Manuel Olmedo Checa
Academia Malagueña de Ciencias
En la tarde del lunes 2 de agosto de 1897, fecha de la que hace poco se han cumplido los 125 años, la Junta de Obras del Puerto daba por oficialmente concluida la construcción de los nuevos muelles de Málaga, cuyos inicios se remontaban al año 1875. Es en ese mismo año, apenas reinstaurada la monarquía en la persona del joven rey Alfonso XII y presidiendo Cánovas su primer gobierno, le presentó a la firma un real decreto mediante el cual se allanaron las dificultades que impedían iniciar los trámites para la construcción del citado Puerto.

Años después, cuando el 18 de febrero de 1884 llegó a ser por cuarta vez presidente del Consejo de Ministros, Cánovas ordenó suspender una disposición del gobierno anterior que obligaba a la Junta del Puerto a indemnizar con 2 millones de pesetas al contratista de las obras -porque no tenía derecho a percibirla- con lo que la construcción de tan importantísima infraestructura pudo ser terminada en 1897. Y, como complemento de ello, propuso la ley de 6 de septiembre de 1896 que autorizaba a la Junta del Puerto a ceder al Ayuntamiento los terrenos ganados al mar con la construcción de los muelles para establecer en ellos el Parque, impidiendo así que se convirtieran en solares edificables.
El 8 de agosto de 1897, seis días después de la recepción de las obras del nuevo Puerto, Cánovas fue asesinado cuando leía el periódico sentado en un banco del balneario guipuzcoano de Santa Águeda. La frase que mejor refleja lo que este insigne malagueño representó en la política española durante casi cuarenta años, y el respeto que mereció incluso de sus adversarios, se debe a su principal oponente, Sagasta, que al recibir la noticia del asesinato de Cánovas dijo: “ahora ya podemos tutearnos todos”.
Fueron muchos y muy importantes los amigos que tuvo en Málaga. Entre ellos Amalia Heredia, su esposo Jorge Loring y Manuel Rodríguez de Berlanga. Por ello, cuando se produjo la crisis económica de fines del XIX, Cánovas logró que el estado comprara la Lex flavia malacitana y con ella los otros cinco bronces romanos que fueron las joyas del Museo Loringiano de La Concepción. La Historia fue su vocación, y su primera actividad el Periodismo, que le llevó a la Política. Su bagaje intelectual fue muy notable, que comenzó con unos estudios jalonados de sobresalientes. Buena muestra de ello fue que con 17 años fundó un periódico: La Joven Málaga, cuyo primer número se publicó el día 6 de abril de 1845. No puede ahora olvidarse a José Robles Postigo, su amigo de juventud, cuyo biznieto Carlos Robles Piquer presidió la Fundación Cánovas hasta que por una errónea decisión fue suprimida.
Por cierto: Luciano González, también gran admirador de Cánovas, acaba de publicar los 14 primeros números de La Joven Málaga, que constituye un valioso documento para conocer sus pensamientos en aquella temprana época de su vida.
Algunos pocos dicen, entre ellos quien firma este trabajo, que Cánovas fue un estadista genial, el gran conciliador de la España contemporánea y un político excepcional. Y es cierto. Singular muestra de ello es que por patriotismo llegó a renunciar en cinco ocasiones al cargo de presidente del Consejo de Ministros para facilitar la gobernación del país. Era eso o una segunda república, que tras el estruendoso fracaso de la primera era algo que había que evitar a toda costa.
Cánovas fue el único malagueño que en la historia de España llegó a ocupar, aunque por breves días, la Jefatura del Estado, mientras el rey Alfonso XII llegaba a España tras la restauración de la monarquía. Tuvo una natural inclinación a las Bellas Artes, sobre todo a la escultura y la música. Por supuesto le apasionaron la investigación y el estudio: la Revolución del 68 le pilló entre los legajos de Simancas. Y llegó a ser miembro de cinco Reales Academias y presidente de algunas de ellas, y del Ateneo de Madrid en dos períodos. No es cierto que se olvidase nunca de su tierra, y por ello viene a cuento recordar un soneto que corrió por Málaga a principios del siglo XX y que Enrique Mapelli, que fue entrañable amigo de quien escribe estas líneas, se encargó de difundir. Decía así:
Cánovas, de su ingenio con la miel,
decía en todas partes muy formal,
que, aunque en Málaga vio la luz vital,
hizo siempre en su tierra mal papel.
