23 Nov CAJAL Y UNAMUNO. DOS HOMBRES Y UN DESTINO. I
Federico J. C-Soriguer Escofet
Academia Malagueña de Ciencias
En España, en el primer tercio del siglo XX, se produjo un florecimiento cultural y científico que no por casualidad ha sido llamado la edad de plata de la ciencia y las letras españolas. El número de instituciones y personas ilustres tanto en las letras como en las ciencias fue extraordinario y de entre ellas hoy aquí con un criterio absolutamente personal pero no arbitrario he seleccionado a Cajal (1852-1934) y a Unamuno (1864-1936).
Fueron coetáneos y ambos representan, cada uno a su manera, este movimiento que se llamó regeneracionismo, pero sobre todo representaron las dos almas de un país que nunca se resignó a la situación de postergación intelectual o científica en la que España se había instalado en el siglo XIX. Cajal se adelantó a su tiempo, colocando a España en el mapa de la ciencia mundial. Unamuno representó como pocos la enorme riqueza que, a falta de mejor palabra, llamaremos espiritual, que este país atesoraba y, también y al mismo tiempo, el contradictorio pensamiento ante la ilustración y el progreso científico y tecnológico de esa misma España en la que ambos nacieron. Sobre el pensamiento científico de Cajal se ha escrito mucho y bien y, aquí mismo en este blog lo hemos hecho en varias ocasiones. Sobre el pensamiento de Unamuno ante la ciencia y la técnica, la mayoría de la gente solo recuerda su famoso exabrupto: “que inventen ellos” (aparecido por primera vez en el “Diálogo del Templo”, 1906). Sin embargo, el pensamiento de Unamuno no fue nunca anticientífico. De hecho, en su juventud fue positivista y defendió la necesidad de aplicar métodos científicos rigurosos para avanzar en el saber, considerando, por ejemplo, a Darwin como «uno de los hombres más grandes que el género humano había dado”.
Es más tarde, a finales del siglo XIX, cuando Don Miguel se distancia de quienes (en su opinión) consideraban a la ciencia como una religión y negaban un espacio para la reflexión sobre las cuestiones últimas. Unamuno combatió el cientificismo y la tecnofilia, pero defendió a la ciencia como fuente del saber. En un artículo titulado “Cientificismo”, Unamuno lo define “como la disposición a tener una fe ciega en la ciencia. Una ceguera y una fe mayor cuanto menor es la ciencia de los que la poseen”. Si acaso Unamuno, con su crítica al cientificismo, fue un adelantado a su época pues entendió la ciencia en un sentido amplio, incluyendo no solo las matemáticas, física, química y biología, sino también a las ciencias sociales y humanas. Algo que en Europa y EEUU no se conseguiría hasta los años 50 del siglo XX. Su crítica no es tanto a la ciencia sino a la consideración de la ciencia como la única fuente legitima del saber, cuestionando la autoridad de aquellos (cientificistas), que “no toleran que se quiera acceder al templo de la sabiduría por otras puertas y desprecian como ilusos a aquellos que en su corazón anidan una esperanza trascendente, convencidos como están de la existencia de un progresos y crecimiento indefinido que solo se puede conseguir por medio de la ciencia y de la técnica e ignorando las emociones, los sentimientos y la voluntad”. Unamuno advirtió como el cientificismo intolerante arraigaba allí donde la ciencia llevaba una vida “lánguida”, quizás pensando en España y quizás influido por la vida y la obra de Cajal con el que compartía una mutua admiración.
A lo largo de su vida Unamuno sufrió numerosas crisis pasando de un intelectualismo positivista y socialista a otros estadios en los que animaba a pensar con todo el cuerpo y con los sentimientos. Modernidad y critica de la modernidad coexisten en su obra, adelantándose en decenios a lo que después se llamaría postmodernidad, aunque sin renunciar a la búsqueda apasionada de la verdad. Una lucha entre la razón y el sentimiento, entre la lógica (científica) y la religión y la vida que le llevó a proyectar la escritura de un libro que pensaba llamar “Ciencia y Religión”.
En contra de lo que se suele creer a Cajal y a Unamuno les unía muchas más cosas que los separaban. Una de ella, fue su vocación docente, no solo académica como profesores universitarios sino como un empeño por elevar el nivel cultural y moral del país. Ambos consideraron que la cultura (científica y humanística) eran los mejores instrumentos para elevar el bienestar físico y moral de la sociedad. Ambos se conocían y se respetaban mutuamente, aunque no parece que Cajal estuviera muy de acuerdo con la interpretación trágica y castiza que de la ciencia hacía D. Miguel. En marzo de 1913, Cajal contesta por carta a Unamuno que le ha pedido previamente una recomendación para una beca al extranjero de un conocido suyo. En su respuesta, aparte de garantizarle la ayuda, escribe: “…puede que en algunos puntos secundarios haya divergencias entre las ideas de usted y las mías sobre el plan de elevación intelectual de España: pero creo que en lo esencial coincidimos…. (…) . Somos en fin diversos pero complementarios. Lo mucho y exquisito que dice usted en su libro “Mi Religión”, lo suscribo yo por completo. Creo que España debe desarrollar su ingenio propio, su personalidad original, en arte, en literatura, en filosofía hasta en el modo de considerar la vida, pero en ciencia debemos internacionalizarnos. Hay escuelas filosóficas, literarias, artísticas, políticas; pero solo hay una ciencia, la cultivada desde Galileo a Pasteur y Claudio Bernard…”
En el año 1962 a Jaime Gil de Biedma le fue censurado un poema que empezaba así: “De todas las historias de la Historia/ la más triste sin duda es la de España, /porque termina mal”. Cajal murió en 1934 sin llegar a ver como los sueños de un país mejor eran destruidos por la barbarie de la guerra civil. Unamuno no tuvo la misma suerte. Pero de Cajal y Unamuno seguiremos hablando en una próxima entrega.