11 Ene LOS CIENTÍFICOS Y DIOS
Federico J. C-Soriguer Escofet*
Academia Malagueña de Ciencias
Tras la muerte del Papa emérito los elogios a su persona se suceden. Hecho que también se ha puesto de manifiesto en este blog con un excelente artículo del académico Dr. Francisco Sánchez Gallardo, titulado: “El Papa Benedicto XVI, un hombre de ciencia”.
Nada que decir al respecto pues no conozco bien la obra de Benedicto XVI, aunque haya seguido algunas de sus publicaciones y debates públicos, como el mantenido -cuando aún era el Cardenal Ratzinger y el responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe-, con Jürgen Habermas, o incluso el más reciente entablado entre el filósofo Peter Sloterdisck y el cardenal alemán Walter Kasper, cuyas discrepancias con Ratzinger son bien conocidas.
Son debates que siguen la larga tradición de la Iglesia Católica de intentar conciliar la fe con la razón, y que tuvieron en el famoso encuentro entre Bertrand Russell y el padre F.C. Copleston S.J en 1948, uno de sus mejores precedentes. En todo caso, y es una opinión personal, de todos los debates que he leído sobre la cuestión la única conclusión que se puede extraer es que los argumentos metafísicos y los científicos son inmiscibles.
Hasta la Ilustración, el modelo dominante de razonamiento era el escolástico que implicaba una clara subordinación de la razón a la fe (“la filosofía es sierva de la teología”) y en el que todo pensamiento debía someterse al principio de autoridad. Si algo cuestionaba “la verdad revelada” era imposible que fuese cierto, y a justificarlo y “a razonarlo” se dedicaron los mejores pensadores escolásticos. Copérnico o Galileo, fueron víctimas del pensamiento escolástico, pero no los únicos. De hecho, la Ilustración fue el resultado de una guerra, literal, contra el oscurantismo religioso, y, no en vano, se llamó al siglo XVIII el siglo de las luces. Un periodo que iniciado al menos un siglo antes, desde el punto de vista de la lógica científica se caracteriza, sobre todo, por invertir la carga de la prueba, primero con la irrupción de la lógica inductiva, que sistematizara Bacon, y luego con su cuestionamiento, dando paso al desarrollo de los métodos hipotéticos deductivos que Popper popularizaría con su proyecto falsacionista.
El enorme poder que la lógica científica estaba mostrando, acabó por arrumbar al rincón de la historia las posiciones dogmáticas que cancelaban la posibilidad de cualquier pregunta que pudiera incomodar a la verdad revelada. No fue fácil para los ilustrados romper con el oscurantismo religioso, ni a la religión sobrevivir a la embestida de la razón. Pero mirando hacia atrás sin ira, quizás la conclusión a la que podemos llegar es que ambos, la ciencia y la religión, han salido ganando. La primera por su secularización, y la religión con la “autoritas” conseguida tras la pérdida del poder censor.
En realidad, los conflictos entre razón y fe, comenzaron con las religiones monoteístas. No es casualidad que la relación con Dios de los físicos y filósofos griegos, fuera indiferente (Eduardo Battaner dixit). De entre los grandes físicos anteriores al siglo XXI, la mayoría fueron creyentes, como Kepler, Newton, Pascal, Maxwel, Eddigton o Kelvin. Una “tradición” que parece romperse con los científicos más recientes, donde predominan los agnósticos o ateos con una interpretación materialista de la realidad.
En 1996, Edward Larson realizó una encuesta a 517 físicos, biólogos y matemáticos de la Academia Nacional de Ciencias (EEUU). Los resultados, publicados en Nature, muestran que en EEUU el 93 % de los investigadores de primera línea se declaran ateos o agnósticos. Esta alta tasa de incrédulos entre los científicos americanos es especialmente relevante si tenemos en cuenta que la proporción de no creyentes en USA en los últimos años oscila, según los estudios, entre el 3 % y el 18 %.
Las cifras en la UE son aún más elocuentes. En lo que va de siglo, se está produciendo una oleada de obras procedentes de científicos y filósofos que militan en lo que algunos llaman un “neoateísmo radical”. Entre los autores más destacados: Michel Onfray en Francia; Karlheinz Deschner en Alemania; Richard Dawkins y Stephen Hawking en Gran Bretaña; Daniel Dennett en Estados Unidos, algunos de los cuales son promotores y miembros de la Alianza Atea Internacional. En la mayoría de estos textos hay una crítica a las creencias (en Dios) así como al dogmatismo, la superchería, o la instigación al pensamiento dualista, de las religiones. Frente a estos, hay otros científicos que, convencidos de la compatibilidad entre ciencia y religión, han escrito libros en defensa de esta tesis, a veces entrando en polémica con sus colegas del bando ateo. Es el caso de Stephen Jay Gould; Francis S. Collins, Trinh Xuan Thuan, Ramón Tamames, A.R. Wallace, Carlo Rubbia o Antony Flew por citar alguno. Pero en ningún caso la sangre ha llegado al río.

Por otro lado, los desacuerdos entre la fe, la religión y la ciencia solo se producen en determinadas cuestiones que afectan al dogma central de las creencias. El choque entre la ciencia y la fe tiene lugar, sobre todo, en aquellos asuntos relacionados con el origen del mundo (la creación del Universo), y con el origen del hombre (la creación de hombre). Es decir, de la fe con la física y la teoría de la evolución. Los choques de la ciencia con la religión tienen lugar sobre todo en aquellos asuntos relacionados con el comienzo de la vida de las personas (la ontogenia) y con el final (la muerte). Sin embargo, ni la fe ni la religión son suficientes para comprender el mundo, y al hombre dentro de él. Tampoco la ciencia lo es y cuando ha querido monopolizar las grandes preguntas y sus respuestas, se ha convertido en esa otra forma de religión dogmática, que algunos llaman “cientismo”.
Llegado a este punto es conveniente recordar que la fe, la religiosidad, la espiritualidad y la lógica (científica), tienen unas bases biológicas comunes y son el resultado de la larga historia filogenética que nos ha traído hasta aquí. Pero todas ellas son, sobre todo, artefactos culturales, condenados a convivir.
*Médico. Sección de Ciencias Sociales y Humanidades. Academia Malagueña de Ciencias.
Imagen de cabecera: Greg Rakozy en Unsplash