Antonio Heredia Bayona
Academia Malagueña de Ciencias
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos, con furia, con olvido.
Pablo Neruda
Los podemos ver a diario, a cualquier hora, en nuestros parques y paseos, en las largas avenidas, en los múltiples senderos y caminos de nuestros campos y montes cercanos. Haga frío o calor, llueva o no. Son silenciosos hombres y mujeres caminando, andando, que rinden consciente o inconscientemente tributo a nuestra estirpe de Homo viator, especie que camina erguida sobre la tierra como resultado de una gran conquista evolutiva. Especie que es capaz de mirar y escudriñar no solo el suelo sino también hacia el horizonte y hacia los cielos. A la vez que, también lenta conquista evolutiva, hombres y mujeres caminando que son capaces de ensimismarse, de ir metidos en sí mismos y transportar mágicamente en su mente su pasado, su presente, a la vez que conjugar el tiempo futuro. Hermosa y fértil conjunción de habilidades adquiridas en esa imagen habitual de caminantes anónimos.
Los vemos todos los días, generalmente en solitario. Cada caminante con su ritmo particular. Hay que distinguirlos y diferenciarlos, no es difícil, de los que consideran ese andar solo como un ejercicio físico, como un deporte. Andar no es un deporte. No hay reglas, no hay árbitros, no necesita material ni ropa exclusiva, no hay tiempos que medir, ni récords que batir, comparar y registrar por mucho que los mercados modernos nos quieran imponer para esta actividad pautas y enseres deportivos bajo la forma de gerundios anglosajones como trekking o walking. Se trata, sencillamente, de andar. En el diccionario de la RAE encontramos hasta 19 acepciones muy diferentes del verbo andar.
La primera de ellas es conmovedoramente simple y sencilla: ir de un lugar a otro dando pasos. Algo que el hombre lleva haciendo miles y miles de años y que le ha permitido descubrir, conocer y colonizar casi todo el planeta. Dando pasos, pasos cortos, pasos largos pero que conservan esa cadencia y lentitud intrínseca del hecho físico de andar, de caminar. Lentitud que sabe domesticar la precipitación, que sabe adaptarse al tiempo real de las muchas cosas que ocurren a nuestro alrededor; una lentitud que genera uno de los grandes secretos de la marcha, del paseo consciente, como es el de profundizar el espacio. Un espacio que, andando, se transforma muy sutilmente, poco a poco. Por ello lo aprehendemos más y mejor; por ello se puede valorar también más y mejor con el paso de los días, de los meses y de las cambiantes y cíclicas estaciones meteorológicas. Sólo así llegan a ser perceptibles día a día, de modo casi milagroso, el conjunto de sabores, de sonidos, de olores y de esos trozos de paraíso robados a los dioses que son los hermosos colores que contienen todo paisaje y el horizonte del mismo.
Sólo la lentitud del caminante atento llega a percibir con todo su esplendor la hora mágica en que la luz cambia cuando el sol se rinde en las largas tardes de verano; o esos cromáticos atardeceres de otoño que duran apenas unos minutos. Instantes y momentos mágicos asociados al entorno que los grandes paseantes románticos, los wanderer alemanes y románticos ingleses, asumieron en sus largas caminatas y marchas como actos poéticos, como actos creativos como si fuesen auténticas ceremonias de comunión íntima entre el yo y la madre Naturaleza. Una búsqueda y experimentación del vértigo estético y de lo sublime. Para ellos, quiero pensar que como para muchos de los caminantes actuales, el poema es un camino y el camino es un poema. El caminante, el verdadero caminante aparece, así como un anónimo espectador y protector de lo inefable. Históricamente, más tarde, ese caminante ensoñado y poeta de la memoria involuntaria que fue Proust heredaría la esencia de ese modo de andar.
La ruta elegida del caminante es siempre una opción para el ensimismamiento; una excusa ineludible para rendir cuentas consigo mismo, para preguntarse mejor que para responder, para corregirse y para evaluarse. Ensimismamiento, introspección íntima en la que tomamos justa idea de nuestra capacidad para pensar, para sentir y para creer; también para inducir nuestra capacidad creativa. Hay para ello algo intrínseco al andar consciente: la mente, nuestra mente, se adapta milagrosamente a ir a una velocidad de 4 ó 5 km por hora. Una velocidad que no bate ningún record pero que es perfecta para que nuestra mente mida su exacta relación con el mundo que en última instancia no es sino nuestra percepción del mismo. Caminar así es un modo de recibir el relato de las cosas que nos rodean. Son ritmos fértiles del pensar y del caminar unidos. Rousseau decía que no podía crear ni inspirarse sino era caminando. Así asumido, andar es un modesto pero singular proceso resonante, estimulante y creativo que un viaje en moto, coche o avión son incapaces de proporcionarnos. Al acabar, al terminar, la sorpresa es siempre la misma y es sorpresa porque siempre aparece como nueva y recién inventada: sientes que vas andando por un camino real de acuerdo con tu mapa.
El caminante experimentado lo sabe bien: andar pone en evidencia la diferencia entre los tiempos y las duraciones. Los tiempos como medidas absolutas del tiempo real transcurrido y las duraciones como medidas subjetivas de cada uno de nosotros de ese tiempo. La marcha consciente y alerta es siempre medida y registrada por nuestro invisible reloj íntimo, por una duración que a veces sentimos muy breve y a veces con sensación de eternidad. El tiempo real, en cualquier caso, se difumina. La mirada del caminante a esos ejemplos de humildad de la belleza personalizados en esas pequeñas flores que regresan todas las primaveras proporciona inigualables ejemplos de sensación de eternidad. Pero también en un largo camino hecho con dolor y aflicción física o emocional el pathos que se generapuede ir asumiéndose y calmándose contando piedras, contando árboles o curvas polvorientas del sendero o, si es de noche, contando estrellas como dice un bello haiku de Basho. Convertir cada uno de esos cómputos mentales en unidades de tiempo real es imposible. Esas potenciales medidas de los tiempos reales quedan pulverizadas a la par que los verbos y adverbios, que constituyen la acción y la densidad de nuestras vidas cotidianas, son misteriosamente sustituidos por nombres y adjetivos: árboles, piedras, pájaros, colores, estrellas. Al final la lectura y la duración del camino vencen la partida. Han conseguido desbancar a las aflicciones.
