Vie. Sep 18th, 2026

Lección magistral impartida el 28 de noviembre de 2024 en un acto conmemorativo del 50 aniversario de la Facultad de Ciencias y de su patrón San Alberto Magno

Antonio Heredia Bayona

Academia Malagueña de Ciencias

Dedicado a los estudiantes de la Facultad de Ciencias, sin duda nuestra mejor promesa de futuro para los próximos 50 años.

Hoy, esta mañana, me siento especialmente honrado y feliz de poder compartir con todos ustedes unas reflexiones en un tiempo en que se cumple el cincuenta aniversario de la Facultad de Ciencias a la vez que, un año más, celebramos nuestra fiesta en honor de San Alberto Magno. Lo haré desde la perspectiva de un profesor e investigador que hace de dicha efeméride su personal aniversario después de cuarenta y cinco años de dedicación docente e investigadora en esta Facultad a los que sumo mis cinco años de estudios de licenciatura en Ciencias Químicas en la misma. Años en los que he vivido la transformación de la universidad española a la vez que los cambios sociopolíticos de nuestro mundo reciente.

La mayoría de los idiomas tienen un vocablo muy parecido, de raíz etimológica latina, para indicar aniversario: la palabra jubilare. Pero como ocurre con determinados quiebros lingüísticos para los latinos dicha palabra significaba “alegrarse”, “alborozarse”. Es pues momento, también, para congratularnos como estoy seguro más tarde enfatizarán nuestro Decano y nuestro Rector.

Según nuestra actual Ley Orgánica de Universidades las tareas de los profesores universitarios comprenden labores docentes, investigadoras, de gestión y de extensión cultural. Estas tareas están íntimamente relacionadas y resultan inseparables, en especial la investigación y la docencia. Pero es un hecho que, en muchos casos, existe una tensión y desequilibrio evidentes entre estas dos facetas. Desequilibrio decantado, sin duda, a favor de la labor investigadora. De hecho, hablamos en términos institucionales en las programaciones docentes y en nuestras facultades y escuelas técnicas de «carga» docente y nunca de carga investigadora. Incluso resulta llamativo comprobar cómo las nuevas y más jóvenes incorporaciones a nuestra universidad participan en encuentros y foros donde se describe y valora su potencial actividad investigadora sin mención alguna al compromiso que han contraído como profesores y docentes al incorporarse y pertenecer a cualquier departamento universitario. Hablamos entre compañeros y compañeras de nuestros proyectos de investigación, de nuestras publicaciones, pero raramente de nuestras clases y programas docentes. La docencia parece ser transparente y pasa de puntillas casi siempre; no parece ser tema importante. Un amplio número de profesores justificaría este desajuste entre la buena práctica docente y la investigadora por una supuesta mayor gratificación intelectual de la investigación. Esto, en cualquier caso, supondría una pésima justificación. No existe, por otro lado, en los estudios que abordan la relación entre docencia e investigación una clara correlación entre excelencia en investigación y excelencia en docencia. Por supuesto que hay un buen número de excepciones, pero es difícil conseguir el deseable equilibrio y convivencia entre ambas labores. Es suficientemente conocido cómo se evalúa la actividad investigadora, estemos o no de acuerdo con los parámetros en los que se basa, pero en el caso de la actividad docente, sin duda de no menor dificultad evaluadora, causa cierto sonrojo cómo ésta se reduce en la mayoría de las universidades públicas españolas a una rancia, genérica y voluntaria encuesta (por cierto, prácticamente la misma que hace cuarenta años mi querido compañero y amigo el Prof. Alonso Carrión y yo mismo encontramos en no recuerdo qué texto americano y que de una forma muy bisoña introdujimos por aquel entonces en nuestros cursos). Esa encuesta dirigida a los estudiantes que en opinión de especialistas posee un dudoso valor científico, se aplica, (y es esta una de sus limitaciones), con independencia de las características y peculiaridades de la titulación que cursan. De todos modos ambas evaluaciones, docente e investigadora carecen en mi opinión de algo muy importante: del factor discursivo y presencial del sujeto evaluado lo que les confiere una fría parcialidad y un discreto rigor.

Estoy seguro de que muchos pensamos que no hay que demostrarle a nadie de antemano cuál es su deber como profesor. Pero si se le puede exigir, nos debemos exigir, que tengamos la probidad intelectual necesaria para intentar desarrollar el reto de constatar los hechos, de determinar y analizar la estructura interna de los fenómenos inherentes a nuestra disciplina de tal modo que resulten comprensibles para una mente no educada, pero capaz, y que esta llegue, y esto será lo único decisivo e importante, a tener sobre ellos ideas propias.

A pesar de lo indicado anteriormente, cuando reflexionamos acerca de la potencial tensión entre investigación y docencia encontramos más analogías que diferencias. Hacer buena ciencia y buena docencia necesita de tiempo, de una buena dosis de trabajo personal y disciplina, de aprender a corregir errores para establecer criterios personales. Quizás necesitan también de una velocidad distinta que excluya las prisas para su justo desarrollo, una velocidad más acorde con la naturaleza humana que la que tenemos y sufrimos en estos tiempos. Necesitan ambas tareas de una búsqueda personal constante, de un pathos creativo. Estoy totalmente convencido de que la praxis investigadora rutinaria, del día a día, es también una magnífica oportunidad de enseñar, de hacer e impartir docencia. Como afirmaba Ortega y Gasset, la ciencia es creación, y la acción pedagógica se propone enseñar esa creación, transmitirla, inyectarla y digerirla. También docencia e investigación requieren de la generosidad de la que nos habla San Agustín en sus Confesiones; del latín generare: dar a luz. Y, al igual que hay muchas formas de hacer ciencia, hay también muchos modos de enseñarla y transmitirla: con elegancia, con prepotencia, con avaricia, con ansiedad, con humildad, con cierta dosis de espiritualidad. Admiramos y nos congratulamos con frecuencia y con justa equidad por los logros de compañeros en su devenir investigador, pero tenemos también que aprender a reconocer, a tener como referentes a compañeros y compañeras por su silencioso e inquebrantable compromiso docente para con su universidad curso tras curso, en los malos y los buenos tiempos. Personalmente confieso que tengo siempre presentes a docentes e investigadores concretos, muy pocos, algunos de ellos están esta mañana en este salón de grados, cuyo ejemplo supone para mi trabajo diario un incentivo extra que admiro, valoro y agradezco profundamente. Sin ellos, se lo aseguro, no estaría esta mañana hablando sobre este tema. Son personas que evitan los perversos y empalagosos círculos de egos que tanto proliferan en estos tiempos y que muestran y demuestran cada día con su ejemplaridad silente, sin hacer ruido, que la verdadera calidad huye de la cantidad, de la sobreactuación y de lo uniforme.

No dudemos entonces de que, en última instancia, nuestras prácticas docente y científica son un fiel reflejo de nuestra lectura personal del mundo que nos rodea. Una lectura cambiante, autopoietica, que se autocorrige, se adapta, crece, se diversifica, aprende de sus errores y permanece viva a lo largo de nuestros años de vida académica. Y no nos olvidemos de que, usando como metáfora la interpretación de una obra musical, el desarrollo del contenido de una clase al igual que la lenta, o a veces luminosa y rápida, gestación de una hipótesis científica es, esencial y necesariamente, un acto singular, único e irrepetible. Definitivamente, defendámoslo siempre, docencia al igual que investigación son procesos creativos de primera magnitud. Como debería ser también el buen ejercicio de la divulgación y comunicación científica, a menudo sin control ni evaluación alguna, pero esto es otro tema.

