COMUNICAR CIENCIA HOY: UNA REFLEXIÓN
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COMUNICAR CIENCIA HOY: UNA REFLEXIÓN

Antonio Heredia Bayona

Academia Malagueña de Ciencias

Hay una serie de enunciados que están de moda. Resulta quizás difícil diferenciarlos de modo preciso, y, de hecho, si recogemos titulares tales como comprensión pública de la ciencia, percepción social de la ciencia, divulgación científica o cultura científica contemporánea parecería que estamos hablando de lo mismo: de la comunicación social de la ciencia. En cambio, si nos retrotraemos tan solo veinticinco años atrás, la realidad era bien distinta. El panorama, a nivel nacional, era prácticamente un erial en este sentido. Tengamos presente que el I Congreso de Comunicación de la Ciencia en nuestro país, celebrado en Granada y al que tuve la fortuna de poder asistir, data del año 1999. Fue una reunión de apenas treinta personas entre científicos, periodistas especializados y otros pocos asistentes de difícil clasificación.

El escenario actual es bien diferente, sobre todo si atendemos a las decenas y decenas de iniciativas en medios de comunicación, revistas on line, blogs, etc., que han surgido en los últimos quince años. Se promueven por doquier convocatorias diversas de divulgación científica y se constata la apremiante sensación de que hay que comunicar, hay que divulgar mucho y con rapidez, como prueba patente de que un investigador/a, una institución o agrupación de carácter científico existe y está viva. Esta directriz forma parte de las exigencias institucionales, de un modo equivocado en mi opinión, como un objetivo más, percibido como imprescindible para que el personal investigador desarrolle con éxito su carrera profesional. La consigna es divulgar ciencia. Cuanto más, mejor, arrumbando la calidad y el rigor a una posición subsidiaria. Los instrumentos empleados son por todos conocidos, y con frecuencia, como también todos sabemos, de expresión telegráfica y minimalista. Hoy en día, además, se incorpora al escenario el añadido de la denominada Inteligencia Artificial con la plataforma ChatGPT que nos conducirá a un turbio futuro lleno de incertidumbre. Digámoslo claro: no existe control alguno sobre la comunicación y la divulgación social de la ciencia. Es el momento oportuno para vender humo, presentar parcialmente lo que el oyente o lector quiere escuchar o leer, tiempo de alimentar egos, tiempo de presentar y volver a presentar más de lo mismo, de influir torticeramente en temas delicados a veces con sobreactuaciones fuera de lugar.

Todos los cursos académicos dedico unas horas de docencia en un máster a estos temas. Enfatizo, muy especialmente, que la verdadera comunicación de la ciencia debe tratar de aunar los fundamentos y avances de las humanidades y las ciencias juntas, en armonía, y que solo, desde una perspectiva transversal y holística, enriqueceremos nuestra mirada y compresión del mundo. Solo así, se puede conseguir una ciudadanía bien informada y responsable, sin reacciones viscerales y contaminantes, que pueda ser útil a sus conciudadanos. Este propósito no hace sino seguir la estela del gran biólogo Edward O. Wilson quien acuñó el término consilience para referirse a la idea de conseguir un marco común de entendimiento. Insisto, también en mis clases, que comunicar ciencia es un modo de educación, de enseñanza, de transmisión de valores.

Todo lo anterior, lo asumo, suena demasiado ideal. Siendo más realistas podemos preguntarnos cómo intentar alcanzar parte de esos objetivos. Pienso, en primer lugar, que solo lo conseguiremos siguiendo y eligiendo medios, foros y comunicadores comprometidos con su trabajo, serios y rigurosos al abordar los temas, al ofrecer información contrastada con la difícil habilidad de trasladarla a un público del que conocen su heterogénea y variable actitud receptora. En un país en el que, según la encuesta del año 2022 de la FECYT, algo más de un 10% de la población cree o duda aún que la tierra es el centro del universo, es fácil impresionar y confundir, vulgarizar sería la palabra apropiada, con datos parciales para hacernos creer hechos erróneos donde la razón y la emoción se confunden de forma lamentable. Quizás sea el momento de volver a reflexionar sobre las misteriosas preguntas que el poeta T. S. Eliot nos dejó hace muchos años: “¿dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?, ¿dónde está el conoci­miento que hemos perdido en información?”

Debemos tener presente que comunicar bien el conocimiento científico es también un modo de hacer ciencia. Respetemos esa afirmación, aunque estemos sufriendo en estos últimos años un emergente y claro proceso de degeneración de la actividad científica; la ciencia se pudre, se escribía el otro día en la prensa a raíz de ciertas inquietantes noticias de la sobreproducción científica y mercantilización de algunos investigadores en nuestro país. El neoliberalismo más crudo, el todo vale, salpica a la ciencia. Apenas vemos ahora la punta del iceberg de un gran problema. Todo esto merece una urgente y seria reflexión. Y si la actitud y actividad científica está en crisis, no podemos dejar de pensar que la comunicación de la misma también lo está y merece ser seriamente revisitada.

Como escribió Spinoza, sólo progresaremos con las ideas claras y adecuadas y siempre padeceremos y fracasaremos con las ideas inadecuadas y confusas. Porque las primeras provendrán siempre de ciudadanos libres mientras las segundas de una inconsciente falta de libertad.

*Antonio Heredia Bayona es Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Málaga e investigador del IHSM-CSIC-UMA.

La foto de cabecera se debe a Terry Vlisidis y está tomada de Unsplash