Antonio Heredia Bayona
Academia Malagueña de Ciencias
Hay ojos que van al fondo de las cosas. Que divisan un fondo. Y otros que van a lo profundo de las cosas. Estos no divisan ningún fondo. Pero ven más profundo.
Paul Celan.
Según el diccionario de la Real Academia Española la palabra excelencia significa superior calidad o bondad que hace de singular aprecio o estimación algo. Un término que en los tiempos actuales se usa con demasiada alegría provocando interpretaciones confusas y a menudo erróneas. Una palabra que vende mucho en los tiempos actuales de exaltación del yo propio, de un equipo humano o de una institución a la vez que marca un carácter sectario, localista y competitivo de difícil catalogación. Admitamos a priori que existen personas y equipos humanos excelentes y que hay también instituciones, públicas y privadas, de excelencia. ¿Una institución de excelencia lo es porque la suma de sus constituyentes es excelente? La misma pregunta es aplicable a un equipo de personas, piensen deportistas, artesanos, profesionales, académicos o investigadores. ¿Qué implica realmente esto?, ¿cómo se cuantifica dicha excelencia?, ¿cómo se mantiene en el tiempo? Son muchas preguntas de difícil respuesta. Intentemos una primera aproximación a las mismas.
La sociología nos indica que la actual profusión del término excelente o de excelencia es consecuencia del postmodernismo que nos invade desde hace pocas décadas. Fruto, quizás, del desencanto modernista y de la inseguridad implícita que ha generado y que la globalización y auge de las redes sociales se han encargado de potenciar de un modo tan disperso como confuso. Consiguiendo, eso sí, el paso de una potencial excelencia trascendente a una excelencia inmanente como respuesta radical a uno de las grandes consecuencias de la modernidad tardía, la vulgaridad. Hoy día, permítanme la exageración, todo el mundo está encantado de conocerse, inundando las redes sociales con detalles sobre dónde estoy, qué hago, qué leo y escucho y de parecer especial y diferente a sus colegas, amistades y vecindad. Para exteriorizar, en lugar de interiorizar y decantar serenamente lo notable de dichas acciones transitivas. No nos extrañe que la profesión, llamémosle así, de influencer es una de las más apetecidas de la juventud de nuestro país. Extrapolado a determinadas agrupaciones, equipos e instituciones tener la excelencia como medalla o identidad social otorga un carisma que genera la más de las veces una explícita admiración. Como escribe Javier Gomá hoy asistimos a una especie de excentricidad de masas: todos idénticos en nuestra pretensión de ser únicos. Nos olvidamos con frecuencia que esa actual miríada de personas y entidades catalogadas como excelentes son, en la mayoría de los casos, fruto de una perversa e intencionada manipulación del big data y de sus creativos algoritmos, los auténticos y fríos sensores que detectan y canalizan el juego de lo posible a nivel individual, social y político. Una de las consecuencias de dicho juego es la creciente trivialización y la subsiguiente sobreactuación que imponen la mayoría de los medios de comunicación. A un nivel local, supongo que se habrán percatado, desde hace unos años, de la vorágine de premios y premiados que se presentan y descubren en las webs de agrupaciones y sociedades de todo tipo, así como en las de instituciones públicas (universidades, ayuntamientos, diputaciones). En la gran mayoría de los casos la palabra excelencia y talento aparecen, sin desmayo, una y otra vez. Como bien indican varios expertos es como si la ilusión de la excelencia o del carisma de ser el/la/lo mejor fuese algo imprescindible en nuestro tiempo a la vez que asegura una falsa y provisional referencia y seguridad emocional y psicológica de la mayoría de las personas en situaciones de cambios y, a veces, de colapsos sociales. En otras palabras, efímera seguridad emocional en medio de la inseguridad. Efímera, también, en muchos casos dicha cualidad de excelencia y talento que se otorga, puesto que la flecha unidireccional del tiempo no perdona nada ni a nadie y nos situará a todos en el sitio que merecemos. Supongo que está claro que, analizado de este modo, cuando en ciertos campos y áreas de diversas actividades descubramos en un futuro próximo que casi toda organización es excelente habrá que buscar otro término, otra mención para conseguir una especie de supraexcelencia como requisito evolutivo. O, ¿por qué no?, implantar y normalizar un agotador y costoso ejercicio de evaluación permanente que pueda eliminar caducadas medallas de excelencia. Adoptar esta cansina perspectiva nos llevaría a considerar la excelencia, en la gran mayoría de los casos, como una auténtica y peligrosa impostura.
