Federico J. C-Soriguer Escofet*
Academia Malagueña de Ciencias
En los años veinte del pasado siglo Marañón publicó un librito (“Gordos y Flacos”) en el que mostraba su interés por las personas obesas, entre otros motivos, decía en el libro, porque había “muchas”. Marañón no había hecho ningún estudio epidemiológico y probablemente su opinión procedía de su experiencia clínica pues dado su prestigio muchas personas (obesas) de la alta burguesía iban a su consulta. Solo después se pondrían cifras a la tesis de que en las sociedades pobres (España lo era en esa época) los gordos son los ricos, mientras que, en las ricas, los gordos son los pobres. De hecho, hice la tesis doctoral en 1973 sobre los adipocitos, (las células grasas del tejido adiposo), y en ese momento la obesidad no era, ni por asomo, el problema socio sanitario actual. Desde entonces, año tras año, el número de personas obesas en España y en todo el mundo no ha dejado de aumentar, hasta convertirse la obesidad, en una verdadera pandemia y uno de los más importantes retos planetarios para la salud pública. En los años ochenta, los científicos creyeron que podrían descubrir las bases biológicas de la obesidad y encontrar un fármaco para su cura. Tuvieron detrás el apoyo sin reservas de la industria. A partir de los noventa, sin que la investigación biológica cesara, comenzaron a publicarse los primeros y sólidos estudios epidemiológicos que demostraban la asociación entre la prevalencia de obesidad y las condiciones sociales de las poblaciones estudiadas. La atención recayó, entonces, en lo que se llamó, impropiamente, estilos de vida. Fue el momento, también, del resurgir de lo que se ha llamado medicina evolutiva o darwiniana, un concepto ya identificado por el médico español Novoa Santos, medio siglo antes de que se publicaran los primeros textos anglosajones con este nombre. Al fin y al cabo, los estudios biológicos estaban fracasando en encontrar las causas o el tratamiento biomédico de la obesidad y eran necesarias otras aproximaciones. Desde esta nueva perspectiva la gran prevalencia de personas obesas no sería sino el resultado de un desajuste entre una biología (unos genes), seleccionados a lo largo de la filogenia humana y que apenas se habían modificado desde el (pre)neolítico y un medio ambiente y cultural que sí había sufrido un gran cambio, lentamente al principio, pero a una velocidad extraordinaria, a partir de las grandes transiciones culturales, sociales y alimentarias asociadas a la revolución industrial. Ha sido esta aproximación epidemiológica una verdadera revolución en el estudio y el conocimiento de la obesidad que, en las últimas décadas, además, se ha asociado con la primera ola de investigación biogenética, propiciando nuevos y cuantiosos conocimientos sobre las interacciones entre los genes y el medio ambiente. A pesar de todos estos empeños, a pesar del interés puesto por las agencias públicas de salud y de ciencia y por la industria farmacéutica, a pesar de todas las políticas de prevención primaria, de educación alimentaria, etc., la historia del tratamiento médico de la obesidad es la de un fracaso tras otro, como lo es, también, la de la prevención pues la prevalencia de obesidad mundial no deja de aumentar. No es sorprendente que sea así porque las condiciones sociales de una comunidad (educación, recursos, hábitos…), no surgen en el vacío sino dentro de un marco de referencia. Si los habitantes de la Palmilla tienen más probabilidades de ser obesos que los del Limonar (como se ha comprobado, por ejemplo, en el “Diagnóstico de Salud del Plan Municipal de Salud de Málaga), no es porque sean genéticamente diferentes, sino porque las grandes diferencias socioculturales entre ambos los llevan a tener hábitos, estilos de vida y riesgos diferentes para llegar a ser obesos. Una cuestión imposible de solucionar sin resolver antes estas diferencias socioeconómicas. La conclusión es bastante evidente. La solución de la pandemia de obesidad no vendrá (sólo ni principalmente) de los estudios científicos de base biológica ni de los tratamientos médicos. Lo sorprendente es que después de más de medio siglo de hacer lo mismo, de haberse demostrado hasta la saciedad que la historia de la prevención y del tratamiento médico de la obesidad es la historia de un fracaso, se siga golpeando el mismo clavo. Porque la solución al incremento imparable de la pandemia de obesidad solo puede venir de la mano de políticas que reduzcan la desigualdad social y reconstruyan las conflictivas y en este caso mórbidas contradicciones entre lo que es el confort y lo que es el bienestar. Lo sorprendente es que ni la mayoría de los médicos, que siguen obsesionados por considerar a todos los obesos como enfermos ni la industria empeñada en medicalizar a la cuarta parte de la humanidad parecen haberse enterado. Al fin y al cabo, los médicos no hemos hecho otra cosa en nuestra historia que intentar reparar los desperfectos del sistema, y así tiene que ser, pues cuando una persona llama a la puerta de una consulta el médico debe ayudar con lo que tiene a mano y no recibirle con discursos sociales, morales o políticos. Tampoco debe sorprendernos la reiteración de la industria cuyo principal objetivo es ganar dinero. Pero, ¿y los científicos? La función de la ciencia es hurgar en la naturaleza de las cosas intentando encontrar la mejor explicación. Y es aquí donde “con la Iglesia hemos topado”. Si la solución de la pandemia no puede venir de la biogenética ni de los cambios de los estilos de vida caso a caso, sino de reformas profundas