11 Jun LA PROTECCIÓN Y CONSERVACIÓN DE LOS ECOSISTEMAS MARINOS
Día Mundial de los océanos
Víctor Díaz-del-Río Español y Juan A. Camiñas Hernández
Academia Malagueña de Ciencias
Como cada año, desde que en el 2009 la ONU decidió establecer el día 8 de junio como fecha para la celebración del Día Mundial de los Océanos, nos encontramos de nuevo frente a un nuevo escenario en el que conviene recordar la importancia que tienen los océanos para la supervivencia de la vida en el Planeta. No son menores los riesgos y peligros que acechan a los océanos y a la vida marina que, en gran medida, son consecuencia del mal uso que el ser humano está haciendo del medio natural y sus recursos. Los problemas del océano no se generan únicamente en el propio medio marino sino que derivan, en gran medida, del deterioro del medio ambiente continental y atmosférico. No vamos a mencionar aquí todos los problemas que están experimentando los océanos, pero sí mencionaremos como muestra de ello, el preocupante incremento de la temperatura media del agua marina que se está registrando en las observaciones científicas diarias y que muestran una desviación media de 1.5ºC a 2ºC, tanto a nivel local como global. Es por ello que hoy queremos traer a colación algunos aspectos relacionados con el mundo oceánico ante los cuales la sociedad podría permanecer ajena, en la creencia de que, siendo nuestro modo de vida de tipo continental, poco podríamos hacer por la sostenibilidad del océano. No son pocas las personas que siguen preguntándose: “¿qué puedo hacer yo por el océano?” Parafraseando a Frédérique Raoult, Directora de Comunicación y Desarrollo Sostenible (SNCF), hacemos nuestra su inequívoca observación: “la protección del océano comienza en tierra firme”.

Afortunadamente y, justo es reconocerlo, gracias al papel que han desempañado las instituciones públicas en el fomento y divulgación de la ciencia mostrando los resultados del trabajo que realizan sus científicos, la sociedad -y al menos una parte importante de jóvenes, ONGs y estudiosos de estos temas-, tiene ya una cierta percepción de los graves problemas a los que se enfrentan y de los complejos procesos que analizan e investigan, que incluyen nuestras actividades en tierra, los océanos y la atmósfera, y que son cruciales para garantizar la salud de la población, los servicios ecosistémicos y la sostenibilidad de la vida en el Planeta.
Para ahondar en esta línea de sensibilización de la población hacia la ciencia, se han desarrollado varias iniciativas que buscan integrar a los ciudadanos en los proyectos de investigación, particularmente aquellos que necesitan amplias redes de observación del océano, como es el caso de la red de alerta por invasiones de medusas o el seguimiento de las aves marinas, avistamiento de mamíferos marinos, la llamada “ciencia ciudadana”, que han alcanzado muy notable éxito de participación. Por otra parte, la valoración que la sociedad hace de los científicos es materia que ya aflora positivamente en diversas encuestas en las que la población se muestra preocupada por los problemas ambientales y de salud, al tiempo que se manifiestan confiados en los científicos que los están estudiando y proponiendo medidas para paliar los daños más graves, o bien proponer soluciones innovadoras. Todo ello debe fortalecer el sistema de ciencia e innovación, pese a que en muchos casos, los gestores de la cosa pública y los responsables políticos hagan oídos sordos a las soluciones o propuestas de los científicos, ya sea por razones cortoplacistas o bien demoscópicas.
Sin lugar a duda son muchos los esfuerzos -coordinados y basados en la cooperación internacional-, que están haciendo los estados, particularmente los ribereños, para estudiar los océanos y comprender mejor el papel que desempeñan en el desarrollo de la vida y, fundamentalmente, en el sistema climático mundial. No hemos de olvidar que el objetivo de sostenibilidad fundamental es alcanzar el nivel cero de emisiones de CO2 reduciendo el calentamiento atmosférico en 1.50C sobre el nivel preindustrial. Pero no es menos cierto que dichos esfuerzos no se plasman con la contundencia necesaria en las inversiones tangibles que se realizan en la investigación científica y desarrollo tecnológico de las ciencias oceánicas. Las cifras globales de inversiones son incuestionables: “las ciencias oceánicas apenas representan entre el 0,04% y el 4% del gasto total en investigación y desarrollo a nivel mundial”. Ahí tenemos un reto que cada Estado debe de arrostrar con el fin de encontrar un nuevo compromiso más acorde con el reto que comporta alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible antes del año 2030.
Un elemento que puede ayudar a entender mejor la razón por la cual es necesario reforzar la investigación científica y tecnológica marina, es desentrañar el papel que desempeñan los océanos en la absorción del CO2 acercando el conocimiento adquirido a la sociedad, esto es, “divulgando”. Las escuelas y centros de enseñanza son magníficas plataformas para difundir ese conocimiento. De no menor importancia es de destacar la necesidad de conservar la diversidad biológica que contienen los mares, océanos y zonas costeras. Dicha diversidad biológica sostiene el funcionamiento de los ecosistemas y proporciona servicios esenciales para el bienestar humano. Es preciso destacar que esa biodiversidad es fundamental para la seguridad alimentaria, la salud humana, el suministro de aire y agua potable, y contribuye a la subsistencia de muchas poblaciones costeras y al desarrollo económico y social de muchas naciones. Sin embargo, y para desgracia de la humanidad, la diversidad biológica se sigue perdiendo.