Si nos acercamos a algunos ejemplos con una mirada no superficial, aparecen de inmediato las sombras que acompañan a la actitud de aceptar sin más el rasero de la excelencia. El triunfo en campeonatos de alto nivel de equipos deportivos (lean fútbol si lo desean) para una mente medianamente sensible y crítica se ve apagado, entre otras actitudes, con el modo en que la mayoría de sus protagonistas y su legión de seguidores celebran sus méritos. Sobreactuaciones y sobrevaloraciones gratuitas, sin apenas atisbo de humildad y de dudoso gusto en el mejor de los casos. O, a un nivel que me es familiar, las reacciones de los investigadores y de las universidades a la publicación de los famosos rankings de excelencia. Los medios de comunicación tienen mucho que ver en la publicitación, superficial siempre en el contenido y léxico empleados, de dichas clasificaciones; a la vez, los correspondientes afectados simultanean emociones de decepción, rechazo y falso triunfo dependiendo de cómo les vaya. En este sentido, la ausencia de la narración adecuada, de transparencia, de rigor, debate y autocrítica se echan en falta año tras año. Lo mismo comienza a acontecer con el amplio abanico de costosos programas y convocatorias que la actual política científica nacional y autonómica pone a disposición de los equipos de investigación, de investigadores no consolidados y los centros de investigación. La obtención de dichas subvenciones se suele tomar como marcadores de excelencia científica e investigadora. Bienvenido este esfuerzo de inversión en conocimiento pero, en estos últimos años, su gestión se asemeja más a una especie de olimpiada anual perpetua en la que aspirar a medalla depende de variables, a menudo lejos del intrínseco y justo valor de los solicitantes, competidores en estos casos, porque, no lo duden, se trata de una áspera y agotadora competición cruzada de diversas convocatorias en las que, en determinadas ocasiones, las reglas de juego, gestión y finalidad no están claras, escasea la transparencia en la selección y donde la cantidad, casi siempre la cantidad, vale más que la difícil evaluable calidad. No es difícil imaginar que algunas de las excelencias encumbradas por estos programas sufrirán en el futuro la gratuita sobrevaloración a las que fueron sometidas. Todos conocemos ejemplos. Es lo que ocurre cuando se abusa de los calificativos. Lo anterior recuerda unas sabias palabras de Chateaubriand, quien en su época vio pasar a muchos compatriotas “de la mediocridad a la importancia, de la importancia a la necedad y de la necedad al ridículo”. Podría ser más formativo revisitar, abandonar y modificar un determinado vocabulario y su gramática para hablar seriamente de lo que es realmente excelente en nuestro mundo actual.
Llegado este punto podríamos preguntarnos cómo acercarnos a la excelencia, no ya de los grupos e instituciones, sino de sus auténticos protagonistas: las personas a las que pertenecen. Sin duda, recordemos la definición del inicio, hay afortunadamente personas con un plus de calidad y de bondad. Personas que no viven aisladamente, que no se esconden y que al referirme a ellas adopto la sugerencia de modificar el vocabulario. Mujeres y hombres singulares que, por encima de los éxitos reconocidos de sus trabajos y modos de mirar, saben interpretar y estar en este mundo, han tenido y tienen la vocación no de ser los mejores (¿qué es realmente ser mejor?) sino sencillamente ser buenos o, si lo desean, muy buenos en sus respectivos y variados cometidos. Muy probablemente sin proponérselo dichas personas trabajan generosamente mejorando su espacio vital inmediato, comportamiento que, a veces, afortunadamente, de un modo sutil se extiende y amplifica fuera de dicho entorno obteniendo así su merecido reconocimiento. O, mírenlo de otro modo, personas que han aprendido a dar valor a las cosas para poder saber lo que es bueno y válido. Bondad con mayúsculas en la singularidad de sus actitudes y aptitudes; saben y son conscientes, no obstante, de que ello es fruto del camino recorrido, en cuyo polvo está el verdadero oro como decía Borges, de la suerte, quizás de estar en el momento oportuno en el sitio adecuado, de asumir los altibajos cíclicos de la vida como un patrón de enseñanza, de la compañía bien elegida y de la mirada serena y admirada hacia otros, siempre bajo la convicción del inevitable carácter contingente de la vida. Personas que, a pesar de todo, pueden sentirse dignamente satisfechas con sus respectivos oficios. La verdadera excelencia, la ejemplaridad silente, está en ellas. El poeta Claudio Rodríguez lo recogió de un modo muy hermoso: Dichoso el que un buen día sale humilde de su casa / … / y abre su taller verdadero / y en sus manos brilla limpio su oficio / y nos lo entrega de corazón porque ama / y va al trabajo temblando como un niño … /.
