José Damián Ruíz Sinoga
Academia Malagueña de Ciencias
El verano de 2026 ha mostrado un comportamiento térmico excepcional en Europa occidental. La persistencia de temperaturas elevadas y la sucesión de olas de calor han coincidido con temperaturas superficiales en el mediterráneo extraordinariamente altas. El Dr. Martin Vide, académico correspondiente de esta Academia Malagueña de Ciencias, se ha preguntado en una reciente publicación si se está tropicalizando el Mar Mediterráneo, ofreciendo algunos datos muy interesantes al respecto.
Copernicus ha señalado que junio-julio de 2026 constituyó el periodo más cálido registrado para Europa occidental desde al menos 1979, con una temperatura media de 21,62 °C, es decir, unos 2,79 °C superiores al promedio 1991-2020. Asimismo, España registró en julio valores compatibles con su julio más cálido observado. Paralelamente, la temperatura superficial media del océano extrapolar alcanzó 20,96 °C en julio, el valor más elevado registrado para ese mes.
Estas condiciones deben suscitar una cuestión relevante para el litoral mediterráneo español y particularmente para Málaga: ¿puede un verano excepcionalmente cálido, acompañado por un Mediterráneo también anormalmente cálido, incrementar el riesgo asociado a una eventual DANA durante el final del verano y el otoño?
Y es aquí cuando debemos diferenciar entre peligrosidad atmosférica y amplificación termodinámica. Las DANA responden fundamentalmente a procesos de circulación atmosférica en niveles altos. Por consiguiente, una elevada temperatura del Mediterráneo no debería implicar necesariamente una mayor frecuencia de DANA. Sin embargo, una vez establecida una configuración atmosférica favorable, un mar excepcionalmente cálido puede aumentar la cantidad de vapor de agua disponible y la energía del sistema convectivo, intensificando potencialmente las precipitaciones.
El mar se comporta como un reservorio de humedad y energía, variable tanto temporal como espacialmente, que en determinadas circunstancias puede favorecer una mayor evaporación y aumentar la humedad de las capas inferiores de la atmósfera.
Y es precisamente esta circunstancia la que adquiere particular relevancia durante el final del verano mediterráneo. Si una masa de aire marítimo cálida y húmeda coincide con la entrada de aire frío en niveles medios y altos, aumenta el gradiente térmico vertical y puede incrementarse notablemente la energía potencial convectiva disponible (CAPE). Eso podría desarrollar potentes corrientes ascendentes y sistemas convectivos capaces de producir intensidades pluviométricas extraordinarias.
La DANA de Valencia de octubre de 2024 constituye una referencia reciente de gran interés. Un estudio publicado en Nature Communications estimó que las condiciones climáticas actuales intensificaron aproximadamente un 21 % la tasa de precipitación a seis horas, incrementaron un 19 % el volumen total precipitado en la cuenca del Júcar y ampliaron un 55 % la superficie sometida a acumulados superiores a 180 mm respecto a condiciones preindustriales. Así mismo, vincula esta intensificación con una mayor humedad atmosférica procedente de temperaturas marinas más elevadas, mayor CAPE y corrientes ascendentes más intensas.
Málaga en este sentido es singular, con unas características territoriales especialmente sensibles a estos mecanismos. Su posición junto al mar de Alborán permite el acceso directo de masas de aire marítimo cálidas y húmedas, mientras que la proximidad de las Cordilleras Béticas introduce un importante factor orográfico. Esto supone la posibilidad de que los flujos húmedos de componente marítima puedan experimentar convergencia en las proximidades del litoral y ascenso forzado al alcanzar los relieves costeros. Y es la combinación mar cálido + elevada humedad + aire frío en altura + convergencia + ascenso orográfico la que constituye una configuración potencialmente favorable para episodios convectivos intensos.

Estos episodios convectivos intensos se producirían sobre una configuración hidrogeomorfológica caracterizada por numerosas cuencas pequeñas, pendientes elevadas y tiempos de concentración reducidos. Arroyos y cursos torrenciales descienden desde los Montes de Málaga y otros relieves próximos atravesando espacios intensamente urbanizados antes de alcanzar el Mediterráneo. En estas condiciones, precipitaciones muy intensas concentradas en periodos inferiores a una o dos horas pueden generar respuestas hidrológicas extremadamente rápidas.
Existe, además, un componente frecuentemente menos considerado: el estado hidrológico del suelo después del verano. La persistencia de temperaturas elevadas como las que hemos padecido y la ausencia prolongada de precipitaciones reducen drásticamente la humedad edáfica, modifican la cobertura vegetal, favoreciendo los procesos de encostramiento y repelencia al agua.
Investigaciones desarrolladas en ambientes mediterráneos del sur de España y específicamente en Málaga han demostrado que la repelencia del suelo al agua presenta una marcada estacionalidad, alcanzando especial importancia después del verano y desapareciendo progresivamente durante la estación húmeda. Estas modificaciones condicionan de forma significativa los mecanismos de generación de escorrentía. Esto es especialmente preocupante en ambientes post-incendio, pero eso será digno de otro trabajo.
La repelencia del suelo al agua resulta especialmente relevante ante las primeras lluvias intensas otoñales, porque paradójicamente, un suelo extremadamente seco no siempre implica mayor capacidad efectiva de infiltración. La hidrofobicidad superficial, el sellado, la ausencia de cubierta vegetal y la elevada intensidad pluviométrica pueden provocar que la precipitación supere rápidamente la capacidad de infiltración, generando lo que denominamos “escorrentía hortoniana” y aumentando la conectividad entre laderas y cauces.

