LA CATEDRAL Y SU TEJADO: UNA HISTORIA CENTENARIA
4080
wp-singular,post-template-default,single,single-post,postid-4080,single-format-image,wp-theme-bridge,bridge-core-3.0.7,qode-page-transition-enabled,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode-theme-ver-29.4,qode-theme-bridge,qode_header_in_grid,wpb-js-composer js-comp-ver-6.10.0,vc_responsive

LA CATEDRAL Y SU TEJADO: UNA HISTORIA CENTENARIA

Francisco Cabrera Pablos

Academia Malagueña de Ciencias.

Hace más de veinte años, el modesto académico que suscribe publicó en la prensa local una serie de artículos a los que titulaba Málaga, la ciudad de las discusiones imperfectas, en donde, entre otras consideraciones —“superfluas”, según me dijeron—, dirigía un lamento a quién correspondiese sobre el lastimoso estado que ya presentaba el primero de nuestros templos como consecuencia de unas pertinaces goteras cada vez que caían —y discúlpenme la redundancia—, cuatro gotas.

Y resulta que este modesto académico recibió no pocas críticas al triste lamento y a la súplica, a quién correspondiese, de la imperiosa necesidad de un modesto tejado a dos aguas para nuestra centenaria Catedral. Incluso, algún responsable político y cultural del momento me espetó en el mismo medio que un servidor “pretendía matar moscas a cañonazos”. Y entre tanto discutir si eran galgos o podencos, Dum Romae consulitur, Saguntum expugnatur, que como mis latines están algo oxidados debe decir algo así como que “Mientras Roma discute, Sagunto perece”.

Muchos años después, la Catedral malagueña anda levantando, por fin, un tejado que, lejos de ser un problema, será la solución a uno que viene arrastrando desde hace más de cuatro siglos. Y es que, como decía el insigne profesor y arquitecto Juan Bassegoda, en una conferencia que dio en Málaga sobre este asunto, resultaba difícilmente explicable lo evidente. Y lo evidente era, como afirmaba Gaudí (que de arquitectura algo sabría) “que las casas deben tener sombrero y sombrilla”.

Tejado V. Rodríguez

Incluso sobre este asunto, hubo quien sostenía que en la Catedral malacitana nunca se proyectó un tejado, en un arranque no sé si de incompetencia o de ignorancia. Y vamos brevemente, porque los espacios no dan para más, a la Historia; que como decía el maestro Cicerón en su olvidada De Oratore La Historia es maestra de la vida”.

La Catedral de Málaga celebró la primera misa en 1588 y muy poco después, se trazó un plano, conservado en el Archivo General de Simancas y localizado hace treinta años por nuestro colega Manuel Olmedo, titulado de forma tan contundente como indiscutible: “Parecer que dieron sobre el cerramiento del coro de la Catedral de Málaga, a petición de Diego de Vergara, Juan de Mijares, maestro mayor de la Lonja de Sevilla y de la Alhambra de Granada, …Granada, 22 de mayo de 1590”. Insisto, “cerramiento del Coro de la Catedral de Málaga”.

Chereau. CP_629_IV15316

A comienzos del siglo XVIII el maestro grabador parisino Jacques Chereau, nos dejó una hermosa imagen que hallamos hace ya casi treinta años en la Biblioteca Albertina de Bruselas donde dormía el sueño de los justos. En dicha lámina, haciendo un extraordinario alarde de su portentosa imaginación, el amigo Chereau le ponía ya entonces un hermoso tejado a la iglesia malagueña: templo aún renacentista (es decir, solo crucero o transepto y girola o deambulatorio) a punto de comenzar la parte barroca iniciada, tras el acuerdo del cabildo de 1719, dos años después bajo la dirección del granadino José de Bada.

Sin embargo y a pesar de exceso imaginativo del parisino, nada se hizo entonces ni en los años que siguieron y eso que, en el verano del año citado, el cabildo eclesiástico pidió un informe al ingeniero que dirigía las obras del puerto malacitano, Bartolomé Thurus, sobre “lo material de la iglesia en lo alto de ella, por las muchas goteras que han experimentado en el invierno…”. Sólo tres meses después y en función de los informes recibidos, el deán acordó “reparar las goteras que causan las lluvias en lo labrado de la capilla mayor de esta Santa Iglesia, (y) se había resuelto proseguir la obra hasta acabarla”.

En el mes de agosto de 1728 volvían a reproducirse denuncias semejantes a las precedentes por culpa de las últimas tormentas padecidas, reconociendo los técnicos un aspecto esencial: “la obra antigua, que no está cubierta…”. Y con una machacona insistencia, el Archivo catedralicio está repleto de documentos que nos hablan del progresivo deterioro que un invierno sí y otro también producían las lluvias en el primero de nuestros templos.

Para analizar esta cuestión, el cabildo solicitó a Carlos III el envío de un arquitecto del suficiente prestigio como para resolver los problemas derivados de las filtraciones que padecía el edificio. El nombramiento recayó en Ventura Rodríguez, quien en 1764 proyectó un tejado a dos aguas sobre armaduras de madera, de par y pendolón en la nave mayor y jabalconadas en las naves laterales. No obstante, la tradicional falta de dineros impidió acometer entonces el proyecto y terminar la obra, quedando sin resolver el problema que padecía la primera de nuestras iglesias.

En 1794 se intentó de nuevo acabar lo inacabado, con un Plan Iconográfico de los arquitectos José Martín de Aldehuela y Miguel del Castillo conteniendo “lo que faltaba a la conclusión de la Iglesia”, por el cual recibieron 25 doblones. En nuestra opinión, la expresión señalada no podía referirse más que a la culminación de las cubiertas y a los motivos ornamentales que faltaban.

Imagen de la techumbre tomada del Diario SUR de Málaga

En el mes de enero de 1859, la denuncia que se formulaba sobre el asunto que nos ocupa era absolutamente demoledora: “En consideración al mal estado en que se encontraban varias de las bóvedas del templo, filtrándose por ella las aguas a causa de hallarse reblandecidas por la continuación de los temporales, y la absoluta carencia de recursos para remediar este daño; el de la base del tabernáculo toda quebrantada y en peligro de la mayor ruina y sin otros muchísimos reparos, cuyo remedio es urgente…”. Y así, hasta la extenuación.

Afortunadamente, al fin andamos levantando una cubierta, aunque hayamos tardado más de cuatro siglos. Parece que pronto veremos realizado el tejado a dos aguas que imaginara J. Chereau hace tanto: un tejado que ya en sí mismo será un atractivo más entre otros muchos para visitar la Catedral malagueña.

En cualquier caso y a modo de resumen, qué duda cabe que diligentes, lo que se dice diligentes, ni lo fueron nuestros mayores ni nosotros tampoco. “¡Cosas veredes!”, que decía Mío Cid.

*Francisco Cabrera Pablos es Dr. en Historia y Académico de Número de la Academia Malagueña de Ciencias, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y correspondiente de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera.