EL FUTURO, SOBRE EL QUE TAN MALOS AUGURIOS LLEGAN, PERO QUE NADIE CONOCE
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EL FUTURO, SOBRE EL QUE TAN MALOS AUGURIOS LLEGAN, PERO QUE NADIE CONOCE

Antonio Diéguez Lucena

Academia Malagueña de Ciencias

En su fascinante libro “El descubrimiento del futuro”, el historiador alemán Lucian Hölscher sostiene que la idea de que el ser humano se encuentra viviendo en los últimos tiempos de su existencia, en los albores del final del mundo, ha predominado en Occidente desde la Edad Media hasta casi el siglo XVIII, momento en el que empezó a remitir, para desaparecer, si dejamos de lado algunas minorías religiosas, en los siglos XIX y primera mitad del XX. “Todos los testimonios escritos de la Edad Media que han llegado hasta nosotros –subraya– coinciden en la creencia de hallarse en el último espacio de tiempo antes del fin del mundo” (p. 28).

Si hemos de aceptar esto, la consecuencia que se sigue es que el ser humano no siempre ha estado movido por la idea de seguir un camino recto hacia un futuro abierto, dependiente en buena medida de las decisiones del presente. Podría decirse que solo ha acariciado la idea de tener un futuro, bueno o malo, según vinieran dadas las circunstancias y las acciones, durante apenas un par de siglos. De hecho, según Hölscher, “la capacidad de proyectarse en un futuro no es una constante antropológica, ninguna facultad innata de la existencia humana en sí, sino una forma de pensar historiográficamente específica” (p. 10). No es que no hubiera antes, incluso en la Antigüedad clásica, en el mundo greco-romano, ningún concepto de futuro, pero este era mucho más restringido que el actual. Se refería casi exclusivamente a los acontecimientos que habrían de suceder más adelante en el tiempo, no a un espacio temporal amplio y coherente, aún no existente como real, en el que deberían cumplirse o fracasar las grandes expectativas de la humanidad. Conceptualizaban bien el hecho innegable de que ciertos eventos se han de dar en un tiempo posterior, pero no que el futuro, como abstracción, como un periodo temporal indefinido para el cual el presente es una preparación.

Esta es una tesis fuerte. Tendría que salvar al menos algunas excepciones, como la del teólogo español Luis de Molina, quien, como recuerda Jennifer Gidley en “The Future. A Very Short Introduction”, tematiza en 1589 la cuestión de si la omnisciencia divina compromete la contingencia del futuro humano y el libre albedrío. Pero es cierto que hasta el comienzo de la aceleración histórica que trajo consigo la revolución industrial las vidas de las personas, generación tras generación, eran más o menos las mismas en sus aspectos fundamentales. Un campesino medieval sabía perfectamente cómo vivirían sus nietos varias décadas más tarde. O sea, igual que él. “Nihil novum sub sole”, se lee en el “Eclesiastés”. De modo que el futuro no sería visto por lo general como un problema inquietante que, de una forma u otra, implicara a la sociedad en su conjunto.

Más matizada y fácil de aceptar es la interpretación que ofrece Gerad Delanty en “Senses of the Future”. En la Antigüedad clásica y en otras tradiciones culturales predominó una idea cíclica del tiempo, análoga a la sucesión de las Estaciones. Con el cristianismo (pensemos en San Agustin) se asume una visión lineal del tiempo, a modo de una flecha que apunta en una dirección, con un comienzo y un final en su trayectoria, visión que sería consagrada siglos más tarde por la física newtoniana. Lo que trae la época moderna, según Delanty, es la idea de un futuro abierto hacia el que nos proyectamos, la idea de que el futuro no es algo que está ya fijado, sino que está lleno de novedades inimaginables y de oportunidades que dependerán de lo que hagamos ahora y que, en el fondo, es lo que proporciona orientación al presente. Por eso, el futuro se convierte en un tema central de reflexión durante la época moderna. “A diferencia de la concepción moderna del tiempo –escribe–, la concepción antigua […] dejaba poco margen para que la acción humana cambiara el curso de la historia, ya que el mundo y la estructura de la realidad no pueden modificarse de manera efectiva” (p. 66). Y no solo eso, el futuro se torna en la instancia temporal fundamental desde la que se juzga el presente: “en nuestro tiempo –dice Delanty– el presente está siendo redefinido por el futuro: las sociedades contemporáneas están comenzando a verse a sí mismas a través de las lentes del futuro” (p. 21).