En este contexto, las Partes del Convenio sobre la Diversidad Biológica, aprobaron en 2010 en Nagoya (Japón) el Plan Estratégico 2011-2020. Y la Asamblea General de ONU declaró 2011-2020 el Decenio de las Naciones Unidas sobre la Biodiversidad. El Plan Estratégico de la Convención de Diversidad Biológica y las metas Aichi (el Plan Estratégico se compone de una visión compartida, una misión, objetivos estratégicos y 20 metas, conocidas como las Metas de Aichi) incluyó algunas metas para los océanos y la costa, no muchas pero importantes:
- Para 2020, todas las reservas de peces, invertebrados y plantas acuáticas se gestionan y cultivan de manera sostenible aplicando enfoques basados en los ecosistemas, etc., y los impactos de la pesca en las AMP, especies y ecosistemas, se encuentran dentro de límites ecológicos seguros.
- Para 2020, se habrán identificado y priorizado las especies exóticas invasoras y las vías de introducción, y controlado o erradicado las especies prioritarias, y establecido medidas para gestionar las vías de introducción.
- Para 2020, al menos el 10 % de las zonas marinas y costeras, especialmente las de importancia para la diversidad biológica y los servicios de los ecosistemas, se conservan por medio de sistemas de áreas protegidas administrados de manera eficaz.
Con el fin de mejorar el flujo de las inversiones y coordinar los esfuerzos que cada estado realiza en esta materia, la ONU ha promovido la celebración del mencionado Decenio de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible de 2021 a 2030 con el propósito de establecer un marco común capaz de garantizar que las ciencias oceánicas apoyen plenamente los esfuerzos de los países por alcanzar los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Destacamos algunos temas clave sobre los que hay que avanzar que no nos resultarán muy ajenos a cuantos vivimos a orillas del Mediterráneo: (1) Gestión y adaptación de las zonas costeras; (2) Planificación espacial del medio marino y economía azul; (3) Establecimiento de áreas marinas protegidas de alto valor ecológico; (4) Gestión de las pesquerías. Ya se deberían haber cumplido la mayor parte de las ilusiones que llevaron a los países y la ONU en Nagoya a declarar ese decenio, pero desafortunadamente no ha sido así.

La FAO (2020) reconoce que “los avances científicos de los últimos 50 años han permitido mejorar en gran medida los conocimientos acerca del funcionamiento de los ecosistemas acuáticos, así como la conciencia mundial de la necesidad de gestionarlos de forma sostenible. Y que estos esfuerzos se han consolidado y han recibido prioridad con miras a abordar de forma coherente y coordinada, el Objetivo de Desarrollo Sostenible 14 (Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible) y otros ODS pertinentes para la pesca y la acuicultura”. Pero es evidente que las poblaciones de peces, crustáceos y moluscos explotados siguen estando en situación delicada. El mismo documento FAO sobre el estado mundial de los recursos marinos señala “El estado de los recursos pesqueros marinos evaluados por la FAO, ha seguido empeorando. La proporción de poblaciones de peces que se encuentran dentro de niveles biológicamente sostenibles disminuyó del 90% en 1974 al 65,8% en 2017, con un 59,6% clasificado como poblaciones de peces explotadas a un nivel de sostenibilidad máximo y un 6,2% como poblaciones subexplotadas. Las poblaciones de peces explotadas a un nivel de sostenibilidad máximo disminuyeron entre 1974 y 1989, y luego aumentaron al 59,6% en 2017, lo que refleja en parte una mejor aplicación de las medidas de ordenación. En contraste, el porcentaje de las poblaciones explotadas a niveles biológicamente insostenibles aumentó del 10% en 1974 al 34,2% en 2017”.
No cabe duda de que a pesar de la buena voluntad mostrada por los estados y las Organizaciones Internacionales de Naciones Unidas para la creación del Decenio sobre la Biodiversidad o la conmemoración del Día Mundial de los Océanos, no se han puesto todos los medios necesarios para revertir las tendencias crecientes de un mal uso de los recursos marinos ni para proteger, restaurar y conservar la biodiversidad marina, para nuestro propio uso y disfrute y el de las generaciones futuras.