Sólo dos tontos: Salamanca y él,
nacieron en la tierra de la sal,
por eso allí se les miraba mal,
y fueron expulsados del Perchel.
¡Pobre Málaga, pobre población…!
¡Cuánto pelafustán…cuanto rocín…!
Cánovas… Salamanca… ¡qué baldón!
Y en la lista de imbéciles sin fin,
condenado también a la expulsión,
faltaba un sólo nombre: Bergamín.
Pero a fuer de no ser injusto hay que recordar que en su tiempo Málaga dejó testimonio de su afecto y su reconocimiento hacia su persona cuando acordó colocar una lápida en la casa en la que nació el 8 de febrero de 1828 y cuando le nombró Hijo Predilecto el 6 de marzo de 1891. Sin embargo, a Cánovas le dolió que algunos opositores políticos o algunos compañeros de partido -que como suele ocurrir fueron sus auténticos y peores enemigos- aprovecharan para desacreditarlo que, al discutirse en el Congreso el artículo 1.º de la Constitución de 1876, se le ocurriese comentar que eran españoles … “los que no podían ser otra cosa…”. No se dieron cuenta de que se trataba de una socarrona muestra del fino humor que lo caracterizó. Menos mal que en la biografía que sobre él escribió Fernández Almagro en 1951, quedó explicada la malintencionada interpretación de lo que no fue más que un comentario jocoso sacado de contexto, como hoy suele decirse.

Cánovas nació en una Málaga poco culta. Cuando en 1887 escribió la biografía de su tío y maestro Serafín Estébanez Calderón, a la que puso el título de El Solitario y su tiempo, dejó escrito la razón por la que tuvo que abandonar Málaga siendo muy joven, igual que él tuvo que hacerlo: “porque en Málaga las únicas letras que entonces se cultivaban eran las letras de cambio”. Resulta doloroso para su memoria que Málaga no recuerde su enorme interés en conseguir desviar el Guadalmedina, cuyas temibles riadas tantos estragos habían causado a la población. Tan grave problema aún hoy está por resolver para evitar que se repitan nuevas tragedias y posibilitar el gran eje Norte-Sur, el Cardo Maximus que ha de complementar el Decumanus Maximus que constituye la Alameda y el Parque.
Para ello presentó una Proposición de Ley el 11 de mayo de 1889 con el fin de poder acometer las obras de acuerdo con el proyecto del gran ingeniero de caminos José María de Sancha. Lamentablemente la crisis finisecular impidió resolver el problema. Pocos años después se produjo la gran catástrofe de septiembre de 1907.
Al conocer el asesinato de Cánovas el Ayuntamiento quiso honrar su memoria: dos días después aprobó erigirle una estatua que tardó 78 años en levantarse. Y la lápida que lo recordaría en el Salón de Sesiones tardó 112 años en colocarse. Para mayor inri su casa natal ya no existe, porque hubo de ser demolida cuando llegó al estado de ruina inminente … o “eminente”.
Los gobiernos de Cánovas mejoraron mucho nuestra Nación… pero eran tantos y tan graves sus males: corrupción institucional, caciquismo, injusticia social, analfabetismo … que no pudo hacer más de lo que hizo, y ello siempre con la espada de Damocles que suponía la segunda república que otros consideraban la solución de tales males.
Debo concluir ya, pero no me resisto a cerrar esta glosa sin referir que en los años ochenta del pasado siglo el periodista Juan Marichal entrevistó a José Prat, entonces presidente del PSOE histórico, presidente del Ateneo de Madrid y senador socialista. Y le preguntó: “¿quién ha sido para usted la figura política más notable de la época contemporánea?”. Sin vacilar ni un momento Prat respondió: “Cánovas del Castillo”. Y ante la sorpresa del periodista añadió: “por su capacidad para crear un clima de tolerancia, de civilizada convivencia… que permitió, entre otras cosas, que en 1879 y en una pequeña tasca de Madrid se creara el Partido Socialista”.