Hölscher, por su parte, defiende una segunda tesis que me parece atinada: la noción actual de futuro encierra una equivocidad que la sigue lastrando, “ya que une dos ideas sumamente heterogéneas, incluso contradictorias: por un lado, la idea de que las cosas que esperamos pueden derivarse de la historia y del presente, y, por otro lado, la idea exactamente contraria de que «dependen» de nosotros” (p. 13). Es como si se tratara de conjuntar un cierto determinismo histórico con la idea de que está en nuestra mano que el futuro adopte una forma u otra. Me parece, sin embargo, que este segundo componente voluntarista, esencialmente moderno, como hemos dicho, tiende a ser abandonado hoy, abrazándose cada vez más el componente determinista, probablemente como reacción ante la impotencia que genera el desarrollo desbocado de las tecnologías digitales, y particularmente la IA. A lo que habría que añadir, para tener una imagen más completa de lo que nos sucede, que el espacio de tiempo futuro que podemos predecir con alguna confianza se ha reducido drásticamente debido a la rapidez y profundidad de los cambios tecnológicos. La previsibilidad de lo que ha de ocurrir se ha reducido al mínimo. Nadie puede decir cómo será la ciencia y la tecnología en diez años; a lo sumo puede conjeturar que los cambios que traiga su desarrollo pueden ser radicales, como los que trajo la imprevista internet.

El futuro se ha convertido de forma clara un asunto político. Trump bombardea Irán y lo justifica diciendo que es “for the future”. Desempeñó ya este papel legitimador en las primeras utopías modernas, pero es en los últimos tiempos cuando se ha hecho evidente. Esa es una de las razones por las que, según las encuestas, la idea del futuro que predomina en Occidente, profundamente desencantada y temerosa, se distancia de forma creciente de la que predomina en muchos países orientales y sobre todo en China, una civilización con un gran pasado que espera con paciencia, pero también con determinación, tener ese gran futuro en el que Occidente ya parece no confiar. Desde hace unos años, en este lado del globo la posibilidad de la autodestrucción se contempla como algo no descartable en los próximos años y la calidad democrática de muchos países se resiente día tras día (algunos han pasado sin más a convertirse en autocracias o democracias iliberales). Esto produce una retroalimentación peligrosa, puesto que el pesimismo sobre el futuro extiende un estado de ánimo poco favorable para la reivindicación del avance en las libertades y los derechos y tiende a desincentivar los esfuerzos por disminuir los riesgos que nos amenazan o por mantener mecanismos de protección frente a ellos.

Las utopías del inicio de la modernidad no se situaban por lo general en el futuro, sino en un lugar lejano o desconocido en el presente (de ahí su nombre), pero buscaban de forma clara prefigurar el futuro criticando el presente y, por tanto, intentaban reconducir ese presente. Las distopías, en cambio, casi siempre se sitúan en un futuro más o menos lejano en el que las consecuencias del fracaso de la humanidad se manifiestan de las maneras más crueles. ‘Distopía’ es un término mucho más reciente que ‘utopía’. Dejando de lado un precedente oscuro en el siglo XVIII, lo dio a conocer al público John Stuart Mill en una sesión del parlamento británico en 1868. La idea de que nos aguarda un futuro terrible arraiga cada vez más desde la segunda mitad del siglo XIX, y ya en las últimas décadas del siglo XX, con el auge del ciberpunk, el término se vuelve predominante en su uso frente al de utopía. Aunque, como señaló Lewis Mumford, toda utopía es en el fondo una distopía. No hace falta que salga mal, basta con que se aplique en todo su rigor. Desde esas fechas, el éxito del pesimismo sobre el futuro ha sido tal que, como escribe Francisco Martorell en “Contra la distopía” (p. 39), hoy “cualquier mindundi cree habitar una distopía”.

El futuro se ha vuelto, pues, un problema serio para una parte al menos de los seres humanos (sin olvidar el hecho de muchos no han tenido jamás ni tienen ahora un futuro al que mirar con esperanza). No es solo que ya no se crea en el progreso, como buscaban los postmodernistas, es que el progreso tecnológico se considera parte central de la amenaza. Y como resultado, la desorientación y la incertidumbre se extiende. No se sabe qué hacer, si es que cabe hacer algo, y tampoco se tiene claro quién lo tiene que hacer.

Los discursos procedentes de Silicon Valley en relación con la inteligencia artificial tienen mucha responsabilidad en este cambio de actitud, aunque no toda, puesto que solo han venido a añadirse a las previsiones acerca del cambio climático y la destrucción de la naturaleza, o las noticias sobre lo cerca que hemos estado en ocasiones de un apocalipsis nuclear. En todo caso, es claro para cualquiera que se interese por este asunto que la inteligencia artificial no se está desarrollando del modo correcto, del modo deseable para un futuro halagüeño con las máquinas. Se busca por encima de todo el beneficio de unas pocas grandes empresas tecnológicas o la victoria, aunque sea temporal, sobre potencias geoestratégicas rivales. Sería necesario reconducir la investigación para que el objetivo central fuera aumentar el bienestar de la humanidad, no la riqueza o el poder de unos pocos. No se trata con esto de infundir un optimismo miope ante un peligro inevitable, sino convencernos a nosotros mismos de que el futuro no está escrito, que no hay nada en él que sea inevitable. Se trata, en suma, de volver a creer que el futuro depende de lo que hagamos ahora en el presente.

*Antonio Diéguez Lucena es académico de número y catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Málaga.

Imagen de cabecera debida a Tomasz Frankowski en Unsplash