Academia Malagueña de Ciencias
Durante el pasado mes de febrero hemos vivido, no sé si con sorpresa para la mayoría de la población, la rebelión de los agricultores y ganaderos. Aunque en realidad la situación no es nueva, pues viene en gran medida desde hace mucho tiempo, hay tres factores que si han llegado a ser relativamente nuevos: (1) la catastrófica sequía, (2) las importaciones masivas de productos que se podrían producir aquí -con precios más altos por supuesto-, y (3) los criterios restrictivos de producción relacionados con la sostenibilidad, maltrato animal, etc.
Es fácil ver que hay intereses contrapuestos que dificultan la búsqueda de soluciones que satisfagan a los agricultores y ganaderos, que tengan resultados inmediatos. Si, por ejemplo -en una solución utópica-, decidiéramos prohibir las importaciones de productos agrarios que se pudieran producir en España, inmediatamente subirían los precios. Es verdad que nuestra agricultura, especialmente en la segunda mitad del pasado siglo, dio un salto de gigante, a base de mejoras en las técnicas de cultivo (mecanización, abonos, regadíos, etc.), pero nuestras condiciones “naturales” de producción, en un clima con largos períodos secos, no son las más propicias para una agricultura competitiva. En realidad, solo podemos competir en productos de huerta en la zona mediterránea, siempre que contemos con agua para regar. Pero, por ejemplo, otra vez, según informaciones recientes, la superficie dedicada a tomates en España ha disminuido en unas 6000 ha, hortaliza que también se está cultivando en Marruecos. Lo cual es otro factor a tener en cuenta, favorecer la economía de países del tercer mundo para establecer con ellos intercambios comerciales y contribuir a su desarrollo.
No conozco soluciones fáciles. Pero podría enumerar algunos principios básicos que, en mi opinión, deberían ser tenidos en cuenta. (1) El campo debería ser mantenido por personas que trabajen en él y produzcan alimentos y materias primas. No parece lógico que sea solo un lugar de paseo. (2) Que la gente que lo trabaje pueda vivir con dignidad, de manera parecida a los que habitan en las ciudades. (3) Es importante que el país mantenga lo que podría llamarse una soberanía agroalimentaria, esto es producir sus propios alimentos, al menos en un cierto porcentaje. Creo que eso sería cubrir una necesidad estratégica frente a convulsiones geopolíticas. (4) Los compromisos impuestos en función de la sostenibilidad, necesarios si pensamos en nuestros nietos y biznietos, si afectaran a la productividad y por tanto a los ingresos reales de los agricultores y ganaderos, deberían ser valorados en cuanto a perjuicios actuales (¿quién los pagaría?) y beneficios futuros.
Todo esto parece un galimatías indescifrable cuando se buscan salidas, pero me parece que cualquier solución debería pasar porque los habitantes urbanos, como yo mismo, estuviéramos dispuestos a pagar más (en forma de impuestos o precios más altos) para conservar un campo digno y fiable. La gran cuestión es entonces si desde las ciudades nos creemos realmente estos principios y estaríamos dispuestos a pagar lo que valen.

Una propuesta concreta. Después de hablar de la dificultad de encontrar soluciones concretas, me tienta la posibilidad de proponer algo que, si bien no aportaría soluciones inmediatas, podría ayudar a enfocar el problema. Entiendo que cuando se habla de los problemas del campo, seguro que reales, ni afectan al 100 % de las explotaciones, ni en la misma medida a todo tipo de explotaciones. No es lo mismo un olivar de secano antiguo en una ladera empinada y con pocas hectáreas que otro en un terreno llano, moderno, y quizás con agua (aunque hoy día es posible que no la tenga). Ni es lo mismo un cereal de secano, que otro de regadío.
En los primeros años de mi carrera profesional tuve la suerte de participar en estudios comarcales en la provincia de Málaga, y en los que, en relación con el sector agrario, hicimos estudios económicos de explotaciones tipo, cereal y olivar fundamentalmente, definiendo los costes de producción, y, lo que es más importante, el tamaño mínimo de las explotaciones para permitir unos ingresos razonables. Porque uno de los problemas del campo en aquella época -finales de los sesenta-, era el pequeño tamaño de las explotaciones. No dispongo actualmente de datos, y supongo que la fuerza de las cosas, a lo largo de medio siglo, habrá mejorado ese problema.
¿Sería posible plantear a nivel nacional una encuesta de explotaciones tipo, por comarcas y sectores productivos, con pequeñas, medianas y grandes explotaciones, en las que quizás podrían participar los colegios profesionales (agrónomos, ingenieros técnicos, veterinarios, forestales, etc.)? Esta encuesta debería poder determinar los costes de producción en cada caso, y el abanico de producciones. Un año para prepararla, otro para la toma de datos, y otro para la elaboración. En tres años tendríamos una radiografía exacta del sector agroalimentario en España, y una base para decidir cuanto nos costaría mantener nuestro campo en condiciones dignas y competitivas.
Leandro Olalla Mercadé es académico de número y Dr. Ingeniero Agrónomo.

