Federico J. C-Soriguer Escofet*
Academia Malagueña de Ciencias
El 5 de diciembre de 1897 Cajal (que entonces tenía 45 años y aún faltaban 9 para que le concedieran el Premio Nobel) pronunció el discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de donde surgiría poco después el libro: “Reglas y Consejos Sobre Investigación Científica (Los tónicos de la voluntad)”, escrito, según las propias palabras de Cajal con el objetivo de “ fortalecer la afición a las tareas de laboratorio de la juventud estudiosa, así como para alentar las esperanzas un tanto decaídas, después de los recientes y abrumadores desastres, de los que creen y trabajan en el renacimiento intelectual y científico de nuestro país”. Libro que aun debería ser de obligada lectura de todo joven que quisiera adentrarse en la investigación científica en España.
Después de reconocer que en España siempre se ha hecho ciencia, “la imparcialidad obliga, empero, a confesar que, apreciado globalmente, dicho rendimiento ha sido pobre y discontinuo, mostrando, con relación al resto de Europa, un atraso y, sobre todo, una mezquindad teórica deplorable”. En el libro, después de reflexionar sobre cómo se hace la ciencia, ya en el Capítulo X, adelanta una serie de propuestas indispensables para salir del retraso científico, firmemente convencido que la prosperidad duradera de las naciones es obra de la ciencia, y aborda de manera amplia y sistemática las teorías que han provocado este retraso científico en España (finales del siglo XIX), que aquí, en este breve artículo, resumimos y que Cajal las clasifica en teorías físicas y teorías político morales.
Entre las primeras, habla de la hipótesis térmica y la que llama la teoría oligohídrica. Es llamativo la cantidad de autores que han intentado vincular el subdesarrollo científico español con el clima “semiafricano” de buena parte de la península. Y no tanto por el calor tórrido del verano sino por el clima bonancible del resto del año que invitaría a la holganza, al placer y al “dolce farniente”. Lo sorprendente es que autores tan dispares como Duchamp, Bertrand Russell, Malévich, Bataille o Hannaha Arendt han defendido este “dolce farniente”, mitificando el derroche del tiempo y la contemplación. Pero hay dos autores que han identificado el arte de “perder el tiempo” con España y muy en particular con Andalucía y su clima, incluso bastantes años después de que Cajal escribiera sobe el asunto. Son Paul Lafargue y Ortega. Lafargue en el “El derecho a la pereza” (1883), identifica a España y a los españoles como el último lugar donde aún merece la pena vivir, pues “para el español, en el que el animal primitivo no está aún atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes”. Unas tesis que debieron de poner de los nervios a Marx, su suegro.
De mayor calado son los dos artículos de Ortega y Gasset, publicados como Teoría de Andalucía (1927) tras uno de sus viajes a tierras andaluzas, en los que con un estilo imaginativo y brillante hace una relación de todos los tópicos habidos y algunos por haber sobre Andalucía. Como muestra, solo un párrafo: “Vive el andaluz en una tierra grasa, ubérrima, que con mínimo esfuerzo da espléndidos frutos. Pero además el clima es tan suave, que el hombre necesita muy pocos de estos frutos para sostenerse sobre el haz de la vida… (…), el andaluz lleva unos cuatro mil años de holgazán, y no le va mal”. No es de extrañar que el texto salido de tan egregia pluma fuese enérgicamente contestado, sin citarlo, por Blas Infante quien en su obra “Ideal andaluz”, muestra, convincentemente, como las causas del subdesarrollo andaluz son “económicas y culturales y cómo estos tópicos de holgazán e indolente “son adjetivos de filósofos metidos a etnólogos que en un viaje de unos pocos días no han sabido distinguir a los señoritos andaluces, que sí pueden saborear la vida con mínimo esfuerzo, con el pueblo andaluz y la verdadera alma andaluza”.
Cajal rechaza las teorías relacionadas con el clima con abundancia de argumentos comparados y estadísticas hidrológicas, que, miradas desde la actual sequía, no deja de tener gran interés. Mayor extensión dedica a las “Teorías Político-Morales” que han intentado explicar la precariedad científica de España de finales del XIX. Teorías que Cajal agrupa en: (1) hipótesis económica-políticas; (2) hipótesis del fanatismo religioso; (3) hipótesis del orgullo y arrogancia española y, finalmente, (4) hipótesis de la segregación intelectual. De todas, comparte Cajal algunos de sus argumentos, muchos de ellos soportados por los mejores pensadores de su tiempo, autores que cita oportunamente. Desde la histórica precariedad económica (“despensa y escuela”, que propuso Cánovas), hasta el “kabilismo” que llamó Unamuno. Desde el sectarismo religioso (“la empresa en la que España se había empeñado en los últimos siglos era de tal envergadura que solo Dios podía hacerla posible y así todo se confió a Dios”), escribe Cajal con ironía, hasta el gusto por lo que se llamó en la época “el saber ornamental” (literatura, humanidades, escolástica, etc.) con el consiguiente desprecio de la ciencias de la Naturaleza y, finalmente, cita Cajal a lo que Saavedra Fajardo llamó la “muralla del desprecio” levantada por los europeos frente al aislamiento nacional. El capítulo de “Reglas y Consejos”, termina como comenzó, con una serie de propuestas regeneracionistas, que permitirían mejorar el nivel científico del país y que pasarían por elevar la cultura científica de la población, cambiar las estructuras universitarias más atentas a la producción de títulos que al desarrollo de los estudiantes y pensionar a los jóvenes universitarios al extranjero. Pero sobre todo por lo que Cajal llama, citando a su amigo José Castillejos, “romper el anillo docente”, que no sería otra cosa que “reemplazar las viejas cabezas de sus profesores (Universidades, Institutos, …) orientadas hacia el pasado, por otras nuevas orientada mirando hacia el porvenir. Faltaban aun años para que ambos, Cajal y Castillejos, se pusieran al frente de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) y, a fe de muchos, que en solo un cuarto de siglo cambiaron la historia de España.
Luego, como sabemos, todo se fue al garete, pero aquellas advertencias de Cajal, ahora que estamos de nuevo levantado cabeza, no deberíamos olvidarlas.
*Federico J. C-Soriguer Escofet es médico y académico vocal de la Sección de Ciencias Sociales y Humanidades.

Agradecido por esta aportación. Comparto la necesidad de prospectiva docente y la proyección de la analítica del futuro en todos los ámbitos de gestión pública.