PERIODOS DE RETORNO.
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PERIODOS DE RETORNO.

José Damián Ruíz Sinoga

Academia Malagueña de Ciencias

La fenomenología torrencial de nuestro entorno nos tiene muy acostumbrados a escuchar el término “periodo de retorno” referido a la probabilidad de que se produzca tal o cual precipitación en un lugar determinado, y durante décadas ha sido una referencia básica para el análisis hidrológico y la gestión del riesgo de inundación. Bajo su aparente sencillez -“una lluvia de 100 años tiene un 1% de probabilidad anual de ocurrencia”-, se esconde una concepción probabilística que ha guiado la planificación urbana, el diseño de drenajes y la delimitación de zonas inundables. Sin embargo, en territorios mediterráneos como la provincia de Málaga, caracterizados por precipitaciones extremadamente irregulares, alta energía convectiva y topografía abrupta, el uso acrítico de los periodos de retorno conduce a graves distorsiones en la evaluación real del riesgo, hasta el punto de poder inducir a un falso concepto de seguridad.

Su cálculo parte de la hipótesis de que el régimen climático e hidrológico permanece estable en el tiempo, pero esta premisa resulta hoy insostenible en una provincia que experimenta un rápido proceso de tropicalización climática, con veranos más largos y secos y lluvias cada vez más concentradas en pocos episodios de alta intensidad. Las series históricas de estaciones como Málaga-Ciudad Jardín, Ronda o Vélez-Málaga muestran un descenso de la precipitación anual media acompañado de un aumento de los máximos horarios y diarios.

Así, episodios que los manuales técnicos catalogaban con periodos de retorno de 100 años —como las lluvias de octubre de 1989 en el Guadalmedina, las de noviembre de 2012 en el Valle del Guadalhorce o las de septiembre de 2022 en Ardales y Campillos— se repiten con una frecuencia que contradice el supuesto de “rareza estadística”. En otras palabras, lo excepcional se está volviendo habitual, y seguir aplicando los periodos de retorno tradicionales equivale a planificar el territorio con mapas del pasado.

Además, su estimación se basa en ajustar una función de distribución (Gumbel, Log-Pearson, GEV) a una muestra de máximos anuales. Sin embargo, las series pluviométricas malagueñas son cortas, discontinuas y altamente variables. En muchas estaciones de montaña o interior apenas se dispone de 30 o 40 años de datos completos, insuficientes para estimar con fiabilidad eventos con retornos de 100 o 500 años. Además, las discontinuidades en las observaciones —cambios de emplazamiento, periodos de ausencia de datos, alteraciones del entorno— introducen sesgos adicionales. De ahí que la aplicación de estos cálculos a la escala municipal, por ejemplo, para el diseño de colectores o la delimitación de zonas inundables en los Planes Generales de Ordenación Urbana (PGOU), genere una falsa sensación de precisión. Se adoptan valores de lluvia “de diseño” como si fueran magnitudes exactas (p. ej., 110 mm en 2 h para T = 100 años), sin reconocer los márgenes de error ni la enorme variabilidad espacial de la precipitación en la provincia: un núcleo convectivo puede descargar 120 mm en el Limonar y apenas 10 mm en Campanillas, a menos de 20 km de distancia.

Así pues, su uso extendido en planes de protección civil o estudios hidráulicos ha fomentado una confusión entre peligro y riesgo. El primero alude a la probabilidad de que ocurra un fenómeno físico, mientras que el segundo integra la exposición y la vulnerabilidad de la población y del territorio. En Málaga, donde la urbanización ha ocupado ramblas, vegas y fondos de valle, el verdadero riesgo no depende tanto de si la lluvia tiene T = 50 o 100 años, sino de cómo se ha construido y gestionado el territorio. Y ese es un elemento básico, crucial, a la hora de decidir qué hacer con la integración urbana del Guadalmedina, especialmente porque la energía se convierte en toneladas y toneladas de acarreos.

Avenida en el arroyo Jaboneros con importantes acarreos de material sólido.

