Víctor Díaz del Río Español
Academia Malagueña de Ciencias
La Fundación Biodiversidad y el foro de Naciones Unidas Ocean Decade, entre otros organismos de renombrado crédito, han señalado en repetidas ocasiones el grave deterioro que están causando al océano la contaminación marina y el mal uso del espacio marítimo submarino. La alerta que ha sonado en nuestras conciencias se ha activado como consecuencia del progresivo deterioro ambiental del medio marino y de la comprometida reducción de la superficie de algunos “bosques submarinos” -y más particularmente de las praderas vegetales, como las que forma la Posidonia oceanica, especie endémica en el mar Mediterráneo-, que son ecosistemas de gran productividad biológica y fuente estratégica del oxígeno que respiramos. No son pocos los esfuerzos que actualmente se realizan para restaurar los fondos dañados y repoblar las zonas más perjudicadas. Pero todos estos esfuerzos son todavía pocos para conseguir la total recuperación de las praderas. Existen extensos y frondosos bosques submarinos de Posidonia, y de otros géneros como Caulerpa o Zostera, que se encuentran en fondos someros a lo largo del mar Mediterráneo entre los que quisiera destacar, por conocidos, algunos casos en España, como son: las bahías de Alcudia y Pollensa, Cabrera, Vilanova i la Geltrú, Oropesa-Benicassim, Burriana, Jávea, Alicante, frente a mar Menor, Calblanque y algunos asentamientos significativos a lo largo del mar de Alborán (Almería, Calahonda, Maro-Cerro Gordo, etc.).

La primera vez que profesionalmente entré en contacto con la Posidonia oceánica fue durante el verano del año 1984. Nos sorprendían de forma muy intensa las cristalinas aguas mallorquinas que nos permitían ver el fondo marino desde la cubierta del buque en el que navegábamos, y las observábamos ensimismados, como si fuéramos unos turistas más de la isla, con una nitidez tal que en ocasiones resultaba difícil de creer debido a la profundidad de sus aguas. Una asombrosa panorámica del ecosistema bentónico sin necesidad de sumergirte en la mar. Por entonces mi perspectiva científica estaba más cerca de la Tectónica Global que de la Ecología Bentónica, y no era plenamente consciente de lo que representaba el estudio multidisciplinar que estábamos realizando.
Centrábamos nuestra atención prioritaria en las praderas posidonícolas de la Bahía de Palma, en la isla de Mallorca, con el fin de realizar un levantamiento geoacústico de la estructura sedimentaria de los fondos superficiales (las primeras decenas de metros por debajo del fondo marino) sobre los que se desarrolla su cobertera vegetal. En aquel ir y venir a bordo del B/O Jafuda Cresques, navegando sobre un entramado de virtuales líneas rectas que nuestro sistema de navegación trazaba sobre las aguas -barriendo el fondo con tecnología monohaz, sísmica reflexión de alta resolución y sonar de barrido lateral de muy alta resolución-, logramos realizar, por vez primera, una detallada cartografía del fondo marino que representamos a escala 1:10.000, y que se publicó a escala 1:25:000 por resultar el original excesivamente grande para su uso como instrumento de planificación o con fines didácticos. Así reflejamos en un mapa los rasgos fisiográficos de las 41.000 hectáreas que abarca la bahía entre la costa y la línea imaginaria que une Cabo Blanco y la punta de Cabo Cala Figuera.
Por entonces, solamente los científicos marinos mallorquines y algunos naturalistas isleños conocían en detalle la importancia que tenía aquella inmensa pradera de Posidonia y el proceso de degradación que estaba sufriendo. Tal deterioro era consecuencia de la antropización del litoral y del impacto que causaban algunas infraestructuras construidas en la costa que estaban provocando la muerte de gran parte de la pradera con las consecuencias que, posteriormente, fueron fáciles de evaluar. No era menor el impacto que provocaban los artes de pesca que se arrastraban sobre las praderas y que producían grandes “calvas” en la abigarrada vegetación, del mismo modo que tampoco era despreciable el efecto de arrastre de las anclas de la numerosa flota de buques que recalaban en la bahía.

Una de las fascinaciones que por entonces nos causó la prospección, fue la espectacularidad del frondoso bosque submarino que se movía rítmicamente con el vaivén de las olas y el empuje de las corrientes litorales bajo el casco del barco. Aquel verdoso y ondulante tapiz submarino desarrollaba una impactante y más que visible actividad biológica, aportando a nuestra supervivencia una importante cantidad de oxígeno. Nuestra perspectiva como geofísicos se transformó radicalmente cuando nos pusimos los equipos de buceo autónomos y nos sumergimos para comprobar con nuestros propios ojos que todo lo que estábamos registrando con los sistemas de prospección indirecta se correspondía en realidad con lo que interpretábamos. El exuberante tapiz vegetal que recubría todo el fondo de la bahía tenía un color verde exultante con arbustos que se alzaban sobre el fondo más de metro y medio de altura. Exhibía una vitalidad piscícola asombrosa que se entretenía jugueteando entre sus elongadas hojas mientras se balanceaban al son de las suaves corrientes. Sin duda era un espectáculo que te envolvía y que te abstraía de tal manera que no querías regresar a la superficie. Solamente el vaciado de la botella de aire nos obligó a abandonar aquel espectáculo y ascender a nuestra realidad subaérea antropológica.
