Vie. Sep 18th, 2026

Antonio Heredia Bayona

Academia Malagueña de Ciencias

Para los que creemos firmemente en el valor de la enseñanza y de la comunicación y divulgación de la ciencia, una de nuestras mayores preocupaciones radica siempre en presentar la ciencia como una actividad creadora que se fundamenta en una actitud, el mundo que nos rodea es inteligible y un método que lleva dando frutos desde hace cientos de años: no hay ninguna verdad totalmente establecida. Nunca se insistirá lo suficiente en ello. Una combinación magnífica que ha hecho a la ciencia crítica por encima de tendencias y revoluciones ideológicas, artísticas y sociales. La conquista de cuotas de inteligibilidad del mundo físico ha traído importantes y, hasta hace poco, increíbles avances cuya ética y efectividad no vamos a discutir ahora, pero están presentes en ejemplos concretos en la calidad de vida, la medicina o en las telecomunicaciones actuales. Me gustaría incidir en el aspecto de cómo se enfrenta un científico ante el mundo o ante la parcela de mundo objeto de su atención. En suma, cómo de compleja es la actitud del mismo que se ha comentado al principio.

Como nos dejó escrito el biofísico Jorge Wagensberg, cuando una persona se instala frente al mundo que le rodea puede adoptar dos opciones. La primera: el mundo es un mundo de preguntas y la tarea, nuestra labor, es buscar las respuestas. La segunda: el mundo es un mundo de respuestas y a nosotros, como sujetos conscientes ante él, nos corresponde descubrir de qué preguntas. Situaciones ambas aceptables, pero muy diferentes. Disyuntiva aplicable a la mayoría de las profesiones y tareas, porque todas ellas se enfrentan en mayor o menor grado a la incertidumbre del mundo. Nadie se sitúa al cien por cien en una sola de las dos actitudes. Pero el científico, frente a su trabajo, tiene más clara la disyuntiva. Quizás no sea fácil de ver, ni intuitivo, pero la ciencia ha progresado fundamentalmente gracias a la segunda actitud, a la actitud que le sitúa formulando preguntas ante su preocupación sobre el cómo y por qué de las cosas frente a la actitud de búsqueda de respuestas. Como nos dice Wagensberg, la historia de la ciencia es la historia de las buenas preguntas.

No hay mejor elogio de la actitud de preguntar, de interrogar, que una frase clave de Ortega y Gasset. En su ensayo En torno a Galileo, Ortega nos dice que “el hombre es una entidad extrañísima que para ser lo que es, necesita averiguarlo”. Así, el ser del hombre es una pregunta que se interroga sobre su propio ser y, como consecuencia inmediata, se pregunta por la naturaleza, por los demás seres humanos, por Dios. A lo largo de la historia ha sido así. Y, ya en nuestros días, se ha podido escribir, a fuerza de preguntas, una historia grande y hermosa: que somos hijos de las estrellas y resultado de un largo y sinuoso camino que transformó la materia en consciencia que hoy se interroga, más que nunca, sobre su pasado, su tiempo presente y su futuro. No es arrogancia del ser más evolucionado de nuestro planeta. Es potencial adquirido que es capaz de generar todavía eternos interrogantes cargados de misterio y belleza en los que materia y mente se aúnan y confunden. Son interrogantes y preguntas surgidas del asombro, del sobrecogimiento y la humildad ante la fantástica complejidad del mundo circundante. Ante un mundo que, además, nos recuerda periódicamente de forma trágica que somos vulnerables y frágiles.

