el de la causalidad probabilística) y muchos más de la biología (definición de vida, plausibilidad del determinismo genético, existencia de clases naturales, papel de la teleología en la naturaleza, concepto de función, existencia del altruismo, cognición animal, etc.). También se los puede encontrar en la psicología, las neurociencias, la química, la economía o las ciencias sociales. Y esto incluso dejando fuera los problemas éticos y políticos que suscita el desarrollo de la ciencia, que cada vez acaparan más atención debido a los cambios institucionales que la ciencia está experimentando y a sus relaciones con el poder político y económico. Entre lo más interesante de la filosofía reciente cabe mencionar igualmente los intentos de naturalización, con ayuda de las ciencias, de nociones filosóficas, como función, representación, conocimiento, verdad, individuo, razón o justicia.
La teoría cuántica, desde sus comienzos, ha sido un campo especialmente intrigante desde el punto de vista filosófico. Su fundamentación e interpretación planteó y sigue planteando enigmas de gran envergadura que mantuvieron ocupados en discusiones constantes a Bohr y a Einstein durante toda su vida. Se dice que Bohr estuvo garabateando en su lecho de muerte una respuesta a la última objeción de Einstein, quien nunca aceptó que la teoría cuántica fuese una teoría completa.
Si se acepta la interpretación de Copenhague (la defendida por Bohr), el coste epistémico es enorme, porque habría que admitir que ciertas propiedades (las propiedades conjugadas, como la posición y la velocidad de un electrón) no existen por sí mismas antes de ser medidas por un observador, y, por tanto, que el electrón no está en ningún lugar antes de ser detectado en un lugar concreto por el dispositivo experimental. La interpretación realista de Einstein, perfeccionada por Bell, tras diversos experimentos, ha sido considerada como insostenible. La otra gran interpretación realista es la de los muchos universos, propuesta por Hugh Everett (hay más, pero son minoritarias). Sin embargo, si se asume esta interpretación, el coste ontológico es enorme, porque si bien el electrón (o cualquier sistema cuántico comparable) tendría una posición y velocidad definidas antes de la observación, todos los resultados posibles de la medición se darían en universos reales, solo que la medición obtenida en nuestro universo habría sido una, mientras que en otro universo, otro yo idéntico a mí, rodeado también de todo lo que me rodea en este, habría obtenido otro resultado posible, y así hasta agotar todos los resultados.
Hemos podido contemplar cómo en los últimos años el perfeccionamiento de los sistemas de inteligencia artificial ha hecho que viejos problemas filosóficos, como el de la consciencia, la inteligencia, el papel de las emociones, el significado de la relación entre la mente y el mundo, o entre la mente y el cuerpo, consigan enfoques novedosos, y, a la vez, ha propiciado la discusión sobre cuestiones inesperadas, como el de si una máquina podría ser un agente moral en sentido pleno y bajo qué circunstancias, o el de cómo puede cambiar la propia ciencia a través del uso de la IA en la investigación científica.
La filosofía de la ciencia, como es natural, es una de las especialidades filosóficas que más se ha beneficiado del desarrollo de las ciencias. Por citar algunas de las preocupaciones más recientes en este campo, se discute acerca del uso de modelos en el explicación y predicción de los fenómenos, del papel de las inferencias abductivas o de las inferencia bayesianas en la confirmación de las teorías, de la posibilidad de reducción de unas teorías a otras, sobre todo si pertenecen a ciencias diferentes, o acerca de de si las teorías científicas deben interpretarse como representaciones aproximadamente verdaderas de la realidad, con compromisos ontológicos que debemos aceptar, o más bien como instrumentos conceptuales para la predicción y el control de los fenómenos (i.e. el debate sobre el realismo científico).
En suma, si nos atenemos a lo que viene sucediendo desde los orígenes mismos de la ciencia moderna, el progreso científico no puede considerarse más que como un preciado regalo para la filosofía.
*Antonio Diéguez Lucena es académico de número y catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Málaga.

Enhorabuena por tu artículo, Antonio. Me ha gustado mucho cómo está planteado, el recorrido que haces y la afirmación del título. Estoy completamente de acuerdo con lo que dices. Es más, creo que la filosofía (como la lingüística, las artes, etc.) son más necesarias ahora que nunca.