Aquella prospección pionera arrojó muy buenos resultados, como era de esperar en un estudio en el que los antecedentes eran muy escasos y poco precisos. Destaca entre ellos un excelente trabajo realizado por Rafael de Buen y Lozano “Estudio batilitológico de la bahía de Palma” (1916), acompañado de un apéndice firmado por Odón de Buen sobre “Moluscos en sedimentos”, en el que describe la pradera posidonícola basándose en la toma de muestras de fondo desde el buque prospector por medio de muestreadores mecánicos, lo que le permitió intuir la extensión que ocuparía aquella pradera fitobentónica y su importancia ecosistémica. Un trabajo visionario que impulsó nuevas investigaciones que con la tecnología digital de prospección disponible, permite realizar en la actualidad cartografías de gran precisión con un mínimo consumo de tiempo y un considerable ahorro en gastos de movilización de personal y material.
Todo esto viene a colación de la insistencia manifestada por los científicos destacando la importancia que tienen en el medio marino todos los ecosistemas singulares que en él se desarrollan. A pesar de que el ser humano no esté preparado para observarlos directamente, hemos de ser conscientes de que el océano es una fuerza natural global que tiene una gran capacidad para combatir el impacto del cambio climático, participando en esta lucha todos y cada uno de sus ecosistemas. Sabemos que en las praderas posidonícolas viven, al menos, unas 400 especies vegetales y unas 1000 especies animales, según los censos más recientes. Sirva de ejemplo la importancia que tienen sus raíces, sus tallos o rizomas, y sus hojas, pues son lugares en los que se fijan numerosas especies de foraminíferos que, a su vez, son la base fundamental de la sedimentación carbonatada que generan las praderas y que les permite seguir expandiendo sus raíces. Pueden llegar a producir por fotosíntesis hasta 20 litros de Oxígeno por metro cuadrado y día, superando así a las selvas amazónicas en producción por m2. También hay datos científicos que indican que las praderas submarinas, los manglares y las marismas son capaces de capturar carbono de la atmósfera almacenándolo, principalmente, en los sedimentos marinos en una proporción que quintuplica la capacidad que tienen los bosques continentales para realizar la misma tarea. Sin embargo, estos ecosistemas están degradándose o desapareciendo muy rápidamente: un tercio de las praderas submarinas se han perdido en los últimos decenios, y más particularmente, las praderas de Posidonia oceanica han perdido cerca del 40% de su extensión en el mar Mediterráneo, incluso las más recientes informaciones indican que los manglares desaparecen al doble de velocidad que cualquier otro bosque del planeta.
Si nos fijamos en el microscópico fitoplancton que se concentra en las aguas iluminadas por el sol, cuya actividad fotosintética no es de importancia menor, nos damos cuenta de que ha pasado millones de años absorbiendo enormes cantidades de carbono y produciendo cantidades ingentes de oxígeno. Pero su mundo se está oscureciendo lentamente por causa del incremento de la turbidez de las aguas superficiales (contaminación marina). La “zona fótica” -la capa de agua marina superficial iluminada por el sol-, que abarca, por lo general, los primeros 200 metros, alberga el 90% de la vida marina. Pues bien, esta capa estratégica para el desarrollo de la vida marina se ha reducido en una quinta parte del océano en tan solo dos décadas, y en algunos lugares a la mitad.
Pensemos que el océano es capaz de producir, aproximadamente, el 50% del oxígeno que se consume en el Planeta, absorbiendo el 30% de las emisiones de CO₂ y capturando el 90% del exceso de calor. Pero por desgracia, los procesos oceanográficos que permiten al medio marino realizar tal depuración de la atmósfera tienen una limitación insalvable. Las actividades humanas provocan que el agua de mar se contamine, se caliente y se vuelva más ácida. El océano está sufriendo graves daños y, con ello, su capacidad para regular el clima. Pero no nos dejemos llevar por el fatalismo, por ello no debemos bajar la guardia minimizando la importancia que tienen los ecosistemas litorales, los más cercanos a nuestro lugar de residencia o veraneo en la costa; los que podemos contemplar con unas gafas de buceo y un tubo para respirar. Antes al contrario, debemos respetarlos y defenderlos procurando favorecer su sostenimiento y protección, pues son el conjunto de todos ellos los que desempeñan ese papel depurador que nos permite, al ser humano y al resto de especies vivas, sobrevivir en el Planeta.
