Vie. Sep 18th, 2026

Rafael Morales Bueno

Academia Malagueña de Ciencias

Todos estamos hoy en día ocupados y preocupados por la Inteligencia Artificial (IA).  Pero, ¿cuándo comenzó este enfoque tecnológico tan interesante y prometedor? Imagino que la mayoría de los lectores dirían que es un desarrollo reciente, y los más prudentes responderían que es de finales del siglo pasado: digamos los 80 o los 90. Pues bien, todo comenzó un poco antes puesto que el término se acuñó en 1956, en una reunión que hubo en el Dartmouth College, organizado por John McCarthy, Minsky, Shannon y otros.

De los primeros programas reconocidos en este nuevo campo se encuentra el denominado ELIZA (1964-66) creado por Joseph Weizenbaum en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts). Es el primer bot (programa informático diseñado para automatizar tareas repetitivas a través de Internet) conversacional de la historia, diseñado para simular un psicoterapeuta no directivo. Accidentalmente, comunicándose por texto escrito, un profesor inició una conversación con ELIZA y estuvo un tiempo intercambiando mensajes sin descubrir que estaba hablando con una máquina. Se considera el primer caso conocido.

En 1972 alcanzó un notable éxito el denominado MYCIN (el nombre MYCIN deriva de la terminación común de muchos antibióticos en inglés, como clindamicina, eritromicina, neomicina, ya que su propósito principal era identificar bacterias causantes de infecciones graves y recomendar el tratamiento antibiótico). A finales de los 70, la Universidad de Stanford desarrolló otro de nombre PROSPECTOR para localizar vetas minerales y bolsas de combustibles fósiles. Tuvo éxito al encontrar una buena veta en un lugar que ya se había explorado antes sin éxito. En consecuencia, se realizó la cata pertinente y se explotó, dando como resultado un buen rendimiento. A mediados de los 80, la compañía fabricante de aviones Boeing desarrolló el sistema ESDS (Expert System for Materials Technology) para decidir los compuestos a usar en diversas piezas de los aviones, teniendo en cuenta los esfuerzos a los que sería sometida: fatiga, vibración, tracción, compresión, torsión, flexión, etc.

Todos estos éxitos en poco tiempo no fueron considerados IA tal y como se entiende en la actualidad, pues eran sistemas especializados en un solo tema, sin poder tener un contacto general con un humano; dicho de otra manera: sin poder engañar a un humano. En España hay dos hitos que quisiera destacar que permitieron impulsar el desarrollo de IA. Por una parte, en 1984 se crea la AEPIA (Asociación Española para la Inteligencia Artificial) para potenciar y fomentar el desarrollo de la Inteligencia Artificial, tanto en el ámbito español como en el iberoamericano, que desarrolla una gran actividad con reuniones y sesiones científicas celebradas de forma regular. Desempeña un papel importante a la comunidad científica al proporcionar soporte y espacios de discusión a investigadores, estudiantes y profesionales en sus actividades relacionadas con la Inteligencia Artificial, desde los aspectos de investigación científica y tecnológica, desarrollo y aplicación. Por otra parte, y contemplado desde la perspectiva legislativa, el Real Decreto 1888/1984 define las áreas de conocimiento y fija su primer catálogo. Una de las áreas se denomina “Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial”.

Ya en los años 90, profesores de la Universidad de Málaga publicaban en revistas como “Artificial intelligence in engineering” y “Engineering Applications of Artificial Intelligence”. Aún en esa época estamos en el ámbito de sistemas que simulan razonamiento inteligente humano, pero especializado en un campo concreto. Este enfoque era una evolución natural. Pero permítanme un inciso al respecto: amplificación de las capacidades humanas: (1) Época industrial, se amplifican las capacidades musculares del hombre; (2) Primeros usos de los ordenadores (computers) con el fin de amplificar la capacidad de cálculos repetitivos, sin cansancio y con menor riesgo de error; (3) Uso más avanzado de los ordenadores: simular inteligencia humana en un campo especializado y que lo haga como los mejores especialistas en ese campo, acumulando conocimiento especializado de muchos expertos. De hecho, ese tipo de programas informáticos se denomina Sistemas Expertos o Sistemas Basados en el Conocimiento.

Sin embargo, todos estos sistemas no superan el Test de Turing: ponga usted a una persona P a dialogar con otros dos entes A y B, de forma que no se vean ni se escuchen. Cada uno lee y escribe sin comunicación sensorial. P hace preguntas, y A y B responden. De los dos A y B, uno es un programa informático y el otro una persona. Si la persona P no es capaz de distinguir, entonces el programa es inteligente.

En las últimas décadas se han ampliado las técnicas utilizadas en los sistemas “inteligentes”, que incluyen, entre otras, las Redes Neuronales y el Aprendizaje Profundo. Entonces, ¿ahora hay Sistemas realmente inteligentes? La pregunta se puede trasladar a ¿Hay sistemas que generan resultados que no se pueden distinguir de los que produciría un humano? Y la respuesta es que sí. ¿Cuándo ha empezado a ocurrir eso? Pues muy recientemente: imágenes, videos, audios trucados, etc. Y por causa de la ciberdelincuencia e intentos de comisión de ciberdelitos, la IA ha saltado desde los centros de investigación a la sociedad en general, que inmediatamente ha reaccionado mostrando una gran preocupación por el uso fraudulento que genera.

De forma general, los investigadores en IA hacen desarrollos pensando en el servicio que pueden prestar a la sociedad; solo un ejemplo: hay sistemas de ayuda al 112, para identificar llamadas de personas que presentan tendencias suicidas e intentar evitar que ocurra lo peor. Pero que alguien acceda a un programa disponible en abierto y lo modifique o lo utilice para cometer delitos es difícil de evitar. La peor que puede suceder es el mal uso que se haga de ese programa.

En conclusión, todos los esfuerzos que se hagan por prevenir y evitar delitos y daños a la sociedad son positivos y muy de agradecer. Por último, dejar constancia de que defiendo la idea de que cualquier programa informático debe considerarse un sistema de ayuda o asesoramiento y que siempre debe operar supervisado por un humano.

*Rafael Morales Bueno es académico de número y colaborador adjunto a la sección de Ciencias Tecnológicas de la Academia Malagueña de Ciencias. Es Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad de Málaga.

Agradecemos la imagen de cabecera que ha sido tomada por Steve A Johnson en Unsplash.

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