Federico J. C-Soriguer Escofet
Academia Malagueña de Ciencias
Este es el tercero de una serie de artículos con el mismo título: CAJAL Y UNAMUNO DOS HOMBRES Y UN DESTINO, que están siendo publicados en el blog de la AMC. En el primero hablamos de cómo ambos representaron, como pocos, la vocación regeneracionista de la España del XIX y del primer tercio del siglo XX y de su mutua admiración y diferencias, cuestionando el presunto anticientificismo de Unamuno. En la segunda entrega lo hicimos de lo más preciado de ambos: su imaginación. En esta tercera lo haremos de su común patriotismo, tan mal interpretado en demasiadas ocasiones.
Del patriotismo de Cajal se ha escrito ampliamente. Cajal en repetidas ocasiones achacaba sus éxitos más que a su inteligencia a su tesón (“la constancia es la inteligencia de los pobres”, gustaba decir) y uno de los fundamentos de su tesón fue sin duda su “patriotismo” que es una idea que explícita o implícitamente cita en numerosas ocasiones. Un patriotismo que era tanto emocional como racional y siempre crítico pues no le impidió ver los males propios y los bienes ajenos, siendo esta lucidez, la que le impulsaba a trabajar por su país denodadamente (“a patria chica alma grande” escribió). Cajal distinguía nítidamente el patriotismo del nacionalismo (que no soportaba) o del chauvinismo (al que despreciaba), dos males que sus adversarios utilizaron, en ocasiones, contra él. Un patriotismo como energía positiva que le mueve a rebelarse contra esa imagen que desde el extranjero a veces imaginaban (y aún se imaginan algunos) a España: “tened a la vista, escritas en gruesos caracteres para que toda distracción sea imposible, esas amargas frases de desprecio, esas palabras de depresiva conmiseración, u esas punzantes ironías con que escritores extranjeros nos han echado mil veces en cara nuestra falta de originalidad y nuestra pretendida incapacidad para la labor científica”. Un patriotismo que tras su muerte fue manipulado, ad nausean por la dictadura y motivo, también, ya durante buena parte de la democracia de su selectivo olvido, sobre todo en los primeros años cuando los jóvenes confundieron patriotismo con franquismo.
También en Unamuno el patriotismo estuvo permanentemente presente en su vida y en su obra. Un patriotismo que frente al secuestro por la cultura castrense de los sentimientos patrióticos (“religión patriótica” la llamó), es un patriotismo que, con el lenguaje de hoy, podríamos llamar civil y cultural. Ya en 1906 cuestiona que se reserve la frase: “dio su vida por la patria” para aquel a quien la arrebataron violentamente, con las armas en la mano, “como si no diera también su vida por la patria aquel que la consume día a día en servicio de su cultura y su prosperidad”. “Es, pues, necesaria una nueva idea de la patria, que incluya la ruptura con el modelo tradicional y castizo de patriotismo”. Ese patriotismo lapidariamente representado por una redondilla de Guillen de Castro, (citada por Laín Entralgo en un artículo en El País, en 1986 sobre Unamuno), no por conocida menos elocuente: «Procure siempre acertalla / el honrado y principal; / pero si la acierta mal, / sostenella y no enmendalla«).
Para Unamuno, que de joven fue un socialista militante y de viejo un hombre con sed de justicia, el patriotismo debe integrar en el alma de los españoles sus raíces sentimentales (el apego a la tierra y las costumbres) e intelectuales (la idea de la patria como entidad histórica), una fuerza que sea capaz de “romper los privilegios de los ricos y la servidumbre de los pobres”, “creando una tradición nueva, capaz de superar las deficiencias de ciertas antiguas y envejecidas tradiciones, ya sean castellanas, ya vascas o catalanas”. De hecho, fue enérgica su condena del egoísmo particularista de los nacionalismos vascos y catalanes, como también del ruralismo tosco y centralista castellano, del que salva la lengua como la gran aportación de Castilla al mundo y a las llamadas ahora nacionalidades periféricas.
Unamuno que no tuvo dificultad en defender sin fisuras el vasquismo, al mismo tiempo que frente al insolidario “¡Sálvese quien pueda!”, gritó tan fuerte como fue capaz «¡Salvémonos todos juntos!». Unamuno cuestionó el patriotismo clasista de raíz militarista, como lo hizo de ese otro “patriotismo de campanario”, “donde las banderas se utilizaban para excluir al vecino”, ese patriotismo de poca altura, regionalista cuando no simplemente ruralista cuya base está en el “imperativo medieval religioso de dividir para reinar”, enemigo de un cosmopolitismo que ya en los comienzos del siglo XX se adivinaba como el futuro. Frente a este mundo antiguo, Unamuno proponía un patriotismo capaz de defender un estado moderno e integrador de la diversidad democrática con una separación real entre el Trono y el Altar. No fue casualidad que fuese Unamuno quien leyera desde el balcón del Ayuntamiento de Salamanca la proclamación de la República, aunque luego, -ya lo saben-, la historia se torciese.
No estuvieron solos Cajal y Unamuno en este empeño patriótico que en el primer tercio del siglo XX permitió que España sentase las bases de lo que con toda propiedad se llamó la Edad de Plata de las letras y de las ciencias españolas. Una época que rompe con esa leyenda negra de la incapacidad de España para el pensamiento filosófico y científico. No hubo área del conocimiento donde no se produjese este resurgimiento. De hecho la visita de Einstein a España en 1923, no fue solo la respuesta cortés a las invitaciones que desde Barcelona le habían hecho Esteve Terrades i Illa, ingeniero de caminos y matemático, en nombre del Institut d’Estudis Catalans, y desde Madrid el matemático Julio Rey Pastor en nombre de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) , sino también y sobre todo porque existían instituciones como las citadas y personalidades como Terradas y Rey Pastor, representantes de ese resurgir del pensamiento humanístico y científico español que habían despertado el interés de los científicos del mundo. Una época que se oscureció con la larga noche de la dictadura y, aunque la llama sagrada del conocimiento no se apagó del todo en este país ni siquiera en las épocas de mayor desventura, solo ahora tras varias décadas de democracia está de nuevo comenzando a descollar.
El patriotismo de Cajal y Unamuno son un ejemplo hoy para todos los ciudadanos, científicos o no, filósofos o no, y un estímulo para trabajar con entusiasmo por un futuro mejor.

Aclaratorio escrito en el que desde la visión de dos insignes personalidades, nos muestras como un mismo concepto, manejado y enfocado desde perspectivas ideologicamente interesadas, pueden representar aspectos más diferenciadores que aunadores.
Como bien dices, que nos sirva para avanzar juntos en un futuro mejor, especialmente para los que nos observan atentamente y nos van a suceder.
Enhorabuena. Federico!!
Sinceramente agradecido por recordarnos a todos aspectos esenciales de la naturaleza humana desde la visión de dos de las más grandes figuras del pensamiento español de los últimos tiempos. Figuras que desde sus lógicas y respetuosas discrepancias unieron y enfocaron sus opiniones hacia intereses comunes. Es una pena que inteligencias tan preclaras como las que nos ha rescatado el Dr. Soriguer permanezcan en el más lamentable olvido. Es muy difícil enfocar el futuro sin echar una mirada al pasado. Enhorabuena.