La tarea docente, tanto en nuestras clases como en nuestros laboratorios, ha sido objeto de muchos ensayos y estudios. El verbo transitivo que la define es uno de los más hermosos de cualquier idioma: enseñar. Entre lo que he leído sobre este tema me quedo con la definición del sociólogo Víctor Pérez Díaz para quien enseñar supone una transformación cognitiva, moral y emocional de los sujetos docentes y discentes que se implican en la tarea de entender juntos un material de lectura y/o observación. Estoy totalmente convencido de que esta praxis conmutativa es capaz de generar también una enseñanza de los valores intrínsecos de cada área de conocimiento, de cada materia y en cada asignatura. Valores como aprender a percibir, no es nada fácil, el rigor intelectual; valores como el respeto a los antecedentes y el desarrollo histórico de cada disciplina, el valor de la crítica y del buen trabajo en equipo, la especial capacidad predictiva (el aprender a conjugar los tiempos futuros) de las disciplinas científicas y también el gran valor que supone siempre la pregunta certera y lúcida frente a la provisionalidad de la respuesta. Ahondar e incorporar en estas acciones un discurso basado además en códigos éticos de comportamiento de los estudiantes, los docentes y los investigadores es algo que la universidad de nuestros días no puede ni debe olvidar. Denunciar y atajar de forma efectiva la manipulación perversa, el fraude académico, el acoso implícito en la jerarquía piramidal de las aulas y laboratorios que, aun siendo hechos afortunadamente muy puntuales, tienen lugar, es tarea de todos y todas. Además, y como personalmente he tratado de poner de manifiesto en otros artículos y reflexiones, se generaría también el valor y potencial de la interdisciplinaridad para conseguir entre nuestras facultades y escuelas técnicas, paso a paso, una fértil y lamentablemente aún muy escasa transversalidad del conocimiento. Enseñar en este sentido, como diría el desaparecido Jorge Wagensberg, consistiría también en enseñar a gozar, a sentir alegría, a disfrutar en un sentido spinozista del sinuoso camino hacia la comprensión del complejo mundo que nos rodea. Tarea esta última muy difícil, llena de los obstáculos que nos impone la multiversidad actual en lugar de la verdadera y original universidad. Enseñar en esa vía contribuiría a formar irreversiblemente en estos tiempos distópicos que nos invaden a unos estudiantes, futuros graduados, doctores y profesionales más creativos, innovadores, capaces de transcender los hechos y entrenados en una mirada más serena y holística, más rica, de la realidad de nuestro mundo.

Los docentes de nuestros días disponemos de un completo arsenal de técnicas y métodos que facilitan la actividad docente diaria. Hace cuatro años, atenazados por la pandemia vírica, demostramos la valía que puede suponer el uso de la metodología virtual híbrida o total en nuestras clases y en nuestra relación con nuestros investigadores cercanos. Algunas prácticas de estos últimos años con dichas metodologías llegaron para quedarse y ser mejoradas en el futuro pero estoy seguro de que muchos de nosotros sentimos en aquellos días a través de un ordenador una gran frustración e impotencia. Una especie de nostalgia, mal disimulada a veces, del tremendo e inconfundible potencial y valor de la clase presencial, la clase de siempre, y el valor de la reunión o seminario de trabajo del equipo investigador. Personalmente, uno de los momentos más duros de mi larga experiencia docente fue comprobar cuando volvimos a las clases presenciales que no reconocía el primer día de clase a ninguno de mis estudiantes cuando el curso anterior les había impartido en otra asignatura casi tres meses de docencia a través de la fría pantalla del ordenador. Faltaron en esos largos días, con la palabra siempre como protagonista, completarla con la mirada, los gestos y los silencios para hacer del aula la presencia habitada por la comunicación, la interacción y el dialogo. Diálogos la mayoría de las veces con nosotros mismos cuando comprobamos esos momentos especiales en que sabemos que estamos llegando a las mentes y expectativas de los estudiantes o cuando sentimos habernos equivocado en el enfoque de algún áspero concepto o también cuando la lúcida observación de algún estudiante te hará modificar el planteamiento de un determinado concepto en el futuro.  A veces, son momentos singulares casi mágicos, el aula parece vibrar de algún modo y todo ocurre como si allí estuviera sentado el alumno o alumna que fuimos. Quizás ahí esté la base y el secreto de una buena docencia: intentar enseñar al joven que fuimos. En relación a esto leí hace tiempo unas palabras del catedrático de la Universidad de Barcelona, Josep Llovet: un docente empieza enseñando más de lo que sabe, llega un momento en que enseña justo lo que sabe y termina enseñando lo que sus estudiantes pueden aprender.