Barrios como Guadalmar, El Palo, Campanillas o zonas bajas del Guadalhorce han sufrido repetidas inundaciones en las últimas décadas con lluvias muy por debajo del umbral teórico del “evento centenario”. La expansión urbana sobre suelos aluviales impermeabilizados, la desaparición de las zonas de laminación natural y el colapso de redes de drenaje convierten episodios ordinarios en emergencias urbanas. Mientras tanto, los modelos estadísticos siguen clasificando esos episodios como “anómalos”, alimentando una peligrosa y falsa ilusión de control técnico.

La geografía física de Málaga —con una abrupta transición entre la montaña y el litoral— acentúa la respuesta torrencial de las cuencas. Los cauces del Guadalmedina, Campanillas, Benamargosa o Guaro responden con picos de caudal casi instantáneos a lluvias de corta duración e intensidades superiores a 80–100mm/h. En estas condiciones, la escala temporal de análisis (1 hora, 6 horas, 24 horas) y la duración del evento resultan determinantes, hasta el punto que se ha establecido el concepto de precipitación geomorfológica, definiendo por tal a aquel aguacero de corta duración, pero de extrema intensidad con capacidad de erosionar las laderas y acarrear toneladas de suelo. Sin embargo, los modelos basados en el periodo de retorno reducen la complejidad del proceso a un único valor medio, ignorando la estructura interna del episodio: la distribución temporal de la intensidad, la antecedencia húmeda o la concentración espacial de la tormenta, que se mostraron determinantes en la tormenta Gloria, allá por 2020.

Este desfase se refleja también en los mapas de peligrosidad elaborados a partir de periodos de retorno fijos. En zonas como el litoral de Vélez-Málaga o el entorno del embalse del Limonero, se han cartografiado áreas con supuesta “inundabilidad 100 años” que ya han sido afectadas por lluvias con T mucho menores. De ahí que los modelos actuales deban incorporar análisis no estacionarios, que integren las tendencias climáticas, el cambio de uso del suelo y la modificación de la respuesta hidrológica de las cuencas.

Ante todas estas limitaciones, se imponen nuevas estrategias de análisis y gestión del riesgo adaptadas al contexto mediterráneo malagueño, como (1) modelos no estacionarios que vinculen los parámetros de las distribuciones estadísticas con variables climáticas (temperatura, NAO, humedad del suelo) o de uso del suelo, (2) con una simulación hidrológica continua, que permita evaluar la respuesta de las cuencas ante secuencias de lluvia realistas, considerando procesos de infiltración, evaporación y almacenamiento, con (3) una cartografía de daños históricos basada en registros reales de inundaciones, fotografías aéreas, teledetección y testimonios locales, que complemente la visión estadística, con (4) la integración territorial del riesgo, incorporando la ordenación del territorio como herramienta preventiva: limitación de usos vulnerables en zonas de flujo preferente, permeabilización urbana, restauración de cauces y zonas verdes de amortiguación, y con la activación de (5) sistemas de alerta temprana y monitorización local (pluviómetros automáticos, sensores de nivel, radar meteorológico) que reduzcan la dependencia de estimaciones estadísticas y permitan actuar ante la inmediatez del fenómeno.

Las DANAs de los últimos años, los desbordamientos recurrentes en el Guadalhorce y las avenidas relámpago en cuencas urbanas demuestran que el riesgo no es una cuestión de cifras, sino de territorio y gestión. El periodo de retorno, concebido en un contexto de estabilidad climática y ruralidad dominante, resulta insuficiente para un espacio densamente urbanizado, con presiones turísticas y agrícolas crecientes y una climatología cada vez más extrema, por lo que pretender que una lluvia de “100 años” defina la seguridad de una infraestructura o la delimitación de un suelo urbano es hoy un acto de fe estadística.

La provincia de Málaga necesita pasar de la obsesión por la probabilidad al enfoque adaptativo y preventivo, donde la gestión del riesgo se base en la vulnerabilidad real del territorio, la recuperación de la capacidad natural de drenaje y la cultura de convivencia con la torrencialidad. Solo así se podrá construir una seguridad hidráulica sostenible en una provincia que, por su geografía y su clima, seguirá viviendo con el agua como amenaza y como recurso.

*José Damián Ruíz-Sinoga es académico de número y catedrático de Geografía Física de la Universidad de Málaga, así como Vocal Coordinador de la Sección de Medio Ambiente y Territorio de la Academia Malagueña de Ciencias.