Mis felicitaciones por tu artículo, Leandro. Desde mi punto de vista, la soberanía agraria es fundamental, tener bancos de semillas, como el Banco Mundial de Semillas de Svalbard en Noruega, apoyado por la Fundación Gates, y todo aquello que permita que, en situaciones de crisis, esperadas o inesperadas, podamos sobrevivir gracias a algo fundamental: la agricultura. El tema del arraigo que tratas, también me parece prioritario en estos tiempos que corren en los que parece que la realidad es más virtual que real y se olvida / nos olvidamos de que somos seres humanos. Muchas gracias por escribirlo y permitirnos reflexionar al respecto.
Clarificador artículo amigo Leandro de un asunto que a todos nos afecta y razonables propuestas. Enhorabuena.
COMENTARIO DE JOSÉ BECERRA RATIA
Enhorabuena Leandro por tus acertadas reflexiones sobre una situación tan compleja como mal entendida/tratada. Como dices, no son pocos los problemas que subyacen en este movimiento del campo que tanto sorprende en la ciudad, pero que sin embargo despierta simpatía. El concepto de «soberanía agropecuaria» se oye como algo necesario, aunque no sé si posible. El otro día se lo oía a los políticos de Bildu en la campaña vasca, cuando se ponen el traje «verde», y no estoy seguro si sabían bien lo que decían o se trataba de una «extensión» de la soberanía política que ellos tanto gustan. El problema que veo es que hablar hoy día de soberanía agropecuaria es ignorar la globalización que, para todo lo demás, abrazamos sin rubor. Si Marruecos, a dos horas de camino (lo mismo que desde Almería, o Huelva, a Málaga), produce frutas y hortalizas que compiten ventajosamente con las que producimos en el sur de España, o Senegal produce sandías que podemos comer en Europa en el mes de enero, a precios que esta parte del Mediterráneo, y toda la UE, puede paga, cómo impedir que eso ocurra. Otra cosa son las condiciones de seguridad en las que se producen esos productos allí y las condiciones sociales que se dan en esos países. Esto es otra cuestión que deberá tener su tratamiento. Cómo aunar todos los factores, intereses, necesidades… No es fácil tratar los asuntos agropecuarios como un «asunto estratégico», como se trata de hacer con los chips para la modernas tecnologías. En el primer caso no lo veo fácil, pero en el segundo sí se puede conseguir, si la geopolítica se lo propone. En principio, a nosotros no debiera importarnos que las fresas que comamos se hayan criado en Huelva o en Marruecos, siempre que se nos aseguren las mismas condiciones de calidad y salubridad. A fin de cuentas, en Huelva, no se vivía de las fresas hace 40 años…! Tratar de arreglarlo todo con más regulación, más subvenciones… parecen herramientas de efecto cortoplacista y no una solución duradera, ni mucho menos, definitiva.
Lo dicho, es muy complejo y no existe barita mágica. Pero si la idea imperante es la libertad de empresa, de libre circulación de personas/bienes y respeto a las normas de las que nos dotamos, cómo usar otra medida cuando a lo que nos referimos es a «nuestro asunto»…
Autorizada síntesis de los problemas estructurales del sector primario del Estado Español, nunca identificado con el primero de los sectores, sin considerar que es la referencia basilar para la coherencia de la malla organizativa social e institucional. Recuerdo, desde otra referencia de formación universitaria, los desaparecidos Instituto de Orientación y Asistencia Técnica, dependientes del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que aportaron alternativas a agricultores y Ganaderos y elaboraron estudios comarcales sobre las explotaciones agrarias. En estos momentos transferidos a las Comunidades Autónomas, muy distantes de la atención a la racionalidad de las unidades de producción, sin reparar, ni el factor estratégico de la producción agraria ni en las personas afectas al ámbito rural, pero muy atentas a los Fondos UE y a las directrices que articulan determinaciones y subvenciones contra las que ha reaccionado el sector. Silente desde la radical sustitución de las Leyes autonómicas de Reforma Agraria del inicio de los años ochenta, por la Política Agraria Común. aceptada en 1986, de modo incondicionado, por España como nuevo miembro de la hoy UE
Coincido plenamente contigo en que para resolver un problema correctamente es fundamental saber las diversas variables que intervienen en su solución y para ello, la realización de esas encuestas que nos clasifiquen las explotaciones en función de sus costes, tipo de productos y su productividad.
Pero especialmente en el hecho de que la llamada sociedad urbanita ha de ser consciente del esfuerzo que la sociedad rural hace en conservar ese escenario natural, tanto cultivado como no, tanto productor cuantitativo como productor cualitativo.Escenario que esperan esté conservado y cuidado, tanto como proveedor de sus estrategias de alimentación como para sus escapadas de ocio. La solidaridad de la una con la otra se ha de apoyar en la aceptación de ese esfuerzo que propicie un entendimiento de las medidas que quien tiene capacidad y obligacion de tomarlas, las adopte en busca de la justa compensación, sin la cual la brecha entre ambas será cada vez mayor.
Enhorabuena, Leandro!