Todo lo anterior ocurre en el Aula de la que hay que recordar su noble etimología: espacio cerrado donde se llevan a cabo ceremonias sagradas. Hay, sin duda, una fuerza tremenda en la oralidad e intercambio de ideas moviéndose en un aula, escribiendo acompasadamente en la pizarra de siempre (¡qué poco se usa hoy día!) y mirando una y otra vez a los ojos, escudriñando en los gestos la recepción del mensaje, del contenido. Son, en cualquier caso, las misteriosas reglas no escritas que la palabra transmitir nos impone a la vez que nos regala. He aludido antes a tiempos ásperos recientes que hemos vivido que son para todos ahora recuerdos; pensemos también en momentos felices, luminosos que también hemos vivido, pero como alguien (el poeta Rilke) dejó escrito nunca olvidemos que: “Los recuerdos, en sí mismos, no son importantes. Sólo lo son cuando se transforman en nuestra propia sangre, en mirada y gesto, cuando ya no tienen nombre y cuando ya no se pueden distinguir de nosotros mismos.

Comenté antes algún detalle personal de la áspera experiencia de los tiempos de pandemia. Me permito y me atrevo a contar y compartir con todos ustedes un detalle personal más feliz y luminoso: aún recuerdo con especial satisfacción una clase impartida hace ya un buen montón de años a estudiantes de tercero de la licenciatura de Química a los que les leí el soneto de Jorge Luis Borges titulado El alquimista…Les aseguro que ese día marcó un antes y un después en mi carrera. La luz de aquel recuerdo personal, aquí y ahora, es tiempo, tiempo pasado que se piensa, que he meditado, pienso y pensaré una y otra vez como nos dice un bello verso de Octavio Paz.

Todo lo anterior comentado no es nada novedoso; nos viene de antiguo y es sencillamente el fruto de nuestra herencia y evolución cultural. Incluso antes de la escritura la palabra hablada en directo, delante de los discípulos, era parte integrante de la enseñanza. El maestro, como dice George Steiner, hablaba al discípulo o discípula que le responde todavía no he entendido, pero llegaré a entender. Como también nos dejó escrito que una universidad que se precie, una universidad digna es sencillamente aquella que proporciona el contacto personal del estudiante con el aura y la amenaza de lo sobresaliente. Ocasión y oportunidad esta para elogiar la ejemplaridad, concepto donde podría radicar la verdadera excelencia. No lo dudemos. Quizás, me gusta pensar esto teniendo presente el aniversario de nuestra querida Faculta, quizás la historia real de esta institución, de esta nuestra casa no es sino la suma de pequeñas historias, de historias de un puñado de ejemplaridades. Trayectorias ejemplares de académicos y de personal de administración y servicios. Trayectorias desconocidas, también, de promociones y promociones de estudiantes quienes han vivido y a veces padecido los lógicos claro-oscuros, las luces y sombras de toda historia humana.

Acercarse a lo anteriormente comentado es, en última instancia, cuestión de proximidad, de ver y de escuchar alejados de la sobrevalorada virtualidad, de aceptar una fuente de valores a los que deberíamos referirnos cuando nos atrevamos a pronunciar la palabra excelencia. Referentes que nos ayudan y acompañan con su insobornable ejemplo a recorrer el siempre indefinible y borroso camino de la incertidumbre, ese espacio oscuro por el que también hay que aprender a caminar este ideal del conocimiento vivo, y por tanto cambiante, es también un ideal de oralidad, de alocución y respuesta cara a cara. Lo contrario era, para los maestros clásicos, algo cercano a una falsificación y traición. Debería seguir siéndolo para nosotros.