Los anteriores ejemplos corresponden a personas que nos proporcionan una verdadera y tangible seguridad en medio de la inseguridad y la mediocridad, y además nos ayudan y acompañan con su insobornable ejemplo (excellentia en latín significa también protección) a recorrer el siempre indefinible y borroso camino de la incertidumbre. Ejemplos humanos que, como recientemente indica el filósofo Han, trabajan humildemente sin saberlo por un indicio de esperanza, por algo que sea sencillamente bueno y no porque tenga éxito garantizado. Personas, en fin, que evitan los perversos y empalagosos círculos de egos que tanto proliferan en estos tiempos y que demuestran en silencio que la verdadera calidad huye de la cantidad y de lo uniforme. Estas personas trabajando en soledad o en equipo, en instituciones públicas y privadas a las que proporcionan una fugaz iridiscencia especial, han aprendido a mirar a lo profundo de las cosas, son también conscientes al comportarse conforme a la excelencia de la que son portadores, como diría el imperativo kantiano, y son, en última instancia, una fuente de diversos valores a los que deberíamos referirnos cuando nos atrevamos a pronunciar la palabra excelencia.
Apliquemos ahora, hagamos el esfuerzo de recorrer y extrapolar estas ideas a decenas y decenas de ejemplos, desde un modesto taller artesano hasta una institución académica o investigadora. Nos podemos preguntar si la existencia de personas así, a modo de masa crítica, garantiza la ansiada excelencia de las instituciones, empresas o equipos humanos a los que pertenecen. Les dejo la respuesta a cada uno de ustedes; soy muy escéptico en este punto. Me conformaría con que, al menos ese mérito, se contemplara, analizara y se valorara con otra óptica menos fría que la evaluación de un algoritmo, de una comisión miope y sectaria o de un jurado arbitrario, en la que valores como la verdadera ejemplaridad como canon de la excelencia involucre de modo integral facetas de lo humano, para que una decidida vocación por encontrar nuevos caminos y una verdadera creatividad se fuesen críticamente valorando e imponiendo poco a poco. En suma, una pública, verdadera y transformadora excelencia que haga, en nuestra compleja sociedad actual, verdadera pedagogía, especialmente entre los más jóvenes. Sobran los análisis superficiales, los fraudes, los vendedores de humos y los contagiosos y huecos postureos sociales. No es fácil, nunca lo ha sido. Mi querido y admirado Spinoza al final de su Ética lo dejó claro después de páginas y páginas de demostraciones geométricas sobre dios, la naturaleza y las emociones humanas: Sed omnia praeclara tam difficilia, quam rara sunt. Mas todo lo excelso es tan difícil como raro.
*Antonio Heredia Bayona es catedrático de la UMA, investigador del IHSM-CSIC-UMA y miembro de número de la Academia Malagueña de Ciencias.
Nota: la imagen de cabecera es obra de Antonio Heredia Bayona y ha sido captada en las vidrieras del edificio de la sede central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC, Madrid).

Querido Antonio. Iba a decir que has escrito un artículo excelente. Pero para no contradecir el espíritu del artículo, me conformaré con decir que me ha gustado mucho y que es muy bueno.
Enhorabuena
Federico
Magnífico artículo que a todos nos hace reflexionar. Enhorabuena. Y más aún por los «latines» de Spinoza, tan olvidados en los nuevos planes de estudio.
La dinámica que obstaculiza la ejemplaridad y la excelencia pudiera tener una réplica institucional.
En el procedimiento de elaboración de la Constitución de los Estados Unidos, se tuvo presente evitar, en los representantes de los ciudadanos americanos:
«La habilidad en la pequeña intriga y en esos bajos trucos que provocan la popularidad, puede ser suficiente para encumbrar a un hombre hasta el primer puesto de un Estado…» (Hamilton & Madison, El Federalista LVII)
Enhorabuena por el artículo, me ha parecido gustado mucho como has ido conduciendo el análisis de la excelencia, tan manoseada hoy día, y que como has explicado cual es la verdadera excelencia. Gracias