Heidegger dijo que la pregunta es la oración de la inteligencia. Los científicos creemos de un modo vocacional en esa afirmación. Frente a la rutina de la respuesta está la rebeldía de la pregunta. Los científicos de tropa lo tenemos fácil: nos basta la lectura atenta y detenida de los artículos y trabajos de excelencia en revistas o libros especializados para encontrar buenos interrogantes para nuestro trabajo diario. Algunos, la mayoría, se desvanecen rápidamente, pero alguno queda y prende de un modo sutil y conduce, como si de un ritual se tratara, a nuevas invocaciones que no son sino nuevas preguntas. Los grandes descubrimientos, las grandes teorías que aparecen en la historia de la ciencia no son sino pausas o treguas entre cientos y cientos de preguntas encaminadas y dirigidas hacia un mismo problema. Pausas fértiles y felices debidas a la lucidez de muy pocos, pero ineluctablemente provisionales y arrastradas por la imparable corriente de progreso que caracteriza a la ciencia.

No sólo la actividad científica se sitúa en exclusiva en un mundo de respuestas de las que tenemos que buscar y descubrir de qué preguntas provienen. La poesía, la música, el arte en general sabe bien sobre la duda y la disyuntiva. La música de muchos compositores son auténticos surtidores de preguntas. Desde Monteverdi hasta Ligeti tenemos hermosos ejemplos de cómo se interroga al corazón humano, a Dios, a la vida y a la muerte. Son ejemplos, ejercicios concretos de búsqueda sobre una gran pregunta: ¿qué me dice el Universo? Hay un bello paralelismo en esta actitud con la del gran bioquímico francés Jacques Monod quien decía que “intentaba comprender preguntando”.

La poesía sabe también bien de estos ejercicios. Heidegger, de nuevo, nos dijo, también muy acertadamente, que, si esperamos respuestas, aguardáramos en silencio; y si, por el contrario, queremos preguntar deberíamos leer poesía. Los poetas saben situarse, al igual que hace el buen científico, con asombro ante el mundo que le rodea. Y el asombro, Goethe decía que era el mayor don al que podíamos aspirar, es un campo fértil para la pregunta. Hay poetas que preguntan constantemente en su obra. Recuerden los versos de San Juan de la Cruz. Mi admirado Claudio Rodríguez lo hace en muchos de sus poemas. Rilke pregunta reiteradamente en su obra poética y aconseja al joven poeta que intente vivir y amar sus mismas preguntas como si fueran libros escritos en un idioma extraño. Hermosa metáfora, toda una actitud ante la vida como la del compositor Gustav Mahler cuando en el paroxismo de su creatividad musical sólo acierta a decir a su esposa “aprende a preguntar, Almisch”.

Esta reflexión querría estar también especialmente dirigida a los más jóvenes. Vivimos en un mundo de vértigo, de resultados inmediatos, en el que no se educa para aprender a preguntar, sino para responder, para obtener respuestas rápidas como si de un concurso televisivo se tratara. Los que tenemos responsabilidades docentes debemos enfatizar en nuestras clases y tutorías, poniendo en práctica al margen de aditamentos audiovisuales y con el diálogo directo como herramienta, el gran valor epistémico que tienen las preguntas bien elaboradas. Es necesario transmitirles a los jóvenes que aprendan a preguntar, que esperen, con el don escaso de la paciencia que todos necesitamos, el momento de la respuesta que le lleve, porque es pura rutina, a concebir y hacer nuevas preguntas. Aunque sean sobre cosas imposibles como le indica a Alicia la Reina en Alicia en el país de las maravillas. No importa. Porque, como aconseja el siempre enigmático gato de Chesire, siempre llegaremos a alguna parte si caminamos lo suficiente.

*Antonio Heredia Bayona es catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la UMA, investigador del IHSM-UMA-CSIC y miembro de la Academia Malagueña de Ciencias.

Un comentario en «ELOGIO DE LA PREGUNTA»
  1. Interesante artículo y que, sin duda nos va a animar, no a preguntar más sino a preguntar mejor. Establecer un ir y venir de preguntas y respuestas, nos animará a que la ciencia siga siendo dinámica y alcanzable, alejada de un inmovilismo estanco y decepcionante.

    Enhorabuena, Antonio!

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