Vie. Sep 18th, 2026

Francisco Cabrera Pablos

Academia Malagueña de Ciencias

El 31 de agosto de 1724 moría en Madrid el hijo de Felipe V, Luis I de Borbón, en lo que ha sido el reinado más efímero de nuestra monarquía: acaban de cumplirse los trescientos años. Los constantes episodios de “melancolía” que padecía el rey Felipe aconsejaron su retirada a la Granja de San Ildefonso, junto a la reina Isabel de Farnesio, dejando el gobierno de las Españas a su hijo Luis de tan solo 17 años.

R. Cédula  con el nombramiento de Luis I.
Archivo Municipal de Málaga, Capitulares.

La noticia entró en el cabildo malacitano el 7 de febrero: “El Rey: Concejo, Justicia, Regidores, Caballeros, Jurados, Escuderos, Oficiales y hombres buenos de la Ciudad de Málaga. Habiendo el Rey mi Señor y Padre tomado la resolución de apartarse absolutamente del gobierno y manejo de esta Monarquía, renunciándola en mí como su hijo primogénito y Príncipe de España … que he aceptado yo en San Lorenzo el Real, en 15 del mismo. He querido participaros esta resolución para que se levantasen en esa Ciudad los pendones en mi real nombre. De Madrid a 28 de enero de 1724. Yo el Rey”. El Ayuntamiento acordó celebrar “función tan seria, gustosa y plausible con el mayor lucimiento”.

Todo ello en una Málaga en la que acababan de retomarse las obras de la S.I. Catedral, paralizadas desde hacía tiempo, bajo la dirección del maestro José de Bada. La construcción de más envergadura y junto a la primera de nuestras iglesias era entonces el puerto malagueño. Felipe V mandaba a Jorge P. Verbóm hacer unas instalaciones capaces y seguras, proponiendo el ingeniero continuar el muelle de levante hasta alcanzar a la actual Farola. Pronto empezaron unas obras que se prolongaron casi dos siglos.

Proyecto de Jorge P. Verboom (1722). Service Historique de  la Défense. Château de Vicennes. París.

El abastecimiento de agua era otro de los problemas de Málaga en 1724, en la cual durante el estío los ciudadanos bebían de pozos salobres. El Ayuntamiento, el 3 de enero, ordenó pagar al ingeniero Juan de la Ferriere por “el plan del río Guadalhorce desde la villa de Álora a esta ciudad, y todo el llano de su vega para la conducción de su agua”. Era este el proyecto de la Fuente del Rey, en el que tantos caudales se gastaron sin ningún resultado. Un problema el del suministro de agua potable que no se resolvería hasta la construcción del acueducto del obispo Molina Lario a partir de 1782.

En la Málaga de entonces, encorsetada por el cinturón amurallado, escaseaban las viviendas debido al aumento de población. Así, hasta que el Ayuntamiento permitió a los particulares construir al otro lado de los muros que la rodeaban con la obligación de cubrir el foso nazarí: nacían las calles Carretería y Álamos, “desde la Puerta Nueva hasta la de Granada” en las que, en 1724, bajo el nuevo y efímero rey Luis, ya se levantaban las primeras casas según vemos en aquella cartografía. 

El Guadalmedina por su parte continuaba siendo uno de los grandes problemas que no parecía tener solución. Un torrente poco cuidado hasta el extremo de que el Ayuntamiento denunciaba que los escombros de la Catedral se estaban echando en su álveo, lo cual constituía un serio peligro por las inundaciones y el aterramiento de los muelles. Y en el cabildo que tuvo lugar en el mes de julio de 1723, fueron los PP. Carmelitas los que se quejaban de que el espigón iniciado en la desembocadura del río para alejar del puerto sus sedimentos podría dirigir las futuras avenidas a su propio convento. Un espigón, por cierto, que a pesar de las quejas siguió prolongándose, dando lugar a la entonces llamada Alameda de los Tristes (porque la paseaban solo los viudos), hoy Alameda de Colón.

Los medios eran siempre escasos. Así, a poco de subir al trono Luis I, los médicos y cirujanos malagueños de la “visita de navíos” -que revisaban las patentes de sanidad a los barcos, para evitar las temidas epidemias-, llevaban meses sin cobrar elevando el “lógico lamento”. Eran ellos los que autorizaban la “plática comercial”, sin la cual los buques no podían cargar ni descargar. La situación empezó a resolverse en el mes de junio de aquel 1724 con el nombramiento del mariscal de Campo Jerónimo de Solís y Gante como gobernador de Málaga.

Plano de Málaga y su puerto (1729). Archivo General Militar de Madrid.

Una ciudad que a estos problemas unía la falta de defensas ante los frecuentes “avistamientos” de armadas angloholandesas. Todo ello, con el peligro de una cercana Gibraltar, británica desde hacía poco, y frente a “tierras de Berbería” plagada de corsos y piratas, tal y como entonces denunciaba Félix Moreno: un coronel, autor de un expediente que sobre el particular había entregado “en propia mano” al rey en El Escorial.

Y calles que seguían sin alcantarillado. Y regimientos que llegaban alojándose en conventos ante la falta de cuarteles. Y charranes de playa cobrando “el barato” a los pobres pescadores. Y las pestes. Y las lluvias. Y las inundaciones. Y las sequías.

Años difíciles en los que la súbita muerte de Luis I en aquel 1724 por la temida viruela obligó a Felipe V a volver al trono ocho meses después de abandonarlo: “El jueves treinta y uno de agosto, entre las dos y las tres de la mañana, fue servido Dios pasar a mejor vida al Rey D. Luis, mi muy caro y muy amado hijo. La pérdida que con su muerte se me sigue y a estos Reinos (de cuyo dominio me he visto precisado a volverme a encargar) me deja con el justo dolor y sentimiento que podéis considerar. De San Ildefonso, a 17 de septiembre de 1724. Yo, el Rey”.

Un rey Felipe, apodado “El Animoso”, que padecía de “melancolía”, síndrome de Cotard y trastorno bipolar, según historiadores como Henry Kamen o Alonso Fernández. Además de extravagantes “caprichos”, como el de hacer de la noche día y del día noche: de día se silenciaba palacio y de noche se encendía, recibiendo a ministros, embajadores y despachando los asuntos de Estado: “Cosas tenedes, que farán fablar a las piedras”, que decía Mío Cid, pero esa es otra delirante historia.

*Francisco Cabrera Pablos es Dr. en Historia y Académico de Número de la Academia Malagueña de Ciencias, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y correspondiente de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera.

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