Y ¿cómo nos enfrentamos desde las sociedades e instituciones científicas españolas a esta situación? Cierto es que en España se están haciendo importantes avances en las materias y compromisos citados y, de hecho, se han alcanzado algunas metas que hace unos años podrían parecer casi imposibles de lograr y que, sin embargo, se han acometido en un tiempo record. El trabajo que han desarrollado los científicos de cuantas instituciones han participado en los estudios que han permitido alcanzar tales logros, ha sido ingente y muy sacrificado, habiendo demostrado una sólida profesionalidad y una inmensa capacidad de coordinación interinstitucional e internacional. En este asunto podemos encontrar magníficos ejemplos, no solo en ciencias oceánicas y terrestres sino también en las ciencias biosanitarias y en muchas otras disciplinas científicas que se enfrentan a problemas derivados de la escasez de recursos, a su injusto reparto, a las nuevas pandemias o a situaciones de guerra en las fronteras marítimas, etc. Así pues hemos de felicitarnos por los avances científicos que tienen importantes retornos a la sociedad y que se deben a la productividad que generan estas colaboraciones en los equipos interdisciplinares e interinstitucionales, pero no podemos olvidar que para que la sociedad avance hacia un uso sostenible de los recursos naturales y la reducción de los gases de efecto invernadero y de sus efectos sobre el clima del planeta, y para que el bienestar y la igualdad estén más presentes en nuestras sociedades, son necesarios aún grandes esfuerzos en la formación de nuevos expertos, en la mejora de la educación y formación de la sociedad y en la concienciación de los menos ilustrados, insumisos de la ciencia y negacionistas de la realidad en que vivimos.
Pese a todo, hemos de ser más exigentes con nosotros mismos y tratar de encontrar las fórmulas que permitan impulsar los esfuerzos necesarios para alcanzar aquellos objetivos de desarrollo sostenible que más nos atañen, en cada uno de los cinco ejes centrales: PERSONAS, PLANETA, PROSPERIDAD, PAZ Y ALIANZAS. No es materia que solamente competa a políticos y científicos, si bien también convendrá mejorar el flujo de información que facilite la toma de decisiones más acordes con el asesoramiento que la ciencia presta para cuantos asuntos se relacionan con la celebración que queremos resaltar hoy el “Día de los Océanos y su gobernanza”. No son pocos los ejemplos en los que la ciencia recomienda una cosa y los gestores de la cosa pública deciden otra diferente, ante el riesgo evidente de que las medidas que se deban adoptar sean impopulares. En este terreno es muy delicado el papel que desempeña un científico, particularmente si son altos los niveles de incertidumbre de las medidas propuestas. El asunto se agrava cuando se pretende gestionar lo que aún no ha sucedido pero que puede suceder. Ese es el vidrioso espectro de los riesgos naturales (elevación del nivel del mar, tsunamis, erupciones volcánicas, etc.) que, por más que estén descritos, junto a sus graves efectos sobre el territorio, habitantes y bienes materiales, siempre causan asombro e inmensos desastres que en la mayoría de los casos se podrían haber evitado si se hubieran aplicado con rigor los conocimientos científicos.

Pero hemos de ser conscientes de que la ciencia no lo va a resolver todo. En el océano hay una diversidad notable de actores que intervienen e interactúan con el medio, con los recursos y entre sí. De aquí que la orientación de la ciencia no solamente ha de considerar el efecto del incremento de la población humana y su progresivo desplazamiento a las costas, incrementando así el desarrollo de infraestructuras en el litoral, el incremento del consumismo que genera una ingente cantidad de residuos no degradables que en gran medida acaban en el océano, los efectos del desarrollo de la industria orientada a la exploración y explotación de recursos naturales -vivos y no vivos-, el tráfico marítimo, las infraestructuras portuarias, etc. Desde la perspectiva del uso del océano por múltiples agentes, se convierte éste en un objetivo difícil de gestionar de manera integral. Por ello, es muy importante que en el ámbito regional, nacional, transnacional, se organicen foros que impulsen la toma de medidas vinculantes para las partes firmantes y así intentar garantizar la sostenibilidad del océano. Estos foros deben de conciliar el interés de los diferentes actores y de la sociedad. Pensemos que la situación actual es que no existe una autoridad internacional que gestione la gobernanza del océano global, y que los instrumentos que rigen el orden en este inmenso espacio marítimo están muy fragmentados y repartidos en multitud de organismos con competencias muy variadas. Es más, los efectos de esos instrumentos están limitados a los estados que hayan ratificado su pertenencia a cada organismo en particular, y por desgracia en ocasiones no están presentes los más decisivos.
Para concluir, se nos antoja harto difícil la protección y conservación del océano, de sus ecosistemas y sus recursos naturales, pues se ha de encontrar la manera de compatibilizar esa protección con el resto de actividades, vitales para el desarrollo de las sociedades, pero que deben tener como objetivo el mínimo coste ambiental.
La sostenibilidad y las generaciones futuras son las palabras clave que deben de permanecer en el horizonte de la sociedad y con ella en las ciencias oceánicas, la industria y la política. Deben de marcar las agendas en los años venideros hasta conseguir las metas propuestas para el año 2030, e incluso antes si ello fuera posible. El futuro del planeta depende, en gran medida, de que consigamos disponer de un océano sostenible en un corto plazo de tiempo. Probablemente, si cada uno de nosotros comienza a cuidar del océano desde tierra, podríamos avanzar mucho.
*El Dr. Díaz-del-Río y el Dr. Camiñas son oceanógrafos (J) que han desarrollado su actividad científica en el Instituto Español de Oceanografía.