DESMONTANDO LA CIENCIA: I. Danzad, Danzad, Malditos
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DESMONTANDO LA CIENCIA: I. Danzad, Danzad, Malditos

Federico J. C-Soriguer Escofet*

Academia Malagueña de Ciencias


“Danzad, danzad, malditos” es el título de una película de 1969 en la que su director  Sydney Pollack cuenta como en plena época de la Gran Depresión, en medio de un ambiente de terrible miseria, gentes desesperadas, de toda edad y condición, se apuntan a una maratón de baile donde fuerzan los límites de su resistencia física y psíquica con la esperanza de ganar el premio final de 1500 dólares  y encontrar, al menos, un sitio donde dormir y comer, mientras una multitud morbosa se divierte contemplando su sufrimiento durante días.

Me he acordado de esta película en el momento en que comienzo a escribir esta serie de artículos “Desmontando a la ciencia”. Son las cosas del subconsciente, pues aunque ambientada en USA representa muy bien la parte oscura de la historia  que nos ha traído hasta aquí y que tiene que ver,  en mi opinión bastante, con la velocidad de crucero que ha tomado el mundo moderno, sobre todo a partir de la  “Ilustración”, ese momento luminoso en el que  anunciada y certificada  “la muerte de Dios”,  la humanidad se desprende de la heteronomía que le acompaña desde el comienzo, dando lugar al   “renacimiento” de un hombre nuevo y autónomo,   medida de todas las cosas, dueño y señor, ahora,  de su propio destino. Un triunfo por el que se proclama “rey del mundo”, propietario de todas las cosas animadas o inanimadas a las que puede usar como los viejos señores feudales, en su propio y único beneficio. A partir de ese momento aumenta la velocidad de crucero, comenzando una carrera alocada en la que compiten dos o tres grandes ideologías, que, aunque diferentes entre sí, tienen como común denominador el sueño del crecimiento perpetuo.  Crecer se convirtió en la única consigna y a ello se han supeditado todas las demás aspiraciones, desde la paz, hasta la felicidad y, ahora comenzamos a saber, también, que la propia supervivencia del planeta y con él, como arrastrados por un impulso tanático irresistible, también, la propia supervivencia del hombre.  Porque hoy ya lo sabemos. El crecimiento perpetuo es imposible, entre otras cosas, porque lo prohíbe la segunda ley, que, por cierto, es una ley humana, bien conocida ya desde que  Sadi Carnot la describiera en 1824 y después revisitada en numerosas ocasiones entre otros por  ClapeyronClausiusLord KelvinLudwig Boltzmann o  Max Planck, todos en el siglo XIX.  Una ley que advierte de la irreversibilidad de los fenómenos físicos y del aumento de la entropía (desorden) de los sistemas y de la pérdida de la calidad de la energía.

No deja de ser una ironía que, al mismo tiempo que la ciencia proporcionaba una explicación de cómo habían desaparecido las estrellas, también estaba sentando las bases (las leyes físicas son las mismas) que explican la desaparición del hábitat natural de la especie humana por su empeño fáustico de crecer, crecer, crecer. Cuando Ortega en el primer cuarto del siglo XX definió al hombre como un “centauro ontológico” nadie fue capaz de preconizar los riesgos de este final entrópico que hoy ya pocos niegan. Y es, precisamente, esa incapacidad de la ciencia para predecir el futuro que ella misma ha contribuido a crear, lo que hoy está sometida a escrutinio.  Porque de todos los “hijos de la ilustración y del humanismo”, la ciencia moderna es, seguramente, el más preciado y el que más ha contribuido a este crecimiento desmesurado (y hoy lo sabemos) en demasiados momentos, irresponsable. Aun hasta el siglo XIX los científicos eran “amateurs” (Cajal comenzó sus estudios en la cocina de su casa), pero bien pronto los Estados vieron la necesidad de institucionalizar la ciencia. Hoy hay millones de científicos por el mundo la mayoría de ellos empleados por los Estados o asalariados por empresas privadas. 

En este contexto la “libertad de investigación” consagrada como un derecho, en la mayoría de las ocasiones no es más que pura retórica. El caso de la investigación con fines militares (para los Estados) o industriales (para las empresas) no necesita demasiada argumentación, pero incluso la “libertad de investigación” de la ciencia de las instituciones públicas de los estados democráticos está supeditada por la funcionarización y asalarización de los científicos y por la política de las prioridades institucionales. Y en este contexto no es sorprendente que la ciencia y los científicos hayan estado más atentos a producir conocimiento, a veces solo por puro onanismo intelectual o curricular, que a asimilarlo o a reflexionar sobre las consecuencias del mismo.  Porque la ciencia se ha dedicado en estos dos últimos siglos a generar conocimiento sobre las cosas del mundo, sin dedicar esfuerzo a pensar en la consecuencia y en la utilización que otros harían de ese conocimiento. En el mejor de los casos, a través de su brazo armado la tecnología, el conocimiento científico se convertía bien pronto en productor de cacharros de consumo que han conseguido aumentar el confort de una parte de los ciudadanos del mundo (es decir de las condiciones materiales que proporcionan comodidad) (lo que no es poco), pero no siempre del bienestar de todos (entendido el bienestar como ese estado de satisfacción y sosiego).  En otros casos, estos conocimientos científicos han sido empleados para aumentar la capacidad mortífera de las armas, o, más recientemente a satisfacer los objetivos de super-ricos adolescentizados que sueñan con ir a Marte o con la inmortalidad. Pero siempre a costa de esquilmar los recursos naturales. Y es esta relación no siempre lineal ente confort y bienestar, hoy ya en muchas ocasiones claramente antagónica, la que desconcierta a buena parte de los científicos y se podría decir que a toda la clase política.

Es posible que en la época de Ortega la pregunta ¿para qué sirve la ciencia?, solo pudiera ser respondida en una sola dirección. Pero la ciencia tiene ya la suficiente historia como para poder responderla, y es de esto de lo que seguiremos hablando en los artículos siguientes. La ciencia ya no es lo que era porque la ciencia tiene ya historia. La suficiente como para que los científicos actuales no sigan presumiendo de la neutralidad de la ciencia. La ciencia no está, no puede estar exenta de valores ni puede ser una forma de conocimiento irresponsable pues hoy, mal que le pese a algunos científicos que viven todavía encerrados en su torre de marfil, todas las ciencias son ciencias del hombre y todas las ciencias son ciencias aplicadas.   

*Médico. Sección de Ciencias Sociales y Humanidades. Academia Malagueña de Ciencias