*Víctor Díaz-del-Río Español es académico de número y científico titular (J) del Instituto Español de Oceanografía. Vocal de Comunicación y Redes Sociales de la Academia Malagueña de Ciencias.

¡Felicitaciones, Víctor! Leerte ha sido como seguir al capitán Nemo por los fondos marinos, con el privilegio añadido de recorrer esos bosques, vividos por ti en primera persona, acompañada de tu profundo amor por el medio marino. Muchas gracias.
Gracias Mercedes por tu comentario. Sabes bien por experiencia propia que a medida que te adentras en un asunto y vas viendo su importancia, más te interesas en él. Esto me sucedió con la investigación multidisciplinar orientada al estudio fitobentónico. De pronto se abren los ojos a una realidad que en mi aprendizaje como geólogo se me había escapado. Un perspectiva algo atomizada de la investigación encajada en un puzle imposible de resolver solo y requieres la perspectiva de otros, biólogos, microbiólogos, físicos, matemáticos, etc., cada cual aporta su visión del problema y entonces descubres que la infinidad de factores que determinan que una planta se desarrolle en determinado lugar. Una vez que descubres su importancia, HAY QUE ASEGURAR SU SUPERVIVENCIA porque de ella depende la nuestra. Entender el BOSQUE SUBMARINO es entender un poco mejor la Naturaleza.
Una gran demostración de las investigaciones multiespecialistas que se mueven en la ciencia del océano, señalando la indispensable necesidad de asombro ante lo recién conocido para ser un buen y observador científico. Y además del asombro recordar a Rafael y Odón de Buen, dos pioneros de comienzos del siglo XX y del Instituto Español de Oceanografía, señalando tú, como lo hicieron en una cercana conferencia los doctores María del Carmen García y Manuel Vargas en la SEAP, que los científicos marinos están trabajando a hombros de gigantes.
Gracias por el texto y la gran cantidad de información, desconocida para la inmensa mayoría que compartes y la pasión que muestra la grabación. Enhorabuena.
Muchas gracias por tu comentario, Juan Antonio, y por el énfasis que pones en alguna de tus palabras, como cuando te refieres «A HOMBROS DE GIGANTES», frase hermosísima que ya la vinculo a la conferencia que mencionas. Ciertamente es así, y con ellos descubrimos aspectos de la investigación que ya habían apuntado anteriormente. No siempre lo último es lo mejor, aunque seguramente es lo más actualizado y lo realizado con enfoques «más meritorios». Lo anterior, cosa que, por desgracia, se olvida o se obvia en muchas ocasiones, es un referente que nos orienta en los nuevos enfoques, ¡la información antecedente! Es cierto que hay un cierto «adanismo» en la investigación científica actual, y hay quién considera que la investigación sobre determinado asunto comienza con ellos. Recordar ahora a los hermanos de Buen no es un homenaje, es asegurar que su referencia da solidez a lo que ahora se propone porque está fundamentado en observaciones que ya se realizaron y que apuntaban aspectos muy determinantes que nos ayudan a enfocar la nueva prospección. Confío haber podido aportar algo más a la COMUNICACIÓN CIENTÍFICA con esta aportación al blog de la AMCiencias que tanto contenido tiene.
Si ha sido un placer oír la magnífica interpretación de tu texto, no lo ha sido menos oír el contenido del mismo.
Has desgranado de forma minuciosa al ecosistema que constituye las praderas de _Posidonia oceanica_ , así como las causas de su retroceso poblacional y su importante aportación frente al cambio climático, que es tanto como decir su aportación a la VIDA en el planeta.
Durante cerca de doce años, en mi responsabilidad como Director Conservador del Paraje Natural de Maro Cerro-Gordo, viví intensamente la problemática de esta especie. Aprendí su biología, conocí a pescadores, a unos y a otros, formé parte de grupos de investigación, divulgué su conocimiento ,en definitiva gestioné las escasas y fraccionados praderas que desgraciadamente iban quedando, y luche por su conservación.
Tu texto me ha devuelto a aquellos intensos e ilusionantes años. Gracias!
Enhorabuena, Victor!
Gracias Ricardo por tus palabras siempre cargadas de empirismo y muy bien documentadas y razonadas. Mencionas tu experiencia en Cerro Gordo con la Posidonia oceanica, y me gusta que lo hagas pues siendo Ingeniero de Montes y dedicándote principalmente a la gestión forestal y de los espacios protegidos, das sentido con tus palabras a la «gestión de los bosques submarinos», de su protección, conservación, restauración, aportando soluciones más técnicas y resolutivas. No son pocos los que creen que los bosques submarinos están formados por agrupaciones de algas; antes al contrario, como fanerógamas marinas que son tienen su floración y todas las peculiaridades de cualquier «planta» terrestre. En este sentido su gestión será vital para nosotros y para las siguientes generaciones a las que hay que legar un planeta sano que siga generando todos los beneficios que la Naturaleza les asigna.