Vie. Sep 18th, 2026

DESMONTANDO A LA CIENCIA. V. La tecnología nos salva, la tecnología nos mata.

Federico J. C-Soriguer Escofet*

Academia Malagueña de Ciencias

Yo bebo poco, pero cuando bebo me convierto en otra persona que bebe mucho”. Este chiste habla con un cierto humor negro del desdoblamiento de personalidad en el que muchos, ahora aquí hablo de muchos científicos, viven. Como ciudadanos saben que parte de los problemas de nuestro tiempo son debidos al crecimiento extraordinario de conocimiento, pero cuando se ponen la bata de científicos son incapaces de parar. Y esto es así por muchas razones, pero no es la menor el hecho de que hoy la mayoría de los científicos no lo sean propiamente, no al menos tal como los científicos aparecían hasta hace no demasiado, sino investigadores, (en ciencia) tal como un mecánico lo es en la reparación de averías de un coche. 

En cierto modo ya lo advertía Ortega hace muchos años. Para Ortega la vida es un caos, una selva, una confusión en la que el hombre se pierde. Un naufragio del que la única manera de salir es mediante la construcción de un sistema de ideas claras y firmes sobre el Universo, sobre lo que son las cosas y el mundo. “Nuestros actos siguen a los pensamientos como la rueda del carro sigue a la pezuña del buey” (dice Ortega citando un proverbio indio). Es en este sentido que “somos nuestras ideas”. Y es a este conjunto de ideas más o menos sistematizadas a lo que se puede llamar propiamente cultura.   Y para Ortega este cuaderno de bitácora no lo proporciona solo la ciencia. “La ciencia no es cultura”, llega a decir. En realidad, lo que quiere decir Ortega es que, siendo la ciencia imprescindible, la ciencia sola no proporciona los instrumentos para gestionar bien la vida propia y la de los otros.

Un buen científico puede ser “un sabio” en su disciplina, pero no será un hombre culto si carece del sistema vital de ideas que corresponde a su tiempo.  Ortega cita de nuevo una conversación de Chuang Tse, un pensador chino del siglo IV antes de Cristo, con personajes simbólicos: ¿Cómo podré hablar del mar con la rana si no ha salido nunca de la charca? ¿Cómo podré hablar del hielo con el pájaro de estío si está retenido en su estación? ¿Cómo podré hablar con el sabio de la Vida si está prisionero de su doctrina?

En la primera entrega de esta serie, llegábamos a la conclusión de que si queremos tener algún futuro hay que “desacelerar el futuro”. Hay que parar para pensar a dónde queremos ir. Hoy hay tal cantidad de conocimiento desaprovechado o mal aprovechado que seguir acumulando información carece de sentido. Lo dijo mejor T.S. Elliot en su poema: “El primer coro de la roca”: “¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?/¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?/¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?”…. Parecería como si la ciencia y los científicos estuviesen aquejados del síndrome de Diógenes, aunque en vez de acumular basura se acumula información perfectamente prescindible. 

Cuando en los foros pertinentes se habla de cómo se podría detener el calentamiento global y el deterioro del medio ambiente hay una cierta unanimidad en que lo que está ocurriendo es consecuencia de la velocidad con la que se está interviniendo en la naturaleza, consumiendo los recursos gracias a las crecientes capacidades tecnológicas. De hecho, ya consumimos más recursos naturales de los que la naturaleza puede reciclar y devolver. Frente a este reto gigantesco hay también una cierta unanimidad de que la solución pasa por más ciencia y más y mejor conocimiento, de manera que se desarrollen tecnologías que permitan mitigar o hacer retroceder el calentamiento global y la degradación del medio ambiente. Es esta una solución sorprendente y sobre todo ingenua.  Supone la creencia de que los mismos agentes (la ciencia y la tecnología) que nos han traído hasta aquí son también los que nos salvarán. 

Hoy hay suficiente evidencia histórica como para saber que por cada problema que la ciencia y la tecnología resuelven, crean otros nuevos, en un círculo nada virtuoso que nos hace correr como el galgo tras la falsa liebre.  Otros, los más optimistas, siguen creyendo que es posible separar la ciencia que generaría el conocimiento de la técnica o tecnología y que será posible generar un conocimiento capaz de transformarse en una tecnología obediente a las buenas intenciones de los científicos. Ojalá fuese así, pero no todos los científicos tienen buenas intenciones (¡son humanos!) y, además, se ha demostrado imposible evitar que una vez el genio (tecnológico) es liberado de la lámpara sea utilizado por fuerzas (el mercado y los estados) mucho más poderosas que las de los científicos, por muy bienintencionados que estén. Pero quizás se entienda mejor con esta historia de Russel y Polayni. En enero de 1945, la BBC entrevistó a Bertrand Russel (filósofo, matemático, Premio Nobel de Literatura en 1950) y a Michel Polany (Físico, economista, filósofo y fundador de la “sociedad para la libertad de las ciencias”). En el curso de la entrevista un oyente preguntó sobre qué tipo de uso cabría esperar de la física cuántica. Las respuestas de ambos debieron ser vagas, porque en 1962, Polany al revisitar esta entrevista hizo el siguiente reconocimiento: “Russell y yo deberíamos haberlo hecho mejor al prever estas aplicaciones de la relatividad en enero de 1945” (la explosión de Hiroshima tuvo lugar el 6 de agosto de 1945, siete meses después de la entrevista de la BBC). Sí, Russel y Polany debieron ser más contundentes a la hora de prever las consecuencias del uso de la energía nuclear.

La otra conclusión en la que también coinciden todos los expertos es que hay que conseguir cambiar los hábitos de la población. Naturalmente los hábitos de la población no cambian fácilmente o no cambian espontáneamente al menos a corto plazo. Porque en este caso los cambios suponen privarse de muchos espacios de confort a los que la tecnología nos ha acostumbrado y comenzar a descubrir el bienestar en objetos menos tangibles. Y esto no es fácil de conseguir porque implica que hay que desacelerar la velocidad de crucero. En cierto modo recuperar el valor de la lentitud y es sobre este objetivo, que ahora se adivina imposible, de lo que hablaremos en la próxima y última entrega.

*Federico J. C-Soriguer Escofet es médico. Académico de Número de la Academia Malagueña de Ciencias y Coordinador de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades.

Agradecemos la foto de cabecera debida a Aideal Hwa en Unsplash

0 comentario en “DESMONTANDO A LA CIENCIA. V. La tecnología nos salva, la tecnología nos mata.”
  1. La lentitud que nos indicas en la parte final de tu texto y que desarrollarás en el último capítulo, me gustaría que se pudiera aplicar a la entrega de tus artículos, para que el final tarde en llegar.

    Las aparentes identidades que no lo son tanto, ciencia y cultura, científico e investigador, ciencia y tecnología.., me ha gustado enfocarlas adecuadamente para mejorar el camino con una planificación previamente razonada, el «acto pensado» de tu texto.

    Enhorabuena, Federico!

    1. Gracias Ricardo. He aprendido mucho con la multidisciplinaridad de la Academia. El contacto con los ingenieros, por ejemplo, me ha ayudado a conocer mejor las relaciones entre la ciencia y la tecnología. Un abrazo

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