Es posible que se considere que la marcha, el andar que percibimos desde fuera aparezca como monótono, repetido. Sólo lo parece. Pero nunca puede considerarse aburrido. Lo aburrido es amigo de la falta de objetivos, de proyectos. Sin embargo, lo monótono, lo aparentemente monótono, es la celebración secreta de lo cotidiano; algo que va esculpiendo poco a poco nuestra facultad de descubrir y redescubrir. Es el momento del triunfo de la sutileza, esa fértil y misteriosa celebración del silencio. En ese acto, en el que parece que solo queda avanzar y avanzar sin más, hay escondida una gran lección que los buenos caminantes, que quizás comenzaron sus cotidianas caminatas por prescripción facultativa, han sabido aceptar y aprender: el gran valor de la disciplina. La disciplina, en este contexto, es como indica el filósofo Frédéric Gros, lo imposible conquistado mediante la repetición obstinada de lo posible. Lúcida sentencia extrapolable a muchas facetas cotidianas vitales. Una disciplina que puede llegar a actuar como una poderosa voluntad forjadora de esa extraña e intransferible coincidencia entre el mundo y nosotros que solemos llamar destino.
Asociado a todo lo anteriormente descrito puede situarse la peculiar y personal satisfacción corporal del caminante al regreso de su camino. Una satisfacción física que sin duda Spinoza conjugaría unida a una satisfacción mental. En el camino, en la lectura pausada y atenta del camino, se siente alegría como claro afecto vinculado a una actividad. Una alegría peculiar que acompaña el paso de una perfección menor a otra mayor. Una alegría como resultado del deseo inherente a esa perfección, esencia de todo ser humano, y que sentimos en cuanto somos una parte de la Naturaleza que no puede concebirse por sí misma sin las demás partes. Y por supuesto hay alegría en el camino, en la marcha. La hay en los sonidos de fondo, algunos apenas imperceptibles. Alegría en el silencio íntimo y transitorio del caminar que no es otra cosa que la verdadera interpretación del sentido de las cosas. Hay alegría también en la superación del cansancio y de la dificultad. Hay alegría en la mirada y en la sensación de estar haciendo y sintiendo una actividad tan ancestral como natural y humana. Hay alegría porque el cuerpo se siente vivo y yo, tú, estás vivo. Hay, al final, como pequeña conquista una sensación de reconfortante serenidad, de haber sentido que hemos realizado una mirada global a la vez que especial a nuestro mundo; una serenidad atemporal en la que lo único importante era sencilla y simplemente avanzar, andar porque en esos instantes no había otra cosa que esperar. Spinoza sonreiría si hubiese sido el gran caminante que no fue.
Este modesto elogio del andar quiere rendir homenaje al caminante de siempre al que, a pesar del ruido y rapidez de nuestras vidas cotidianas, los caminantes actuales podemos y debemos honrar con apropiados ejercicios de admiración, utilizando una feliz cita de Cioran. No es difícil empezar: dejémonos llevar e impregnémonos del camino, miren siempre hacia adelante y anden, respiren y suden y sientan frío a lo largo de la ruta elegida hasta llegar a sentir y ser conscientes, de que caminar es el modo en que un cuerpo, tu cuerpo, cobra su auténtica relación y medida con la madre tierra. Un lujo para los tiempos que vivimos.
Y ahora solo queda andar y andar por esos senderos, por esos caminos, por esos pueblos y ciudades y acumular instantes y sentirlos y recordarlos, porque con ese bagaje haremos sencilla y simplemente mejor nuestra vida de todos los días. Porque, como está escrito en algún sitio, no olvidemos nunca que todos esos caminos están hechos a la medida de nuestro cuerpo y de la conmoción de existir.
*Antonio Heredia Bayona es catedrático de la UMA, investigador del IHSM-CSIC-UMA y miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias.
Foto de cabecera: Antonio Heredia Bayona.

Muy bonito artículo Antonio. Al estilo de los flâneur franceses del siglo xix.
Brillante elogio del andar, simple, sin competir. Espacio para el mas íntimo pensamiento y la observación de la naturaleza. Y para el encuentro con amigos, como a menudo nos ocurre a miembros de esta academia.
Para releerlo e invitar a que lo lean. Enhorabuena Antonio
Nunca había leído algo tan interesante sobre un acto sencillo y habitual. Visto desde una multitud de perspectivas que me hacen reflexionar. Regularmente ando, siempre que puedo por las mañanas con mi mujer. Hoy ya lo he hecho. Mañana espero hacerlo y recordaré esa gama de puntos de vista y recordaré a su autor.
Enhorabuena Antonio; magnífica aportación.
Magnífico artículo. Para pensar mientras se pasea, sin prisas, saboreando el paisaje, «leyendo» el camino y en el camino. Enhorabuena.
Normalmente en los artículos publicados podemos aportar comentarios vinculados con las ideas que aporta cada sábado el autor. En este caso y después de leer y releer las íntimas reflexiones que experimenta el autor, al realizar su andadura, tan solo puedo, al realizar las mías, dar veracidad a lo que nos ha expresado.
Enhorabuena, Antonio!