Cada lección, cada clase o disertación, cada exposición de ideas que se lleva a cabo en el aula o ante unos colegas en un seminario o en un congreso debe ser, ante todo, como dejó también escrito Steiner una lección de libertad. Como escribió Julián Marías: “La Universidad es algo sinónimo de libertad. Libertad de pensar, libertad de contagiar y libertad, finalmente, de ser contagiados…”. Sí, contagiados. Ya la filosofía de Spinoza nos habla sobre el conatus, de la potencia de la libertad humana cuyo sentido descansa en un equilibrio ecuánime entre razón y emoción. En esa dirección, la educación, la enseñanza, el compartir nuevos modelos que nos han ayudado y ayudan a entender y comprender el mundo ha sido, es y será siempre uno de los logros más generosos y cooperativos de la humanidad. Su racionalidad comunicativa se basa en su discurso y en su disponibilidad para aprender. Y su fuerza directriz, como decimos los químicos, es, debe ser, clara: llenar esos discursos de emoción y la emoción de la complejidad que supone, parafraseando a Alfred Whitehead, el pasaje creativo de la naturaleza.

Me temo que, a la postre, esta reflexión, en una época de pleno auge de la información veloz e instantánea la mayoría de las veces, como indiqué al comienzo, en desacuerdo con la verdadera velocidad intrínseca de nuestra naturaleza humana, no tendrá nada de moderna ni de futurista, pero cualquier docente e investigador de hace decenas de años, en otros escenarios bien distintos, la hubiese podido firmar. Sin embargo, son reflexiones formuladas aquí y ahora, a pesar de todo en estos tiempos ásperos e inciertos que vivimos, pero que tienen que ser, querido Rector y querido Decano, tiempos de esperanza, de esperanzas individual y colectiva, tiempos para trabajar por algo que sea sencillamente bueno y no porque tenga éxito garantizado y sea socialmente sobrevalorado y pueda figurar en los primeros puestos de esos fríos y engañosos rankings. Y que sea, además, una esperanza que sirva de guía y referencia transformadora para la creación y transferencia del conocimiento para que ayude a generaciones futuras a aprender, entender y comprender la tremenda y siempre fascinante complejidad de nuestro mundo. Pensemos, en palabras del reciente libro del filósofo Byung Han que toma como suyas las de Vacláv Havel para quien “la esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido independientemente de cómo salga”. Esperanza trascendente como movimiento y motor de búsqueda. Búsqueda de procesos y cambios en lugar de rígidas y sobreactuadas identidades… Esperanzas para crear verdaderos compromisos. Esperanza como “pasión” por lo posible. Está en nuestras manos.

Pienso para terminar que, en última instancia, la profesión docente e investigadora supone una lucha constante contra el olvido potenciando clase tras clase, experimento tras experimento, seminario tras seminario, una especial y constante libido sciendi, un deseo de conocimiento y un ansia de comprender.  Desear el saber por el saber, saber para enseñar y saber para descubrir cómo nos dejó escrito San Alberto Magno. No hay oficio más privilegiado. Intentemos día a día, curso tras curso ser dignos herederos del mismo y darle siempre el respeto y dignidad que merece.

Las argumentaciones deben terminar con poesía, sin duda la más fértil de las creatividades humanas con posibilidad trascendente. De un maestro de la poesía desaparecido ya hace años, el poeta Claudio Rodríguez:

Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.

Su título, el título es “Alto jornal”.

Muchas gracias por vuestra atención.

*Antonio Heredia Bayona es catedrático de la UMA, investigador del IHSM-CSIC-UMA y miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias.

Imagen de cabecera: «Esperanza», de George Frederick Watts.

4 comentario en “DOCENCIA E INVESTIGACIÓN: UNA REFLEXIÓN”
  1. Me encanta la docencia ver como aprende y evoluciona el alumnado. Enhorabuena un buen docente no se olvida.

  2. Gracias profesor, de tu discurso, cada frase, cada párrafo da para una reflexión profunda. La enseñanza es más fundamental que la investigación, aunque no lo sea en el sistema universitario actual. Sin aprender de un buen maestro nadie podrá tener los mimbres necesarios para iniciarse en la investigación. Enhorabuena

  3. Me ha gustado mucho el artículo, esa defensa y loa a la docencia me parece muy importante hoy en día en nuestra Universidad, en la que parece valorarse más la investigación frente a la docencia, que es la función primordial de la Universidad. La investigación y las publicaciones son otras actividades que completan la formación de los docentes y amplían sus conocimientos, lo cual debe redundar en su calidad docente.

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