Las normas de esta Academia me impiden comentar como se merecen las citadas afirmaciones. Baste con contemplar el actual panorama político de España. Y, por cierto: existe la Fundación Sagasta, que fue el gran opositor de Cánovas. Pero no existe la Fundación Cánovas.
Llegado a este punto, conviene recordar las palabras del presidente de los Estados Unidos de América, John F. Kennedy, quién atinadamente dijo: “Una nación se revela no solo por los hombres que produce sino también por los hombres que honra”. Y Séneca, hace veinte siglos, dejó escrito: “La fama y la gloria de papel se deben a la opinión de la mayoría. Pero la fama y la gloria imperecederas depende del juicio de los mejores.”
*Manuel Olmedo Checa es Académico Numerario de la Academia Malagueña de Ciencias

Magnífico artículo. He aprendido mucho de Cánovas en este breve trabajo y me quedo con ganas de más. Enhorabuena a Manuel Olmedo y agradecimiento a la Academia Malagueña de Ciencias por difundirlo
Excelente artículo,le honra a vd Sr Manuel Olmedo agradecido de antemano,gracias a la academia Malagueña de Ciencias y a usted por la difusión.
“De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España, porque termina mal”. No comparto en absoluto este pesimismo histórico de Gil de Biedma, aunque a veces, viendo nuestro siglo XIX, queden pocos motivos para el optimismo. Por eso es mas de agradecer que personas como Manuel Olmedo escarben en el alma de los espíritus ilustrados que en medio de las tormentas que azotaron ese siglo, gracias a su inteligencia política y su amor a la patria, la chica y la grande, fueron capaces de mantener el rumbo y sentar las bases de un resurgimiento que iniciado ya en el primer cuarto de siglo XX, tuvo aún que esperar a que con la transición democrática, España recuperará la estabilidad y mirara con renovado optimismo el futuro. Enhorabuena a Manuel Olmedo por su contribución a esta esperanza
Una reflexión institucional atenta al momento social, económico y político institucional. Sin duda fue errática la “errónea decisión” del Partido matriz al suprimir la Fundación Cánovas del Castillo. No reparó, quien decidió la supresión, en la cualificada actividad que desarrolló la Fundación Canovas del Castillo, en interrelación con las Fundaciones de los Partidos democristianos, centristas y socialdemócratas europeos de los años setenta, y con el eurocomunismo, en el éxito del consenso constitucional de 1978.
La analítica que la Fundación extinta podría haber realizado de las causas del fracaso de la Constitución de 1876, ha privado, a la Constitución de 1978. de evitar lo que se insinúa ya como un posible similar desenlace.
El Registro de Fundaciones incorpora una paradoja, la recreación de la Fundación Canovas del Castillo, incardinada en el Partido Popular de Málaga y con una actividad orientada a la proyección de la oratoria, que, de modo complementario, podría contribuir a la analítica para la recuperación de los consensos institucionales en el “clima de tolerancia, de civilizada convivencia” que, como constata Manuel Olmedo, el senador José Prat García resaltó en la metodología política de Antonio Cánovas del Castillo.
Sin duda alguna, la figura inmensa de Cánovas del Castillo constituye un capítulo imprescindible para comprender la Historia de España en el siglo XIX. Su extraordinaria capacidad, inteligencia y tolerancia le llevó a comprender que la política es, como dijo en alguna ocasión, el arte de lo posible. ¡Ojalá hubiese en nuestro país más Cánovas! Y desde luego es cierto que Málaga le debe mucho en las obras del puerto, la creación del Parque y los intentos, por desgracia fallidos, para resolver el problema secular del Guadalmedina. Bien por Manuel Olmedo al rescatar a un personaje tan relevante en tantos campos y al que tanto debemos los españoles en general y los malagueños en particular.
Magnífico artículo que contribuye a dar a conocer y divulgar la obra del gran estadista malagueño.