en los modelos de organización social y de los modelos culturales de esta sociedad que se ha llamado con bastante imprudencia la sociedad de la abundancia, ¿deben los científicos permanecer encerrados en sus cuarteles de invierno, asumiendo que la función de la ciencia es solo estudiar los mecanismos y no las causas? Mientras médicos y científicos deshojan la margarita, otros han seguido adelante y desarrollado, el concepto de sindemia, un neologismo acuñado por Merrill Singer en la década de los 90 y posteriormente desarrollado ya en los comienzos del siglo XXI, creado con la unión de las palabras sinergia y epidemia. Una sindemia no sería, pues, sino una concentración de dos o más epidemias o brotes de enfermedades en una población que interaccionan con las circunstancias sociales, políticas y económicas durante un periodo y lugar determinado. Desde la perspectiva de las políticas públicas de salud una sindemia es un modelo que se diferencia de otros modelos previos sanitarios, socialmente neutros, que enfocan el tratamiento de las epidemias desde el punto de vista exclusivamente biomédico obviando los factores eco-sociales y políticos, o de los modelos más complejos como el basado en la teoría psicosocial (John Cassel), la teoría de los determinantes sociales de la salud (Lalonde) o la teoría eco-social (Nancy Krieger). Modelos y teorías en los que se proponen ya aproximaciones multiniveles (celular, individual, comunitario, poblacional) a través de métodos de investigación mixtos (cualitativos y cuantitativas) que intentan evitar caer en falacias ya sea biologicistas, ya reduccionistas, ya sean ecológicas. El concepto de sindemia aplicado a la pandemia de obesidad está permitiendo una nueva manera de explicarla y de entender las dificultades para su erradicación. Recientemente el 27 de enero de 2019, una publicación realizada por 40 expertos en la revista The Lancet acuñó el término de «sindemia global» para referirse a tres pandemias que afectan a la mayoría de las personas en todos los continentes, la obesidad, la malnutrición y el cambio climático. Las tres están estrechamente ligadas al modelo de sociedad y político imperante en cada lugar y en el caso del cambio climático, mundial. También, la reciente pandemia de COVID19 ha sido considerada como una sindemia global lo que ha llevado a considerar las desigualdades que crea el modelo capitalista actual y la desatención de los servicios públicos de salud, junto a la competencia democrática de los gobiernos, como factores claves tanto en la explicación como en la resolución de la pandemia. Desde estas nuevas coordenadas será muy difícil erradicar la pandemia de obesidad si no se atienden simultáneamente todos los demás componentes que la identifican como sindemia. Finalmente, la obesidad como sindemia global cuestiona la radical separación tradicional entre ciencia y política, entre ciencias duras y blandas, entre las aproximaciones biogénicas y sociogénicas, siendo un reto para los modelos epistemológicos estándar que sustentan la lógica científica. Una cuestión que tiene bastante que ver con el concepto de “Ciencia Abierta” (“Open Science”), sobre la que tal vez volvamos en otros momentos.
*Médico. Sección de Ciencias Sociales y Humanidades. Academia Malagueña de Ciencias

Magnífico análisis amigo Federico. Un recorrido casi histórico sobre un problema de tanta trascendencia en el campo sanitario y que, como bien dices, hasta que no se aborde de forma adecuada no tendrá una solución que desde luego nunca será fácil. Enhorabuena.
Era lógico que en los años 70 del siglo pasado, querido Federico, tus mayores decidieran encargarte una tesis doctoral sobre los adipocitos. Lo que macroscópicamente es un aumento de grasa (michelines), a nivel celular, los adipocitos, las células del tejido adiposo, son los que la acumulan y de dónde se moviliza esa grasa. Era lógico pensar, incluso hoy, que ahí está el secreto de engordar o adelgazar, y por tanto que en las diferencias genéticas entre individuos estaría la clave del secreto. Pero no, como describes, los adipocitos de los ricos de antes y los de los pobre de ahora (se entiende que hablamos de las sociedades desarrolladas, porque los pobres, pobres, de los países pobres, son siempre delgados) responden de la misma forma ante hábitos alimentarios parecidos. Por tanto, si el médico cuando recibe a un obeso en su consulta pudiese derivarlo a un programa de educación alimentaria y nutricional, en vez de recetarle algún «fármaco adelgazante», y ese programa estuviese convenientemente dotado y prestigiado, los pobres de hoy (de los países desarrollados) podrían dejar de ser gordos. Pero claro, para que ese obeso de, pongamos 30 años, entienda y acepte la inclusión en uno de esos programas, no solo se necesita que exista el programa sino que también ha sido necesario que su educación, la general y básica, haya sido apropiada y recibida convenientemente. Por tanto, no estamos ante un problema que puedan solucionar estrictamente las Ciencias Biomédicas, sino, más bien, las Ciencias Sociales, y la política!
Gracias Federico. Como siempre, estimulas nuestras mentes con tanta frecuencia que te debemos el reconocimiento de ser nuestra «pastilla antienvejecimiento». Enhorabuena!
Mi identificación con el contenido del artículo. Encuentro esta información sobre la industria farmacéutica que orienta inversiones en el control de la obesidad con efectos inducidos sobre obesos y sector alimentario y textil: Novo Nordisk y su fármaco para adelgazar obligan al sector alimentario a innovar (lainformacion.com)