Vie. Sep 18th, 2026

Federico J. C-Soriguer Escofet

Academia Malagueña de Ciencias

En el año 1926, hace ahora 100 años, Gregorio Marañón publicó un librito al que llamó “Gordos y Flacos”.  Aunque Marañón dice que escribió el libro porque en esa época había muchos gordos, es difícil de creer pues en ese momento el problema en España era, sobre todo, el déficit nutricional.

Hasta donde conocemos no hay registros de persona obesas de la época, entre otras cosas porque no había un criterio claro (el mismo Marañón utilizaba el criterio popular de que gordo era todo aquel que parecía gordo). Tampoco la estadística y la epidemiología se habían popularizado, tal como las conocemos hoy. En los comienzos del siglo XX la situación sanitaria en España era muy deficiente. En palabras de un autor en 1918: “descartada Rusia, la mortalidad de España es la mayor entre las naciones cultas, y este sacrificio inútil de vidas significa, para la raza, una sangría suelta que conduce a la degeneración, y, para el país, un derroche insensato de su capital nativo, causa primaria de nuestra decadencia económica y política”.

En España, en 1901, la higiene era una asignatura pendiente, la esperanza de vida al nacer era de 40 años, con una tasa de mortalidad general de 28 por 1000 habitantes.  Éramos, en fin, un país pobre, con una menguada capacidad de consumo debido a los bajos salarios, con una estructura estatal débil y con un subempleo generalizado. De hecho, no se crea una Dirección General de Sanidad hasta el año 1922, pocos años antes de que Marañón publicara la primera edición de su libro.  Parecería que en España había problemas más importantes que la obesidad de los que preocuparse. Así debió ser también para Marañón quien le dedicó toda su atención clínica pero que no la debió de considerar un problema de salud pública, y no es que Marañón careciera de sensibilidad por los problemas de higiene y salud pública. De hecho, en el año 1921, en las mismas fechas en las que, probablemente, estaría preparando el libro “Gordos y Flacos”, hizo un viaje a las Hurdes tras el que realizó una memoria sobre el estado sanitario de la región, cuyas conclusiones fueron tan desoladoras que obligaron al gobierno a tomar medidas, considerándose aconsejable que el rey (Alfonso XIII) visitase la comarca, cosa que hizo en el año 1922. 

Marañón fue un hombre extraordinario. Como médico recibió una sólida formación experimental. Ya de estudiante investiga en la anatomía del aparato paratiroideo humano en el laboratorio de Alonso Sañudo. Esta actividad le hace ganar, prematuramente, el premio Martínez de Molina de la Real Academia Nacional de Medicina, unas “glandulillas paratiroideas” que ya habían sido estudiadas en España por su maestro el profesor Gómez Ocaña -malagueño, al que la AMC ha reconocido en algún momento, verdadero predecesor de la medicina y de la endocrinología experimental española y al que, sin éxito alguno, propusimos en diferentes instancias, para que diese nombre al nuevo hospital de Málaga-.

En 1911 lee su tesis doctoral sobre “La sangre de los estados tiroideos” y en 1914 en el discurso que pronunció sobre la doctrina de las secreciones internas, establece tres épocas fundamentales en el desarrollo histórico de la nueva doctrina (la endocrinología). Pero Marañón fue sobre todo un clínico, al que como buen clínico nada de lo humano le fue ajeno, siendo bien conocida su vasta formación humanística, sus numerosos ensayos y su participación en la política. En 1930 organiza una reunión en su casa de la “Agrupación al Servicio de la República”, con la participación de intelectuales como Ortega y Pérez de Ayala, un movimiento que apoyó activamente el fin de la monarquía de Alfonso XIII y la llegada de la Segunda República Española. De hecho, Marañón, junto a Cajal, Laín Entralgo y Rof Carvallo, ocupan un lugar destacado en el libro “La retórica del humanismo. La cultura española después de Ortega”, del norteamericano Thomnas Mermall (1978), muestra de una larga tradición española de médicos humanistas de los que nos ocuparemos en otro momento.

El libro “Gordos y Flacos” del que ahora celebramos el centenario fue lo que hoy diríamos un libro de alta divulgación científica, en el que no solo exponía de manera asequible al gran público conocimientos útiles para enfrentare al sobrepeso, sino también hipótesis fisiopatológicas que luego han sido ratificadas por los estudios clínicos epidemiológicos o experiméntales, cuya enumeración sobrepasarían los límites de ese artículo. En todo caso Marañón perteneció, vivió y fue notario de esa época que José Carlos Mainer, con tanto acierto, ha llamado “Edad de Plata” de la cultura española cuyo referente es la generación del 27 de la que el año que viene se celebrará el centenario al que, felizmente, Málaga con toda justicia, se ha incorporado.

La guerra civil acabo con todo aquello. Marañón tuvo que exilarse en 1936 volviendo a España en 1942. Aún tuvo tiempo de crear en 1950 la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, una de las más antiguas de España. Muere, muy joven, en 1960 con 72 años. Cuando miro la biografía de tantos españoles de aquella edad de plata que vivieron tantas vicisitudes y que no tenían PC ni IA, me pregunto cómo pudieron hacer tantas cosas.  Y su recuerdo me reconforta y me estimula. Pero también siempre me hago la misma pregunta, que carece de respuesta: ¿Qué hubiera sido de nuestro país, si una guerra civil y la larga dictadura no hubieran interrumpido dramáticamente el renacer de la cultura y de la ciencia en España? 

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