Por tanto, en nuestro territorio, el riesgo de inundación no depende exclusivamente de la peligrosidad meteorológica, y bien puede conceptualizarse mediante la interacción:
Riesgo = Peligrosidad × Exposición × Vulnerabilidad
En Málaga, la peligrosidad asociada a precipitaciones torrenciales bien sabemos que coincide con una elevada exposición territorial: intensa urbanización litoral, impermeabilización del suelo, ocupación histórica de llanuras aluviales, infraestructuras próximas a cauces y numerosos arroyos integrados o parcialmente ocultos dentro de la trama urbana. Lo que podríamos denominar los factores territoriales del cacareado “éxito” de Málaga incrementan su exposición a riesgos de inundación.
Tendríamos así una ecuación perfecta, en la que el cambio climático puede actuar fundamentalmente sobre el primer componente, modificando las condiciones termodinámicas en las que se producen los episodios extremos, como estamos padeciendo, mientras que la transformación urbana y territorial determina, por su parte, un incremento de la exposición y vulnerabilidad.
El resultado es que un episodio meteorológico similar desde el punto de vista dinámico puede producir consecuencias diferentes si se desarrolla sobre un Mediterráneo más cálido, una atmósfera con mayor contenido de humedad y un territorio más urbanizado.
Así podemos afirmar que el excepcional calor del verano de 2026 y las elevadas temperaturas superficiales marinas no permiten concluir que Málaga vaya a experimentar necesariamente una DANA durante el próximo otoño, puesto que establecer una relación causal directa entre calor estival y aparición de DANA sería científicamente incorrecto.
Sin embargo, las condiciones actuales sí justifican una mayor atención desde la perspectiva del potencial de amplificación de las precipitaciones extremas. Un Mediterráneo más cálido, como el actual, representa una fuente adicional de humedad y energía que, ante una configuración atmosférica favorable, puede contribuir a intensificar los procesos convectivos.
En Málaga, esta peligrosidad atmosférica potencial se combina con factores adicionales: la proximidad del mar de Alborán, el efecto orográfico de las Béticas, pequeñas cuencas de respuesta rápida, suelos sometidos a un prolongado estrés hídrico estival y una elevada exposición urbana.
Por ello, la evaluación preventiva del riesgo debería superar la vigilancia exclusiva de la circulación atmosférica e incorporar un sistema integrado de indicadores: temperatura superficial del mar, anomalía térmica marina, contenido de vapor de agua, CAPE, humedad del suelo, repelencia al agua, intensidad pluviométrica prevista, conectividad hidrológica y estado antecedente de las cuencas.
En el contexto del cambio climático, la pregunta relevante para Málaga no es únicamente si se producirá una DANA, sino en qué estado energético e hidrológico encontrará al sistema mar–atmósfera–suelo–territorio cuando se produzca. La interacción entre estos componentes determinará finalmente que una perturbación atmosférica evolucione hacia un episodio pluviométrico ordinario o hacia un evento hidrometeorológico extremo capaz de generar inundaciones de gran impacto. La mala noticia es que los factores de riesgos se han disparado.
*José Damián Ruíz Sinoga es académico de número y catedrático de Geografía Física de la Universidad de Málaga.

Pedagógica exposición de la potencial situacion de riesgo y sus causas, por motivos de las intensas y frecuentes precipitaciones, en la que nos encontramos. Actuar en los factores antrópicos que nos permite la ecuación, debe ser prioritario.
No podemos actuar sobre esos fenómenos convectivos intensos, ni sobre la geomorfologia y orografia de las cuencas, pero si en incrementar los tiempos de concentración de los diversos caudales recogidos, así como en los oeficientes de escorrentía. Las operaciones selvicolas y las geotécnias oprtunas, han de formar parte de nuestras actuaciones. El factor hidrológico debe tener mas protagonismo del que ahora se le da y ha de tener al menos el mismo peso que el hidráulico.
Enhorabuena JD.